Pedro M. Martínez.



25.1.21

25.01.2021

 



Cumplir años es de los ejercicios más saludables que conozco. Está recomendado por los colegios de médicos, mi abuela Lucía me lo recordaba siempre en enero. Hay otras alternativas pero no tienen discusión. Bien es cierto que en el camino se van perdiendo circunstancias -aquí mi circunstancia, aquí un amigo- pero tampoco es cosa de quejarse, sobre todo porque no hay ventanilla de reclamaciones –oiga, que me he hecho mayor- . La cuestión, me refiero al cumpleaños, es que no te pilla de sorpresa, lo tienes tachado en rojo en ese calendario donde apuntas las cosas importantes –pagar la cuota de autónomos, comprar harina, la cita con el urólogo-. Y así vamos, piano, piano, hacia adelante –para atrás ni para tomar impulso- en mi caso con alegría, optimismo, cierta candidez, tratando de aprender de aquí y de allá, siendo consciente de que a este paso no voy a tener tiempo de llegar ni a la A, sorteando lo aciago y disfrutando mucho con el privilegio de ser agradecido por poder cumplir años. Qué casualidad, hoy cumplo uno más. Me felicito.       


24.1.21

Spotify

https://open.spotify.com/user/pedroglup?si=BB5g-mQaSZqcvi75JTXVzA


 


Música es música.

 


Mi abuelo escuchaba ópera y zarzuela y desde muy niño me contagió el gusto por la música. De adolescente descubrí “mi música” que era diferente a la que escuchaban mis padres. “Ponla más bajo, qué locura, qué ruido”- recuerdo que me decía mi padre. (Pensándolo ahora, no sé si me gustaba solo por diferenciarme de él.)

Pasó el tiempo y me seguía gustando aquella música y alguna más que fui descubriendo, variada, muy,  jazz, clásica, tango, salsa, boleros,  bossa nova, (descubrí es solo coloquial, lo uso para disculpar mi ignorancia pero también mis progresos).

Pasó más tiempo, tanto que se reeditaban aquellos discos que compré con 16 años y que me seguían gustando. 20 años de. 30 años de. Etc. Me resultaba curioso que les gustaba a personas que “entonces” no habían nacido.

Ya, ha pasado demasiado tiempo. Tanto que he aprendido que la vida no se para, que todo va muy rápido, que lo nuevo dura poco, que me sigue gustando aquella música, la que descubrí después, la de ahora mismo y que intento que me guste la que pone mi hijo en su cuarto (me reprimo para no gritarle “Ponla más bajo, qué locura, qué ruido”). También he descubierto que los gustos son sagrados y que bendita la diferencia. Entre nosotros, todavía  algunas canciones  me hacen llorar (solo cuando estoy solo). 


23.1.21

30 monedas

 


30 monedas (en HBO). Un thriller, puro terror. Tiene todas las virtudes y todos los excesos de Alex de la Iglesia, con momentos brillantes y buenas interpretaciones. Una producción de lujo en cuanto a medios. El guion es interesante y se advierten influencias (desde “El día de la Bestia” hasta “El Hobbit”) que lo enriquecen. Entretenida. Me ha gustado.

Lástima esa costumbre, ya adquirida por muchos directores y/o productores, de los finales más o menos abiertos para buscar una segunda temporada. Desluce muchas series brillantes.

Fran Lebowitz

 


¿Has visto “Supongamos que Nueva York es una ciudad”?- me pregunta mi hija por WhatsApp.

No –contesto- ¿la has visto tú?

No, pero seguro que te gusta- dice.

Mi hija y yo nos comunicamos mucho por ese medio (ella trabaja y yo no, así no le quito tiempo), nos recomendamos canciones, series, estrenos, nos elogiamos mutuamente las stories, esas cosas de hijas/os y padres.

Así que la veo, una serie (HBO) de siete capítulos en los que Fran Lebowitz, entrevistada por Martin Scorsese y otros, habla sobre New York y sus gentes. En realidad habla sobre todo.

No es imprescindible conocer New York pero ayuda. No conocía a Fran Lebowitz y no es necesario estar de acuerdo con todo lo que cuenta esta señora de lengua ágil, aguda, irónica, culta, divertida, cascarrabias, pero al terminar  la serie compruebo que coincido con la mayoría de lo que piensa o al menos de lo que dice.

Un resumen. Durante una semana, cada mañana, mientras desayunaba me he visto todos los capítulos. Después del primero,  he obtenido justo lo que esperaba. He disfrutado, aprendido, contrastado, asimilado, me he reído, he sentido curiosidad por saber más y he añorado NY. Fran Lebowitz, un personaje.

Hija, ya la he visto

¿Te ha gustado?

Sí.

Me alegro. Un beso.

Un beso.




 

https://www.clarin.com/cultura/video-supongamos-nueva-york-ciudad-pelicula-martin-scorsese_3_tvLlublf1.html

https://www.eldiarioar.com/sociedad/fran-lebowitz-narradora-nueva-york-scorsese-metio-televisores_1_6746850.html

http://blogs.culturamas.es/blog/2019/10/22/vida-metropolitana-breve-manual-de-urbanidad-de-fran-lebowitz/

22.1.21

Rapsodia de estrellas





 

No, desde aquí, no./Angustia del tiempo que vendrá./Investigación desde la sospecha.

No era esto y es demasiado tarde para pedir prórroga, para empezar de nuevo. La suerte está echada y la alucinación de los santones se apodera del mundo. Plañideras que esconden misterios entre sus velos negros, no saben de la timidez, la fiebre se ha apoderado de sus conciencias. Este es un sacrifico estéril, la confirmación de un fracaso, el hombre ardiendo en la hoguera de su propia lucidez.
Hay una rapsodia de estrellas en fuga./ Hay una flora amarga creciendo en el desierto./ Hay una voz que reclama placer inmediato./ Hay una lluvia de lágrimas desconocidas.

Certeza que devora la incertidumbre./ El viento de la muerte se lleva todo./ No, desde aquí, no.

 

21.1.21

Byung Chul Han


“El terror de lo igual alcanza hoy a todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto. Los medios sociales representan un grado nulo de lo social.


La interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales y que piensan igual, haciéndonos pasar de largo ante los desconocidos y quienes son distintos, y se encargan de que nuestro horizonte de experiencias se vuelva cada vez más estrecho. No enredan en un inacabable bucle del yo y, en último término, nos llevan a una "autopropaganda que nos adoctrina con nuestras propias nociones".”


― Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto

Hoy ya no vivimos poéticamente en la tierra. Nos acondicionamos en la zona digital, donde nos sentimos a gusto. Somos cualquier otra cosa que anónimos u olvidados de nosotros mismos.

La red digital habitada por el ego ha perdido por completo todo lo ajeno, todo lo inhóspito. El orden digital no es poético. Dentro de él nos movemos en el espacio numérico de lo igual.

 

- Byung Chul Han, La expulsión de lo distinto. 

(Editorial Herder, Barcelona 2017)


Vinilo

 


Y de pronto, todos esos discos entran en un solo disco duro.   Ese gran equipo  que costaba un riñón se convierte en tu teléfono y unos auriculares haciendo equilibrios  en las orejas.  El sueño de coleccionista hormiga se va al garete,  tienes discos que no volverás a escuchar en lo que te queda de vida. Todo eso te obliga a replantearte lo de quién soy, dónde voy y para qué coño he gastado tanto esfuerzo, ilusión y dinero. Maldices a Spotify porque en el fondo sabes que no hay nada que hacer y que pronto te implantarán un chip cualquiera sabe dónde y no necesitarás nada más  para escuchar aquella música que tanto te gustaba. Señor, líbranos del mal. Amén.     


20.1.21

Laberinto.

 


Es fácil entrar en el laberinto. De hecho estamos dentro aunque no seamos conscientes (1) 

La mejor forma de buscar la salida es no perder el contacto con las paredes (2) y caminar (3).

Excepto los creyentes, a estos solo les bastará con invocar la ayuda divina. Rezar, rogar, penitencia y esperar (4).

Boethius von Bolswart (1580-1634) lo deja claro en su “L’ Angelo conduce fuori dal labirinto” (5).

Otros (6).

 


1 - ¿No lo somos?

2 - ¿La realidad?

3 - Será necesario mucho tiempo, aviso.

4 - Los castos tienen preferencia.

5 - Del  volumen “Pia Desideria” di Hugo Hermann (1624)

6 – En estos libros también se pueden encontrar fórmulas para salir.







19.1.21

Los límites de la ciudad

 



No llovía, nunca llovía.

La última vez que vi a Teresa, los bomberos ya habían apagado el fuego, por lo que pude regresar al pueblo atravesando el bosque.

Al despedirme no sentí ninguna emoción especial, ni siquiera volví la cabeza como otras veces. Pero sentí el ruido de la puerta cerrándose como una guillotina.

La noche palpitaba en rumores de insectos, aves nocturnas y sapos en celo.

Recuerdo que un avión volaba muy alto, parpadeaban sus luces de situación junto a la Vía Láctea.

Entonces no sabía que la amenaza de no volver a verla nunca más podía convertirse en realidad. Qué tontería, ¿cómo iba a saberlo?

Al llegar al Storm me concentré en la cerveza y en la señorita rubia de la esquina de la barra. Julián tenía su local adornado con diversos instrumentos musicales y cuadros con fotografías de músicos de jazz. No era una decoración con demasiado sentido, Julián tampoco lo tenía, pero su cerveza estaba siempre fría. La señorita del fondo, por el interés que me demostró, no.

Me dirigí a ella y cuando nos habíamos investigado todo lo que la decencia de un tipo como yo permitía en un local público, propuse a Elena, que así se llamaba, continuar en otro lugar.

No podía ir a mi casa, no podía decirle que mi madre me esperaba con su cargamento de besos, amor infinito y cena en la mesa de la cocina. ¿Qué hubiese pensado ella?, los amantes no tienen madre.

Con una mirada fría me preguntó - ¿No hay hoteles en este pueblo? –.

Le miré con todo el desprecio aprendido de los protagonistas de las películas de serie B que había visto en tardes y tardes de cine en sesión continua. Tiré de su brazo. – Vamos, nena – y mi voz sonó como una cicatriz en una cebolla.

Nos perdimos por los callejones del vicio.

Ella sonreía y su mirada estaba llena de navajas, de gélidos deseos.

Quiso saber dónde íbamos y su voz sonó como un géiser, como un escape de gas. No respondí, tratando de pintar con misterio mi absoluta falta de iniciativa. No sabía dónde llevar nuestros deseos, aunque si sabía cómo.

Caminamos entre los ruidos de las calles, apartando gatos invisibles y olores de sopa de ajo saliendo por las ventanas. Justo al doblar una esquina me agarró de las solapas la silueta de mi nostalgia por Teresa, pero quién piensa en nieve cuando se está en el desierto. La breve falda de Elena se ceñía a sus nalgas generosas como mi mano se ceñía al apetecible espacio desnudo entre esa falda y la blusa, su carne estaba mullida y caliente.

Dios, si hubiese tenido mi coche todo sería más fácil.




Entonces recordé el apartamento de Juan, si este seguía en Madrid estaba salvado.
Bajo el felpudo estaba la llave.

En la pequeña habitación se alternaban flores de plástico, una cortina con pececillos dorados y tres muñecas vestidas de gitana andaluza. Una joya de la decoración de principios de siglo.

Bajo mi cuerpo estaba Elena, su boca abierta, sus piernas abiertas, su corazón, si lo tenía, cerrado.

Un reloj despertador, ruidoso y anacrónico, daba ritmo a nuestros movimientos acelerados. A lo lejos se oían los grandes camiones atravesando la autopista en dirección a quien sabe dónde.

El reloj se cansaba, nosotros no.

Entusiasmados, no escuchamos los pasos subiendo por la escalera, ni la llave girando en la cerradura, sólo escuchamos ese – No, Teresa, espera, mi piso está ocupado -.

Y después desde la ventana vi a Juan y Teresa entrando en el coche, los semáforos parpadeando, Elena pidiendo que continuásemos, su pubis llamándome, un zumo de frustración saliendo desde ese maldito adagio de Albinoni que suena una y otra vez, mi mundo explotando en fuegos artificiales, y después ducharnos, vestirnos, limpiar la alfombra y a la banda sonora de mi vida se había incorporado un nuevo y triste bolero.

Volví a casa quitándome las lágrimas a manotazos.


18.1.21

Club 21

 


 Club 21.

Fran Lebowitz me lo ha recordado. Camines lo que camines, New York es demasiado grande para abarcarlo. A mí el Club 21 (1) no me decía nada, su fachada sí me parecía elegante con esos 35 jockeys (2) no sé si brindando o llamando a los paseantes. Miré de pasada su carta y pensé que no era para mi economía.

No fue sino hasta el siguiente viaje, habíamos pasado la mañana comprando camisas entre la Quinta y la Sexta, embriagados por el embrujo de Manhattan. Nos pareció ver a  Audrey Hepburn en el escaparate de Tiffany pero no era (aquella señora  se parecía bastante, eso sí). Hacía mucho calor en la hora de comer, el azar (¿?) nos dejó frente el  21. ¿Entramos? Vamos allá. Yo llevaba una camisa de manga corta -No puede pasar así-.  El club exige un mínimo de respeto indumentario. Aparece el maitre, encantador -no se preocupe, pasen, pasen, le dejamos una chaqueta-. Antes de comer es costumbre tomar un cocktail. -Dos dry Martini (3), por favor-. Como a Teresa le parece fuerte, me tomo los dos antes de  una sopa con siete sabores diferentes.  Nunca he saboreado nada igual. El segundo plato es igual de extraordinario. -Otro dry Martini, please-. A nuestro lado está sentada una señora que teclea su Mac y no quita ojo al  pañuelo con el que Teresa cubre sus hombros. Empiezan a hablar. La señora viene de hacer una entrevista a Ivanka Trump y está contenta. Hablan y hablan  y apenas entiendo porque  a estas alturas de la ginebra ya no sé en qué idioma se comunican pero   alrededor todo es maravilloso, hay pájaros volando y flores esparcidas entre nubes rosas Disney.  Se hacen amigas. La señora del Mac nos invita a visitarla en  Greenwich (Connecticut) y ese es el comienzo de una historia  sorprendente.  Lo contaré otro día, ahora estamos hablando del Club 21.  Vuelve el maitre -¿todo bien?-, profesional y amable nos invita a conocer el restaurante y en un correcto castellano nos enseña rincones, cuenta historias y el Martini no me impide sentirme muy afortunado. Cuando pago olvido el precio porque entre otras cosas es correcto, asequible, más barato que muchos restaurantes de aquí (4). Volvemos al hotel, encantados, sonrientes, prometiéndonos  otra visita al Club 21 en el próximo viaje.         

Ahora el virus decide, Fran Lebowitz me lo recuerda y leo en el periódico que el Club 21 cerrará sus puertas definitivamente después de 90 años de historia (5). El mundo que he conocido se va a la mierda.

(6)

 

 

                                                

(1)                             https://www.belmond.com/es/restaurants/north-america/usa/ny/new-york/21


(2) Las estatuas de los jockeys de la fachada del restaurante Club 21 de Nueva York fueron creadas como elemento decorativo en el siglo XIX. No hace mucho algunas de ellas fueron remodeladas porque los rasgos que representaban a hombres afroamericanos fueron considerados racistas por el estereotipo que habían seguido en su factura. Ahora son políticamente correctas.


(3)¿Cómo preparar un buen Dry Martini?

La elaboración es sencilla: está compuesta por 4 parte de Ginebra, una parte de Vermouth  seco, un twist de limón y una aceituna verde.

Para su elaboración debemos verter el Vermouth seco y la Ginebra  en una coctelera con abundante hielo, removemos bien la mezcla, y servimos con cuidado en una copa de cóctel, a continuación, perfumamos la copa retorciendo la piel de limón, es lo que se conoce como twist y decoramos con una aceituna verde.


(4) me refiero a mi aquí que estaré gustoso de definirlo si alguien me lo pide.


(5) https://elpais.com/gente/2020-12-25/el-mitico-club-21-de-nueva-york-echa-el-cierre-y-se-lleva-los-secretos-de-los-famosos.html


(6) Dejo para otro día el momento surrealista en el que fui al servicio para cambiar mi camisa por una de las  que me había comprado de manga larga. El diálogo o algo parecido con uno de los empleados, un señor de cierta edad, afroamericano, malhumorado, posiblemente mal hablado, él con una escoba, yo con el torso desnudo quitando las etiquetas a la camisa, mirándonos a los ojos y dedicándonos frases interculturales, él decía no sé qué de   motherfucker   y yo no me quedé atrás aunque en realidad no tenía nada contra su madre ni contra él. La cosa no llegó a mayores, solo los dos fuimos testigos.   





17.1.21

Retórica especulativa



" El lenguaje es en sí mismo investigación. En la tradición filosófica, el lenguaje no es más que un vestigio del que uno puede desprenderse o que se puede corregir, como el soma-sema, como el cuerpo animal convertido en tumba y signo, como las técnicas, como las artes. El lenguaje es la única sociedad del hombre (cháchara, cotilleo, familia, genealogía, ciudad, leyes, charla, cantos, aprendizaje, economía, teología, historia, amor, novela) y no se conoce ningún hombre que se haya librado de él. Así el logos fue desatendido por la philosophia en su despliegue, de la misma manera que el aire es ignorado por las alas de los pájaros, como el agua del río es ignorada por los peces excepto al morir por encima de la superficie del agua en donde se asfixian, una vez transportados por el anzuelo hacia la suavidad y la transparencia atmosféricas donde dejan de moverse y se iluminan.
(...)
Cuando una sociedad está a la espera del acontecimiento que puede extinguirla, cuando el miedo, el desamparo, la pobreza, la desherencia y la envidia de todos contra todos han llegado a un estado de madurez, comparable al de los frutos bajo el calor, una expresión secreta y ávida aparece en la mayoría de los rasgos de los vivos que se encuentran por las calles de las ciudades que son las nuevas selvas. Los rostros que nos rodean cargan con esa tristeza y manifiestan ese silencio que se extiende. Ese silencio, a pesar de la Historia, es decir, a causa del mito de la Historia, sigue siendo ignorante de su ferocidad. Las sociedades occidentales están de nuevo en ese estado de terrible madurez. Están en el límite de la carnicería. "

 Pascal Quignard

Retórica especulativa (fragmento)



Dar de comer al hambriento.

 


Derroche del que da lo que no tiene, desborde de mar insumiso en olas, riada, agua que cae del desierto, de abajo arriba, se nos van a mojar los pantalones del alma, se nos va a mojar el alma, desalmados, arrecife con tigres que naufragaron, isla que emerge, Atlántida inversa, no os comáis las margaritas, monedas enterradas en el fangal, caza y captura del diferente, del que no es cómo, del otro, color, credo, acento, no entiendo, habla en cristiano, llegaban en pateras aéreas, paracaidistas de invierno, caían sobre los sembrados y ya no era el hambre, era otra cosa, también duele dentro, en un punto indefinido del estómago, del cielo del pecho, del horizonte de los pulmones, quizás quiero a los que no conozco, sólo, quiero estar en la plaza, ser esa mano que se agita con otras manos, quiero escoger con quién estoy, no más malas palabras, no más frío, no más obligaciones porque siempre ha sido así, alto, fin, se acabó, empieza otro tiempo, empieza la vida y estaré en una playa aunque llueva a mares, se desborde el mar y se ahoguen los calamares, riada desde el desierto, llegaremos a París, pon X, más lejos, vamos a partir, el que quiera que suba, aún hay billetes, viajeros al tren.

16.1.21

Poemas (7)

 


Para octubre ya nadie recordaba a los fugados. Alguien dijo que vio un reguero sangriento en una acequia, otro que el campo de remolachas se había teñido de augurios y se agostó, otro más acarició con sus manos callosas  el tronco de un cedro y los dedos se le llenaron de ruidos. Después vino la pandemia y la preocupación fue otra. Aquí seguimos.

Oiga, póngase bien la mascarilla.

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