30.9.12

El hombre que escribía cartas (de amor)



(Andrés García Ibáñez)


Erase una vez un hombre que escribía cartas (de amor)  a diestro y siniestro, a conocidos y a desconocidas,  con pulcra letra de pato, retorcida pero legible, intensa actividad maridada con dibujos, fotografías y nubes, un mosaico de sentimientos e invenciones, un regalo, un error, una carga o u psssst.

Aún guardo las cartas que me mandaste a África- le dice Iñaki.
(Algún día contaré la historia de Iñaki.)

Ese hombre iba por el carril, pian pianito, sin salirse, claro, para no descarrilar pero un día, hablando con Cohen (Leonard), se dijeron –somos tontos, qué hacemos aquí, primero conquistaremos Manhattan y después conquistaremos Berlín-.

Ese hombre estuvo herido por flechas y silencios, por distancias y mujeres frías con imaginarios gatos de angora en el regazo. Por eso, tan entretenido, no supo, perdió los mapas y empezó su particular conquista al revés, primero Roma, París, Estambul, Viena, Praga, Budapest, Londres, por fin Berlín y sí, también Manhattan. No se imaginaba que el mundo era tan pequeño y New York tan fascinante. Lo era y es.

¿Y le quedaba tiempo para escribir cartas (de amor)?- pregunta Antonio.
(Sí. Solo es ponerse. Esto lo añado yo, ya que el de las cartas (de amor) está en un preocupante estado de shock Algún día contaré cosas de Antonio.)

Un día, leyendo a no recuerda quién, el hombre que escribía cartas (de amor) pensó –escribo más que este, no sé si mejor, pero sí más – y se dedicó a buscar a quién escribir, además de qué, además de a, además. Con toda la mar detrás.

No vas a tener tiempo- le advierte Paqui.
(Algún día contaré lo de Paqui.)

Pero sí, ese hombre que ahora está mudo se está cambiando de ropa y viene en nada, siéntense por aquí cerca, debajo del magnolio, que ya.


                                                                 (Andrés García Ibáñez)

A mí también me escribió una carta (de amor). Y a mí.   Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí. Y a mí.  Y a mí.


Y a mí.


10 comentarios :

De cenizas dijo...

A mí no. (Algún día te contaré mi historia)


un abrazo

Brisa dijo...

A mí aunque igual es no, en muchas ocasiones he sentido esas cartas escritas para otros como si fueran para mí, así que eso es lo más parecido a un sí.

Me acabo de dar cuenta de que un "sí pero no" puede llegar a parecerse a "un no, pero sí".

Pedro, lo importante es eso, que sigas contándonos cosas, de Antonio, Iñaki o del mismo Pedro.

Y que sigas descansando mientras nos cuentas.

Un abrazo.

Pedro dijo...

Desmemoriado e ingrato De cenizas, a ti sí.
A pesar de tu humor mediterráneo que tanto contrasta con el mío, cantábrico, y que, a veces, me pone del hígado

un abrazo

Pedro dijo...

Brisa que acaricia esta esquina con tu comentario, ese no se puede remediar. Y contaré y contaré mientras alguien escuche. Un abrazo.

Daltvila dijo...

También me gustas callado;)

Me ha encantado

M. dijo...

Seguramente no me ha llegado la mía aún.

te seguiré :)

besos.

Magnolio dijo...


Erase en otra una mujer que recibía cartas de amor con letra de cisne. Cartas acompañadas de flores secas, de orlas o racimos de uvas, o pájaros, o muñecas que aquel hombre dibujaba entre, alrededor, al principio y al final de larguísimas parrafadas que ella entendía o no y que daba igual porque era de lo que menos se trataba.

Desde entonces aquella mujer se aficionó a las cartas de amor con o sin sellos, en tapa dura o de bolsillo, con marco o en cristal, en color o blanco y negro: sólo tenían un requisito, que fueran de cualquier clase de amor.

Pedro dijo...

Magnolio, que afortunada esa mujer.
Mucho más quién se las escribía.
En cualquier clase de amor.

Pedro dijo...

Ya, Daltvila, porque estoy como ausente ¿no?

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Pedro dijo...

M., no desesperes, pronto llegará, seguro
besos.

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