Peggy Guggenheim.
La
construcción del museo Guggenheim en Bilbao en unos momentos de crisis de la
ciudad supuso una sorpresa y bastante incomprensión por parte de “la ciudadanía”.
Su inauguración y desarrollo han servido para dar renombre y atractivo al
Bilbao gris, industrial de un tiempo. También para aportar una visión de un
cierto “arte moderno” no apreciado por todos. Confieso ser de uno de los
convertidos, desde el primer día que entré al museo me apasionó. Sigo en esa
pasión.
Terminé
ayer “Peggy Guggenheim. Confesiones de una adicta al arte”. Un libro que me ha
gustado mucho por lo que cuenta y dejo aparte el tono natural de cómo lo cuenta,
ingenuo a veces, no demasiado “literario” pero que se lee con curiosidad. Qué
señora, qué interesante, con independencia de tener mucho dinero, escoger invertirlo
en arte, en un arte nuevo, debió ser arriesgado pero le proporcionó una vida privilegiada y no solo en el aspecto
material.
Dejó unas
líneas del último capítulo.
“Durante
los doce años que llevaba fuera de Nueva York había cambiado todo. Me quedé
atónita: todo el movimiento artístico se había trocado en una enorme operación
comercial. Solo unas pocas personas se interesan de verdad por los cuadros. El
resto los compra por esnobismo o para evitar pagar impuestos, dona cuadros a
museos y puede quedárselos hasta que muera; así no se priva de nada. Algunos
pintores no pueden vender más que unos pocos cuadros al año, pues ahora son
ellos los que tienen que pagar impuestos. Los precios son algo inaudito. La
gente solo compra lo más caro y no tiene fe en nada más. Hay quien compra solo
como inversión, almacena los cuadros sin verlos siquiera y llama a su galería
todos los días para preguntar por la última cotización, como si estuviera
esperando el momento más propicio para vender acciones.”
(Está
escrito y publicado en 1960)


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