Ralph Crane (1913-1988)
Entendido, era por esto, ya, su ombligo
extendiéndose, como una mancha de experiencia envidiosa, su pobreza de espíritu, si lo
tuvieran. Han sido varios, vienen con espejos, cintas de colores y arrumacos,
qué ingenuos, qué retorcidos, qué mala gente. Este continente ya está
descubierto, sus playas están llenas de náufragos que llegaron nadando hasta
esta orilla, enterré sus cadáveres, no recuerdo dónde, no tuve tiempo de poner
cruces o piedras anaranjadas. Ahora estoy avisado, ese búnker no es de adorno,
cuidado con las alambradas, no estoy para tonterías. Iros a casa.
entendiéndome
preciosa, cabrona, bárbara y ruidosa
loca, cárnica, rabia, cobre, golfí y veneno.
Rota y ruda,
chiva calva con pretensiones de reinado.
Volcancito que promete.
Perrísima, tanto que ni se nota, rica, power, sudor lúcido, humedad completa.
Alérgica al mal dormir.
Fanática de las buenas almohadas.
Terrenal, bien enraizá,
cogida del centro de la tierra,
una liana extendida desde de la médula de mi columna hasta el inframundo,
bien debajo
medidísima en el lodo.
Levemente certera, preguntona rapaz,
de gesticulación incómoda
difícil de disimular.
Prieta, negra, to’ morena, negra entera,
resucitada y devuelta.
Mismo cuerpo, distinta percepción.
Gata antigua, ya algo vieja
Un simulacro de lozanía,
con arrugas tapizando mis glóbulos,
sobre las paredes del hígado,
alrededor del corazón,
cubriendo toda la caja torácica.
Un canto entre silencios maleables
partitura insoportable, impaciente y hambrienta
terca porque no cree en el tiempo
sabiendo bien que sí existe,
explicándome todas las veces posibles
que él no es quien
para comerse mi vida.
***
Yaissa Jiménez
J S Yaeger
Inge Morath Mayfair and Soho, 1953.
Aproximación al diálogo.
Incluso en el amor más intenso hay una
mirada que nos reprocha una insuficiencia. Sin duda, nosotros inventamos esa
mirada. Ese mohín furtivo no se queda contento con lo que damos.
Pascal Quignard, «XII. El silencio» (fr.
5, Fragmentos Thullyn [2]) en El amor el mar.
Traducción de Ignacio Vidal-Folch.
Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara.
Estas son las primeras líneas de 'El perseguidor', un cuento de Cortázar que me gusta especialmente.