Glup 2.0

22.1.19

Parker viajero (3)


Parker no comprende cómo ha podido mantener ese engaño consigo mismo y con los demás, simular ser un elegido, tener grabado en la frente el signo de los diferentes, pretender vivir en un paraíso sin tentaciones de serpientes arteras, inventarse episodios con perfumes de eternidad, adaptarse a la emboscada del lobo del miedo que acosa a la ausencia, romper las vasijas que contenían su dignidad.

No ocurrió nada de nada y entre las cenizas de su vergüenza es ese que mira con espanto las nubes negras, la tormenta que se acerca. 

21.1.19

Parker viajero (2)



El tiempo siguió pasando y.

Parker ahora lo sabe, se lo inventó, nada ocurrió, ninguno de esos recuerdos que mantiene como banderas en la colina. Por eso los sicarios del olvido se lo susurran simulando con sus manos un embudo de seda, los sayones de la negligencia emocional borran las huellas de sus dedos sobre la alacena que contiene las cartas que no escribió, que no recibió. Entre todos entierran los mastines muertos que defendían su torre de ceguera.

Fue mentira, nada de aquello pasó.

20.1.19

Parker viajero (1)


Hubo un tiempo en el que Parker se comió el mundo. Empezó por Bilbao y de las almotacenías siguió alrededor, saltando fielatos, aquellas marcas amarillas en los mapas de la escuela, las aduanas con carabineros reconvertidos y las señales en aeropuertos de acá y sobre todo de allá. Fueron viajes desde el centro de su corazón a una periferia que nunca terminaba. Acumuló historias, conocimientos, nombres, experiencia, alegrías, sinsabores, alguna tragedia, amor y desamor a partes iguales.

Y volvió.

19.1.19

Parker espera




Parker  esperaba el 22 con grosellas, bacalao y esperanza, ilusión, preocupada vigilia desde el anuncio, días contados con ábacos de jade y dedos mojados en mermelada y jengibre, una música de Beatles armónicos, los recuerdos en una caja negra que un día tuvo luces de navidad y luciérnagas. Ahora ha pasado y el horizonte está tapiado de nubes amarillas.

El invierno se abraza a sí mismo con árboles desnudos y playas vacías, con el recuerdo que se seca sin rocío en acuarelas de buhardilla, en sábanas que describen profundidades, majestuosos caballos de nubes o imaginación para suplir suspiros descarnados. 

Las sonrisas se hielan, Parker se  espolvoreo belladona en el bigote y esto es así, hoy, sábado.

¿Sabes?

18.1.19

Solo el amor y la muerte cambian todas las cosas




Seguro que es algo común y no tiene sentido contarlo.

Pero me pasa.

Escribir tiene algo de terapéutico, algo de misterio, necesidad de compartir imaginación y sentimientos, también algo de técnica y mucho trabajo.  La inspiración no existe.

Me ocurre ahora que he empezado a escribir sobre una emoción que me transita, contarlo para mañana (este blog no tiene otra pretensión que eso, escribir lo de mañana) y se me ha insubordinado el texto, me puede, me increpa, ¿qué dices? –me dice -.

Y lo miro, lo remiro, intento cambiarlo, llevarlo para un lado y él, obstinado, me lleva para otro, me puede, me vence, me obsesiono, dejo una frase, la cambio, no avanza, estoy empantanado.

Lo peor es que estoy colgado de algo concreto que me inquieta, me preocupa, quiero decirlo y no sé cómo hacerlo para que no (me) parezca que lo digo.

Aquí estoy, mirando esas escasas cinco líneas. 


17.1.19

Con miedo



No encuentro mis bragas –dijo ella, y desde la cama vi las blancas nalgas que contrastaban con el resto de su bronceado cuerpo, de rodillas, palpando la alfombra bajo la mesa del salón, a oscuras.

Al cabo de un rato volvió a mi lado. -Qué es esto? – dijo, y entre los dedos sostenía un pequeño objeto brillante, redondo, metálico.

Primero miré sus pechos y después aquel objeto, un micrófono inalámbrico. ¿Cómo lo sabían?

-Vístete y vete, rápido – dije a la chica.

-Qué prisas, vale, voy, deja el dinero en mi bolso – escuché el ruido del agua en la ducha, ella cantando mientras se pintaba, al de un rato me obedeció y se fue.  

No me preocupaba pagarle doscientos dólares, lo del micrófono sí. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí, ¿habría otros? Comencé a buscar por el dormitorio, entre las cortinas, bajo el colchón, en la biblioteca, en la cocina, cada vez más nervioso, en el cuarto de baño, el pasillo, en el techo. Sobre la puerta de entrada al apartamento encontré otro. ¿Quién lo había puesto ahí?, ¿cómo había entrado?, ¿cuándo? Seguro que había más.

Miré por la ventana, los coches amarillos corrían por la avenida, se escuchaban sirenas, los peatones iban y venían bajo el calor de junio, no advertí nada sospechoso, quizás era una confusión.

Lo mejor era aparentar seguridad y salir.

Aquellos dos hombres hablando en la esquina no me gustaban, me miraban. La señora del abrigo verde sonreía, ¿qué sabía ella? El portero del Grand Hotel inclinó la cabeza cuando pasé a su lado.

No pude soportarlo más, comencé a correr, calles y calles, de un barrio a otro.

Ahora estoy sentado en un banco de Central Park, comienza a anochecer, me da miedo volver a casa.    

16.1.19

Laura



Laura llena mi cabeza de triángulos isósceles, mi memoria está sentada en el centro de su corazón, cosida con alboroto de caléndulas, carretera sin atajos a su piel sin distancia, con zozobra, su cuerpo es un desorden prendido en el marco de mi deseo, una luz al fondo, mi sedienta mirada en los intersticios, un viento azul moviendo los árboles de la alameda, Laura en todos mis sueños.

15.1.19

Parker baila.



Con una máscara de adolescente ensimismado Parker gira y ríe en un baile de disfraces en el que nadie es quién dice ser. Entre los muchos invitados, alrededor, confundidas, la primera mujer que amó, la primera mujer que besó, la primera mujer que le enloqueció. Y su mujer.

Intenta aparentar una calma que no tiene. Baila y sonríe. Se para y bebe pequeños sorbos de una copa de vino. Se está mareando y debe estar sobrio para no delatarse.  Ajeno al viento en las ventanas, a la lluvia, torpe, habla con unos y otros.

No sabe quién sabe.

Y qué.

La música cambia desde Beatles a baladas tan lentas y tan antiguas que parece que el tiempo se ha detenido. Pero no, han pasado tantas cosas. La primera mujer que amó va de acá para allá como una bailarina entre ballet y contorsionista. La primera mujer que besó ha olvidado todo y sonríe al lado de su nueva pareja. La primera mujer que le enloqueció está nerviosa, intranquila, su marido está sentado a su lado y los dos fuman sin cesar. Su mujer está feliz y habla con todos, encantadora, ajena a la trastienda.

Están las miradas.

Y los silencios.

Fuera están las calles donde todos ellos se perdieron en tiempos amarillos de versos y palomas, de melancolía en las esquinas, de risas de niños y una esperanza, o tres, o nada. Los que bailan, como pueden, sofocan los gritos del mercader de la nostalgia, de los fabricantes de relojes, de los hechiceros de una época sin plazos, de las tenues palabras de enamorados escondidas bajo los bancos de la plaza.

Ahí está Parker, riendo y bebiendo, simulando una tranquilidad que no tiene, caminando sobre la débil línea que separa el sí del no, esperando la inoportuna palabra que desbarate la fragilidad de su paz, confundido entre las tres mujeres que dieron sentido a su vida, que la llenaron, que aún le duelen. 

Y su mujer.

14.1.19

09.04



Se besan sin saber dónde empieza el cielo, dónde acaba el infierno. Se besan de pie, con los ojos cerrados, con las manos cerradas. Se besan y a lo lejos se escuchan las murallas centenarias, derrumbándose, poblando el aire con un estruendo de argamasa y ciclones. Se tocan la piel y de los poros les brotan pequeñísimos animales dulces que miman cada rincón de brazos, caderas, muslos, un lento deambular de almíbar. Se tocan el alma y se mecen en pétalos de flores nuevas, gigantescas corolas, pistilos con embriagadores zumbidos de abejas. Se hacen uno y justamente entonces, a pesar de los coros de querubines que cantan con los ojos cerrados, del ritmo de cien palmeros presentidos al otro lado de la puerta, del calor de tres infiernos, del murmullo de un arroyo del Paraíso Terrenal, del Vesubio y del Etna, de Manhatan, ignoran que traquetean en el pescante de un tren sin regreso, viajeros a ninguna parte, refugiados en el trayecto de la soledad, habitantes de un mundo prohibido.

No pueden culpar a las serpientes.
Hablan recostados a uno y a otro lado del muro de las lamentaciones.
Sabiéndolo.

13.1.19

09.03



Aquí están, en plena Gran Vía, los infractores, nadie les mira al pasar pero mantienen la cabeza baja, caminan por el centro de la calle, esquivan los jardines y los jazmines, el sonido de los semáforos y el runrun del tráfico, los ciegos recostados en las esquinas, los prejuicios como una roca negra, lisa, imposible de escalar. Caminan y el mundo es un paisaje nuevo con personajes mezcla de pájaros y funcionarios con manguitos. No aplaudáis, no gritéis, ellos lo saben

Ahora hay que escoger.
Abrir las ventanas al caliente viento del desierto.
O ahogarse en un remolino del oasis descubierto apenas ayer.

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