16.8.12

Puzle de tres piezas.


Pieza 1, amarilla con motas verdes.


Le acaricia dos centímetros debajo del ombligo.

Ella se pone muy seria y dice “pero bueno, qué te has creído, ¿por quién me has tomado?” y le da un sopapo por atrevido.

Con la  mejilla roja y la moral por los suelos él se sienta en un sofá y mira al suelo.

Cuarenta años después, rodeada de sus nietos, piensa, “pobre hombre, se quedó cortado. Lo peor es cómo me quedé yo ¿y si hubiera estado bien?”.






Pieza 2, verde y roja con rayas azules.

Serrat canta “ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar…”, tomamos café, comemos galletas de chocolate, hablamos, nos reímos. “¿Quieres una copa de cava?”. Sí. Hablamos, nos reímos. “Te espero arriba”. Y arriba se llena de ángeles que se ponen una venda en los ojos y salen por la ventana para dejarnos disfrutar del Cielo. Es decir, todos no salen, uno, femenino, se queda dentro de tu cuerpo porque no es normal que una mujer se convierta en diosa y sea tan dulce, tan cariñosa, amorosa, delicada, complaciente, curiosa, activa, que disfrute y haga disfrutar así, que sea tan tierna y tan ardiente a la vez, que sea tan generosa, tan receptiva, tan elegante, tan pasional, tanto. Después hablamos, nos reímos. Me engañaste, dijiste “no tengo 
experiencia”

Casi te creo.






Pieza 3, amarilla con rayas azules.


El ajedrez era un pretexto. Por parte de los dos. Aquella tarde estaba sola en casa, sus padres estaban de viaje, le invitó a tomar café y a jugar una partida. No sabía si le gustaba una cosa o la otra, sí sabía que le gustaba él.

Tomaron café con toda ceremonia y dispusieron el tablero entre los dos, separándolos. Ella acariciaba un alfil entre los dedos, sonreía. Antes de mover ninguna pieza se miraron, se levantaron, se abrazaron y al poco rato estaban en el sofá, entrelazados, besándose.

Al cabo de unos minutos ella se separa y dice: “te espero arriba, mi cuarto es la segunda puerta de la derecha, ahora voy”.

A él esa proposición le pilla por sorpresa, siempre ha pensado que es una chica recatada,  sube las escaleras bastante cortado. En la habitación mira un poster de Santana, un libro de poemas de Neruda en la mesilla y entonces entra ella. Le mira, se saca el vestido por la cabeza y después en un gesto decidido se quita la ropa interior. “No tenemos todo el día”, dice riendo, pícara.

Él se desnuda y le abraza torpemente, mientas se acarician sabe que es mucha mujer para su escasa experiencia, lo intuye a pesar de su entrenamiento en natación, del gimnasio, de sus desarrollados pectorales y tríceps. Le intimida su desenvoltura, es un pésimo amante, en un minuto se ha derramado y aunque ella le consuela, “tranquilo, le pasa a cualquiera” sabe que le ha decepcionado. Luego se visten  y bajan al salón. “¿Vamos al centro?, he traído el coche”, dice él. “No, me quedo en casa, quiero hacer unas cosillas”. Y se va  con la sensación de qué por mucho que lo intente de ahí en adelante sus llamadas de teléfono siempre encontrarán la línea ocupada.  


Este es un puzle imposible de armar.
Al menos con estas piezas.




¿Qué fue del ayer con las oportunidades perdidas y el oro del amor enterrado?




1 comentarios :

bixen dijo...

Te falta la pieza blanca, delata el lienzo y las sombras. El carbono puede ser blanco o negro, pero el trióxido de titanio es lo más blanco respecto al negro asfalto.

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