Elegía a Ramón Sijé.
En una cuesta abajo pasa a mi lado, rápido, un ciclista de mediana edad con jersey rojo.
-Buen caminooo.
En una cuesta arriba le alcanzo, hablamos.
- ¿De dónde eres?
Y me habla de los políticos, que Miguel Hernández murió por no querer cambiar de ideas.
Tanta belleza alrededor y el eco -delante y detrás, chasss, chasss-, de mis botas sobre el camino me distraen y –lo confieso- me asusta un poco.
Intento recordar cómo era aquella elegía de Miguel Hernández. ¿Cómo era?, ¿cómo era? Ya, empezaba así: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto, como del rayo Ramón Sijé, con quién tanto quería”. Buena memoria.
En un recodo, a lo lejos, veo al ciclista del jersey rojo empujando su bicicleta por una empinada y tortuosa cuesta. Intento alcanzarle y aprieto el paso. Justo al llegar a la cima le llamo.
-Orihuela, escucha este poema de tu paisano-. Y empiezo.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Y veo que su cara se pone tan colorada como su jersey.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Con un gesto de miedo farfulla -me esperan, me esperan-. Y se va pedaleando como si le siguiera el diablo.
Me río ¿qué habrá pensado? Quizás que el poema le podía saltar a la garganta. O que un poeta no es alguien recomendable. O quizás que se empieza con versos y se termina sodomizado en cualquier camino, aunque sea a Santiago.
Ay, señor, cuantos desiertos, cuantos.














