20/07/09

Hace tres años.

Supongo que en un país de la América pobre se puede creer o dejar de creer en Dios y en el hombre igual que en cualquier otra parte del mundo, pero quizás aquí las circunstancias, siempre extremas, hagan que estas pérdidas o estos hallazgos de la fe resulten más sobrecogedores que en otros lugares.
Yo me hice cura por mi tío Zacarías, el tío rico con quien tuve la suerte de contar. Quizás rico no era, pero más dinero que todo el resto de mi familia sí que tenía. Fue él quien me dijo una vez, siendo yo niño:

-Diego, ¿crees en Dios?
-No lo sé, señor.

Era el único a quien llamaba "señor", quizás porque en aquel entonces sólo a él conocía que tuviese pistola y que me daba de comer de cuando en cuando.

-Diego -siguió preguntándome mi tío- ¿tienes hambre?
-Mucha, señor.
-¿Y si para comer tienes que creer en Dios?
-¡Yo creo en Dios, tío! -casi grite, esperando que de esta forma aliviase el hueco de mi vientre.

Así comenzó mi aprendizaje de la fe cristiana. Poco después de esa conversación, mi tío hizo que me ingresaran en un seminario, donde comí lo suficiente y vestí bien y estuve protegido de tantos males que acechan a la gente pobre de mi país. Aprendí a vivir con comodidades que nunca hubiese tenido de otra forma, aunque no logré creer en Dios, a no ser de boca para afuera.

(Los Resucitados.//. José Manuel Fernández Argüelles)



Hace tres años, ya, encalé con poético espesor la pared informe. Me dispuse a defenderla de las serpientes después de la lluvia, del chillido de los vencejos antes de septiembre, de los planos y niveles de la nostalgia aún no vencida (cautivo y desarmado, etcétera).

Enfrascado en estas tareas y en otras no menos importantes, descuidé el riego de los relojes, el riesgo del murmullo detrás de la línea donde rompen las olas y, sobre todo, el cultivo de mis jardines y facetas menos conocidas (por mí mismo).

Han pasado los meses, sin orden ni concierto, tan pronto era mayo como noviembre. El vengador está ahí, emboscado, trata de esconderse en lo oscuro pero puedo ver sus movimientos entre las ramas de la higuera. Aún así he clausurado la muerte, es la hora de la vida plena (enterré a S como Tarantino a UmaThurman).

Juré que no lo contaría jamás, pero mi elección no es silencio, coloco velas cada medio metro del borde del misterio, espero la noche para encenderlas, para recordar al adolescente que fui (vano empeño, soy un hombre, libre pero lejos de aquel).

Y los días caminan al borde de un río luminoso, en el polvo quedan las huellas de la fortuna (llevo la relación de los milagros como cuentas de un collar de perlas, estoy seguro que nunca volveré allí).


19/07/09

Alarma en sábado.

Pido

Prisionera de un pánico invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.

Clara Janés



Cuando un teléfono suena de madrugada es que algo va mal.
Y así, salir a las calles del sábado con noctámbulos alborotadores, algunos orinando en las esquinas, otros abrazándose en los portales intentando no pasar la noche en soledad.

Mientras, la ambulancia corre hacia la clínica.

Tres ancianas, hermanas, dormitan en la sala de espera de urgencias, sus cabezas bambolean en equilibrio imposible, en cualquier momento pueden caer redondas bajo el televisor que intenta, a gritos, vendernos pantallas de plasma y peladores de cocina.

Médicos, enfermeros, “vamos a subirle a planta”, una camilla y luego silencio. La noche se ha hecho más noche y el sueño se ha ido.

Ahora es domingo, el sol entra por el ventanal de la habitación, el oxígeno borbotea y el enfermo respira tranquilo.

Hoy es otro día.




18/07/09

Antonio Gamoneda


Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz
que separa cuanto he olvidado
y la última luz.

Para mi gusto, Antonio Gamoneda (1931) es el gran referente de la poesía actual en España.

Hace un tiempo tuve la suerte de asistir a una conferencia en la que, al final, leyó algunos de sus poemas.

Es un magnífico rapsoda y su voz grave acentúa la profunda e intensa poesía que invade todo su trabajo.

Aquel día, terminar, con sencillez y amabilidad, contestó a las preguntas que le formularon desde el sorprendentemente escaso público que asistió.



La memoria es mortal. Algunas tardes, Billie Holiday pone
su rosa enferma en mis oídos.

Algunas tardes me sorprendo
lejos de mí, llorando


Por contraste con otros “espectáculos” se me ocurren bastantes reflexiones sobre el poco interés que despierta un recital poético, pero temo que están viciadas por la admiración que me produce la obra de Antonio Gamoneda. Además cada uno tiene sus gustos, todos muy respetables.


Arden las pérdidas. Ya ardían
En la cabeza de mi madre. Antes
ardió la verdad y ardió
también mi pensamiento. Ahora
mi pasión es la indiferencia.
Escucho
en la madera dientes invisibles. (*)


Pues eso.

(Los tres poemas de su libro “Arden las pérdidas")



17/07/09

55




0
-.-
Nada.
Páramo.
Concepto.
Líneas blancas.
sobre el Polo Sur.
Ilusión colgada
del gancho de un carnicero.
Sangre
Diluida
sobre el helado
paisaje quebrado.
Geometría pura.
Paraíso cerrado.
Desaliento.
No alma.
Silencio
No.
¡.!
¿O era sí?
Tanto tiempo en el cruce
sin saber que era el camino.
-.-
(Allí mismo nos comió el fiero oso de lo imposible)




16/07/09

Hace mucho calor.

Cada acción de la Fura se dirige contra la pasividad el espectador (Primer Manifiesto)




Hace mucho calor. Ella está desnuda sobre la cama y se abanica. Él no la mira, come cerezas y se limpia los dedos en los muslos.
La habitación está en penumbra, de la calle llega un murmullo tenso de sol y ciudadanos refugiándose bajo las marquesinas, entre los árboles del parque, mojándose la sien en las fuentes.

Ella espera una palabra que acaricie su ansiedad, un suspiro que la conmueva, una señal que indique que entre ellos aún vibra un dorado hilo de deseo. Él sigue comiendo cerezas, ensimismado, deja el hueso de la fruta en un platillo sobre la pequeña mesa al lado de la cama.
No hay música, no hay gozo, no hay más que un calor sofocante que les hace sudar copiosamente, que les deja los ojos cerrados al acaso de encontrarse.

La habitación tiene las ventanas cerradas y la mujer no sabe por dónde ha podido colarse la abeja que ahora zumba de pared a pared. Se posa en los dedos de su pie derecho y no se mueve, temerosa de una picadura. En la comisura de los labios del hombre brillan gotas de zumo, parece no haber notado el errante vuelo.

El pequeño insecto deja el rastro de sus patas por la pierna inmóvil de la mujer que siente que siente y se sorprende del cosquilleo, de la reacción de su cuerpo acalorado. Esa mezcla de temor y caricia impregna su piel de una sensación que no conocía. El hombre se ha levantado y busca el alivio del agua en el cuarto de baño.

La mujer cierra los ojos, fantasea, tiembla, imagina. La abeja vuela hasta el techo, a la lámpara, vuelve, se posa en su seno desnudo, hace círculos sobre el pezón oscuro. El hombre regresa, grita –cuidado- y golpea con un periódico enrollado al insecto que ahora está aplastado sobre su pecho dolorido. Después sigue comiendo cerezas, en silencio. Ella se ducha, se viste y se tira de cabeza a la tarde de julio aún con riesgo de una insolación, aburrida de calores, abejas y, sobre todo, de amantes que no aman.




Continuará (hasta que ella quiera).



15/07/09

Carta a una amante irónica.

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir pues resta sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.

Lope de Vega


El cojo Peroche canta por soleares en una mañana de julio, con un sol radiante entrando por la claraboya que no tengo. Escribo para ti, I, que estás al otro lado del mundo, bajo un tejado de pizarra y gorriones junto al mar que muerde con sal las ventanas de tu casa, las estrellas que miras sin mirar, las olas de lo que fue dejando algas embusteras en el arenal de entonces.

Descontrolado, así me has dejado.
Con solo dos palabras.
El otro.

Preservaba la ternura como un jardinero que cuida los arbustos malheridos de la memoria. Podaba con mis dientes los pliegues del pasado. Con obsesivo celo protegía los brotes del cariño, de la atracción creciendo como madreselva que se adhería a mi alma con más y más fuerza. Comíamos cerezas, tomábamos café, cortábamos jamón con afilados cuchillos, nos mirábamos a los ojos y se encendían las alarmas sin asustarnos,

Y ahora esas dos palabras vacían los aljibes, agostan los parterres, queman la hierba, rompen los esquejes, dejan la tierra oscurecida, infértil, con un viento trágico que se lleva los sueños, se incendia el monte junto al penal de no verte.

Evoco, medito, rumio, me refugio en la imposible lucidez, me escondo en el contrabando de palabras. Viajando al abrigo de las miradas inoportunas me oculto, disimulo, selecciono la voz que aparente, que disfrace, no, tiempo de tragedia, tiempo nublado en verano del norte, voces fragmentadas, entrecortadas, no hay cobertura, obsesiva imagen de tu cuerpo reflejando la luz leve que se filtra por la persiana que protege, hondura en la aparición de caricias que atesoramos como una oración selectiva, protectora, intensidad en los besos que antes no nos dábamos…

Pero de súbito…el otro.

En la radio el Brillantina se marca unos tangos, músicas que antes no, canciones saliendo de un arcón bajo la cama sin dosel. Te escribo, I, sobre las rocas del acantilado, desafiando los tambores y las certezas; te escribo en la orilla, saltando las rayas del agua, el misterio, el miedo, la sombra ciega que me ofrece tres deseos, la visita piadosa del todavía, trágico como un actor desdentado, ridículo como un cómico a caballo entre lo imposible y la pirueta, con un gorro de cascabeles, con una nariz postiza, roja, silbando, con los pulmones abiertos a la resaca de ese otro.

Pongo las cartas sobre la mesa, esta es una partida en la que nadie gana, tres envido y llevo pares, órdago al juego y ahora me sales con que no hay otro, que ni siquiera yo soy uno y nos reímos bajo la parra, fotografiamos a los cisnes entre los juncos, desafiamos las miradas de los desocupados en el muelle, de los marineros en tierra, de los que levantan plazas de toros, de los capitanes de barco en la proa de la inactividad, de los vecinos asomados al balcón, de los guardias civiles en sus torretas, de los surfistas avistando olas, de las gaviotas que se ríen, inoportunas, y graznan y nos señalan con sus picos amarillos y ahora recojo el mantel y dentro estamos tú y yo y esta historia renacida y cierta.

Me has convertido en un antropófago.




14/07/09

Mi amiga M.

Aló?

estoy bien
gracias

ya no deshojo margaritas
me gustan en la planta
en la tierra
enraizadas

aquí continúo
cantando algo entre dientes
saboreando naranjas recién arrancadas
jugando a escribirme
pintando el presente
viviendo

jugándomela toda cuanto se puede

aún conservo la risa
aquella risa
sabes

y alguna lágrima nace de vez en cuando

... y tú qué tal?

(M)


Uno solo conoce su calle y la de al lado, viaja acá y allá pero tiene bastante por aprender, a tantas personas por conocer. Va por la vida sin creer en dioses ni demonios, absorto en el ahora, sin demasiadas nostalgias y sí con el afán de comerse los días como sandías, disfrutando de soles, lluvias y todo aquello que venga de quién sabe qué designio, azar o química. Pero un día se encadenan tres factores, conoce a M y ahí se caen los astros, se inauguran nuevas constelaciones y todo ya es diferente, uno se reconcilia con la humanidad y comienza a creer en ángeles. Mi amiga M es un milagro.

No exagero, mi amiga M es un ángel, bueno, no, los ángeles no pueden ser tan bellos, no pueden contener tanta dulzura, tanta capacidad natural de atracción que uno no se puede sino permanecer ante su templo, adorándola, esperando con las ofrendas, los cirios, las oraciones en la punta de la lengua y la ceniza sobre la cabeza.

Se lo digo, créanme, mi amiga M es una mujer muy mujer, real. Uno escucha su voz y queda atrapado, absorto, preguntándose como se puede ser tan dulce, tan clara, tan melodiosa. Uno la mira a los ojos y se convierte en prisionero de su recuerdo, en un esclavo de su encanto, en un hombre con los pies en la tierra y la mente flotando en añorarla.

Mi amiga M es mi amiga, es mi amiga, es mi amiga. Y eso es un privilegio inmenso.

Pasan los meses y la amistad crece, no importan las inciertas posibilidades del futuro, a pesar de las distancias -Uruguay está muy lejos de aquí pero sé que algún día nos reencontraremos-, de tantas personas pasando alrededor como ríos, de nubes negras porque esto –vivir- no es un cuento de hadas. Quizás por eso.

Sin literatura, así, con palabras desnudas y ciertas, un día tuve la dicha de conocer a M y desde entonces mi mundo es más rico, más bello, tiene más esperanza, es más digno de ser vivido. ¿Ven?, soy una persona afortunada.

Y además la niña es así de guapa. (Sé que estará ahora con las mejillas coloradas ya que es natural, fresca y tímida).



Me he quedado corto, la verdad, no tengo capacidad para expresar mejor lo maravillosa que es ella y la inmensa suerte de haberla conocido.

Un beso, Mayra .


13/07/09

No la he visto hoy.

La vida se detiene
si el patio donde juegas
deja de ser inmenso
y ya no te impresiona
mirar a los adultos cuando hablan.

(Ana Merino)


No la he visto, hoy no ha venido, ¿le habrá ocurrido algo?

Soy un hombre vegetal, un árbol sin raíces, un tronco florecido temerosos de los leñadores furtivos, de los cazadores de savia, de los recolectores de clorofila, un arbusto mecido por el viento de levante, hierba que besa sus pies desnudos, ¿dónde estará?

No ha subido al metro ¿se encontrará mal? Estoy obsesionado.

Soy un hombre que vive bajo el agua de la duda, sumergido en mares negros, traspasado por corrientes habitadas por peces melancólicos, por anémonas deprimidas, por tiburones sin armonía, por tortugas que están de los nervios, por ella nadándome, desnuda.

Lo intentaré mañana. Apenas duermo ya. Necesito verla de nuevo.

Soy un hombre animal, una animal hombre inclinado, un perro perdido en olores de ayer que se diluyen, sin raza, un mamífero sin nombre, sin hembra, un caballo arrumbado, sin carro, tratando de quitarse los parásitos rebozándose en el barro de la marisma degradada, un gato gris castrado, un cerdo que espera el cuchillo, aquel espécimen del zoo de Córdoba, un límite entre lo humano y el instinto.

Y ahora llega el largo fin de semana. No espera en el metro, no lápices ajenos para pintar mi ansia, no juegos poéticos acuchillando el domingo sin verla. Alguien me lo dijo ayer: estás peor. Quizás, pero estoy, acostado en las espinas del deseo, con la sangre al borde de los ojos, tendido en el delgado filo del que nunca fue amante. Ni amado.

Soy un hombre viejo que agradece que las piernas aún le lleven, que el corazón funcione, que no se ahogue, que los huesos no se le rompan, que sepa comprar el pan, pasear por las rutinas, que se desespera por esta pasión cuando ya no queda tiempo. Qué lástima aprender que el amor aún es tan duro cuando la memoria, los ausentes, lo que tuviste, el ayer, se pierde en el mísero ahora y no queda más que esta larga sombra de soledad...

Y tanto miedo.

Qué será de mí si no la veo más.






12/07/09

Metro.

“Quedamos para ir perdiendo
todos tus tranvías,
los míos
estaban ya perdidos
por naturaleza propia.

(Cavafis)



Algunos pasajes de Cortázar me dejaron el gusto por los cuentos que transcurren bajo tierra, en el metro. Encuentros fortuitos en las escaleras mecánicas, miradas oblicuas en el andén, roces furtivos en el traqueteo de los vagones atestados, historias tejidas en la cabeza y que nunca ocurren. Excepto a veces.

La veo cada mañana, es menuda, delgada, tiene el pelo rubio, viaja ajena al resto de usuarios. Nunca la he visto hablar con nadie, siempre concentrada en un libro, leyendo, escribiendo notas en una pequeña libreta de tapas negras. Viene sentada, por lo que deduzco que subirá en las primeras estaciones. Hay en ella un gesto austero en su forma de vestir sin concesiones a modas, en la ausencia de detalles coquetos en su atuendo, tiene un aire de monja, quizás lo sea.

Alrededor, el invierno llena las calles de mujeres que caminan garbosas, abrigadas, rompiendo las aceras. Apenas las miro, mi cabeza está prendida en esa dama que me atrae con su misterioso aire de investigadora del alma.

Quisiera hablarla, conocerla, invitarla a un café, saber quién es. No lo entiendo, es lo que llamaría una señora de edad, pero me gusta, me atrae.

El jueves hice el camino inverso, madrugué y fui hasta el comienzo del recorrido del metro. Desde allí, en cada estación, busqué su figura delgada. No tuve éxito, no la vi.

El lunes volví a intentarlo, en el metro siguiente. Subió en la segunda parada. Se sentó. Me senté frente a ella, pude sentarme en China, solo se daba cuenta de su libro. A pesar de no apartar la mirada de su rostro, en ningún momento dio signos de enterarse de mi insolente insistencia. Tomé nota de la estación dónde bajaba.

Durante toda la semana he repetido esta operación. Tanto madrugar me está matando de sueño, pero merece la pena. Es una mujer mayor, nuestra diferencia de edad es superior a lo que sería razonable, pero no puedo reprimir la atracción que siento por ella. La verdad que no me entiendo, quizás estoy enfermo, quizás deba consultar esta obsesión con un psiquiatra.

Hoy es viernes y no espero más, he decidido hablarla.

Mañana lo contaré.










11/07/09

It used to be.

La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.
Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
tan inverosímil como el tuyo.

(José Watanabe)


Solía serlo.

Lo he dicho demasiadas veces: esta es una página literaria.

Estaba equivocado, no lo es.

Es una bitácora que me permite dejar parte de lo que escribo mezclado con imágenes y música, pero sobre todo disfrutar de la comunicación con tantas personas.

Este blog es una afición, que me da satisfacciones, un vicio que me hace pensar, sentir, imaginar, trabajar, leer, aprender, dar, me enseña, me enriquece, libera, que me ayuda.

Busco la densidad en el lenguaje, en lo coloquial, acumulo metáforas, escarbo en lo cotidiano, lo pinto con surrealistas situaciones, dedico ilusión a esta actividad –te veo- rebuscando en historias que ocurrieron, que no, que imagino, que están en recuerdos de niñez, de después, en lecturas grabadas en el cuarto oscuro, en deseos no satisfechos, en mañana.

Dedico a esta actividad el tiempo justo, que no suplante lo importante, que no interfiera en lo principal: vivir con los otros.

Soy lento, ahora, estos días, estoy aprendiendo que a pesar del anonimato, de los nicks, del juego, detrás de todo lo accesorio de los blogs, están personas de verdad, con sentimientos, problemas, realidades, vivencias, soledad, compañía, necesidades, deseos.

Nunca es tarde.

Esta es mi mano.


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