17.4.11

Parker y la concupiscencia.


 
Concupiscencia.

En la teología cristiana, se llama concupiscencia (del latín concupiscentĭa, de cupere, desear, reforzado con el prefijo con) a la propensión natural de los seres humanos a obrar el mal, como consecuencia del pecado original.

La especial insistencia de la enseñanza moral cristiana en centrarse en las cuestiones de conducta sexual, ha producido un cierto riesgo en el significado, dotándolo de ese contenido, que se observa en expresiones como «miradas concupiscentes». Sin embargo, el concepto es más general, y atañe a todas las dimensiones de la conducta. Según el Diccionario de la lengua española (de la Real Academia Española) la concupiscencia es, ‘en la moral católica, deseo de los bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos’.1

 

Moral católica

En su sentido más general y etimológico, concupiscencia es el deseo que el alma siente por lo que le produce satisfacción, "Deseo desmedido" no en el sentido del bien moral, sino en el de lo que produce satisfacción carnal; en el uso propio de la teología moral católica, la concupiscencia es un apetito bajo contrario a la razón. Aquí apetito quiere decir inclinación interna, y la referencia a la razón tiene que ver con la oposición entre lo sexual y lo racional, no con el uso común de la palabra razón. El objeto del apetito sensual, concupiscente, es la gratificación de los sentidos, mientras que el del apetito racional es el bien de la naturaleza humana, y consiste en la subordinación de la razón a Dios. En la práctica se llama apetito al apetito sensual, o concupiscente, y razón al apetito racional así entendido.

La Iglesia Católica distingue entre concupiscencia actual, que son los deseos desordenados, y concupiscencia habitual, que es la propensión a sentir esos deseos. La concupiscencia no se identifica en la moral católica con el pecado, sino con la inclinación a cometerlo, pero en la fe cristiana sí se identifica con el mal puesto que la Biblia así lo describe en la Epístola Universal de Santiago, capítulo primero versículos 13 al 15: "Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte". Esto tiene que ver con las distintas interpretaciones del pecado original, que para los teólogos cristianos corrompió la naturaleza humana, hasta entonces inclinada al bien, y para los católicos privó a los hombres del don que hasta entonces compensaba la propensión de la naturaleza humana, desde su mismo origen, hacia el mal.

La inclinación al mal del bautizado es explicada de diferente manera por católicos y por cristianos. Para la Iglesia Católica, por el bautismo le es perdonado al católico el pecado original (aunque ésta tradición no tiene ningún sustento Bíblico), aunque no es eximido de sus consecuencias por él; así que no recupera el don perdido, igual que no recupera la inmortalidad corporal, que si bien no era parte de la naturaleza propiamente humana antes del pecado de los primeros padres, sí se ha considerado como una gracia especial de la que gozaban los primeros padres Adan y Eva. Esta gracia de la inmortalidad se perdió como castigo a su pecado. Los cristianos, basados solamente en el verdadero significado del bautismo como se describe en las Sagradas Escrituras, consideran que el bautismo no perdona ningún pecado, y por eso no desaparece con él la concupiscencia.
Desde sus inicios, en el catolicismo se han definido tres enemigos del alma, que son el origen de la concupiscencia, a saber, el mundo, el demonio, y la carne.
(De Wikipedia)




Parker no sabe qué es la concupiscencia, le ha salido en un crucigrama y lee su definición (en la moral católica, deseo de los bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos). Se sorprende. Él no desea bienes terrenos y no sabe cómo medir su apetito de placeres. Mucho menos sabría limitar lo desordenado o lo deshonesto en esa cuestión. Es más, aún siendo como es un ciudadano respetuoso con ideas y creencias ajenas, como el alma y el cuerpo le piden satisfacción a todas horas, le parece un concepto inquietante.

Sigue con el crucigrama, el tres vertical, el cuatro horizontal, pero esa palabra, tan larga, le sigue bailando ante los ojos, concupiscencia. Parker es más de al pan, pan y al vino, vino y esa propensión natural de los seres humanos a obrar mal le suena a cuento chino, a negocio, a gato por liebre, a desafío. No recuerda en sus comportamientos esa propensión, al contrario, su propensión es hacia el bien de los semejantes, empieza por su propio bien y sigue por ellos, los semejantes. Con los que no son semejantes tiene más problema pero lo soluciona eludiéndolos en la medida de lo posible.

Mientras me cuenta todo esto, por teléfono, se muerde la lengua, para no decir todo lo que piensa –musita. Y claro, no le entiendo demasiado bien. Entre su idioma y lo de la lengua debo traducir sonidos, palabras entrecortadas, ideas truncadas  y, claro, así no hay forma de escribir. Cuelgo (el teléfono).

Hoy me ha vuelto a llamar. Dice que ha estado con Marie y que sabe, que ya va entendiendo lo que es la concupiscencia.

Me lo explica, con lentitud, recreándose.

Dice que Marie ha llegado a la cita como la reina de Alejandría, bellísima.

Dice que Marie es muy atractiva, magnética. Algo le molestaba en el hombro. De forma natural me ha enseñado el leve y delicado tirante de su sostén, negro. Dejaba un delicioso surco en su piel tersa y blanca. Es tan espontánea.

Mientras paseaban tomados de la mano por el muelle nuevo relucían los yates en los pantalanes, cabeceaba un viejo pesquero pintado de verde, estaban los mástiles con banderolas de fiesta, Marie reía y entre sus labios brillaba la eternidad.
  
Volvían a puerto las barcas de los que cacean a verdeles, los botes de jubilados que intentan cenar chipirones encebollados. El frío viento del norte que riza la superficie de la bahía llenando el mar de espumas hace que Parker y Marie junten las cabezas susurrándose confidencias al oído mientras pasan al lado de aburridos pescadores de congrios, de las que cosen las redes, de los gatos indiferentes.

Sin pretenderlo (o sí), Parker roza el costado de Marie debajo de su chaqueta acolchada y en cada poro de su cuerpo se izan banderas de alerta, un tambor que avisa, un temeroso ejército de esclavos levanta una pirámide, ríe el faraón de Egipto sentado en su trono de marfil, de perfil. Parker siente la celebración de la primavera y todas las músicas, el deseo de amar a Marie de norte a sur, colocar una brújula en su frente y explorarla más allá de sus fronteras, sus pero bueno, la línea Maginot, el día D y cómo es que tiene tanto calor con ese frío.

Parker entiende lo que concupiscencia, tiene un deseo desmedido de satisfacción carnal con Marie y ya no se muerde la lengua.   

Justo en ese momento se producen las interferencias telefónicas típicas de media tarde y la voz de Parker se pierde hasta mañana.


4 comentarios :

Angeles dijo...

Me gusta esa palabra....

Mixha Zizek dijo...

Interesante relato, me quedo con la palabra en los labios repitidiendola tal vez buscando lo que Parker sentía en tu historia,
besos

gaia07 dijo...

En la moral atea se entiende su significado leyéndo a los clásicos.
La satisfacción carnal es la base de la estabilización racional, del equilibrio personal y en consecuencia social. Lo que llaman pecado o pecado original no es más que el ardid de inconscientes para alimentar el malestar de individuos y convertirlos en serviles, reprimidos y manejables protagonistas de sus intereses.

Un abrazo concupiscente

Mayte dijo...

A mime gusta cuando Parker es tan inocente, tan descomplicado que incluso en el palabro ese tan complicado de escribir se abren mares, se desatan las ilusiones, sonrisas y hasta hombros con surcos para embriagarse en sus sentidos...si, a veces Parker produce ternura incluso en la concupiscencia...;)

Un besiño, Pedro.

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