Glup 2.0


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2.4.15

Solía serlo.

La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.
Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
tan inverosímil como el tuyo.

(José Watanabe)




Solía serlo.

Lo he dicho demasiadas veces: esta pretendía ser una página literaria.

Estaba equivocado, no puede serlo.

Es una bitácora que me permite dejar parte del trabajo de aprender a escribir mezclado con imágenes y música, pero sobre todo el privilegio de disfrutar de la comunicación con tantas personas.

Este blog es una afición, que me da satisfacciones, un vicio que me hace pensar, sentir, imaginar, trabajar, leer, aprender, dar, me enseña, me enriquece, libera, que me ayuda. No aprendo a escribir pero lo intento.

Busco la densidad en el lenguaje, en lo coloquial, acumulo metáforas, escarbo en lo cotidiano, lo pinto con surrealistas situaciones, dedico ilusión a esta actividad –te veo- rebuscando en historias que ocurrieron, que no, que imagino, que están en recuerdos de niñez, de después, en lecturas grabadas en el cuarto oscuro, en deseos no satisfechos, en mañana.

Dedico a esta actividad el tiempo justo, que no suplante lo importante, que no interfiera en lo principal: vivir con los otros.

Soy lento, ahora, estos días, estoy aprendiendo que a pesar del anonimato, de los nicks, del juego, detrás de todo lo accesorio de los blogs, de los muros de FB, están personas de verdad, con sentimientos, problemas, realidades, vivencias, soledad, compañía, necesidades, deseos.

Nunca es tarde.


Esta es mi mano.


1.4.15

Carta a una amante irónica.




El cojo Peroche canta por soleares en esta primera mañana de abril, con un sol radiante entrando por la claraboya que no tengo. Escribo para ti, I, que estás al otro lado del mundo, bajo un tejado de pizarra y gorriones junto al mar que muerde con sal las ventanas de tu casa, las estrellas que miras sin mirar, las olas de lo que fue dejando algas embusteras en el arenal de entonces.

Descontrolado, así me has dejado.
Con solo dos palabras.
El otro.

Preservaba la ternura como un jardinero que cuida los arbustos malheridos de la memoria. Podaba con mis dientes los pliegues del pasado. Con obsesivo celo protegía los brotes del cariño, de la atracción creciendo como madreselva que se adhería a mi alma con más y más fuerza. Comíamos cerezas, tomábamos café, cortábamos jamón con afilados cuchillos, nos mirábamos a los ojos y se encendían las alarmas sin asustarnos,

Y ahora esas dos palabras vacían los aljibes, agostan los parterres, queman la hierba, rompen los esquejes, dejan la tierra oscurecida, infértil, con un viento trágico que se lleva los sueños, se incendia el monte junto al penal de no verte.

Evoco, medito, rumio, me refugio en la imposible lucidez, me escondo en el contrabando de palabras. Viajando al abrigo de las miradas inoportunas me oculto, disimulo, selecciono la voz que aparente, que disfrace, no, tiempo de tragedia, tiempo nublado en primavera del norte, voces fragmentadas, entrecortadas, no hay cobertura, obsesiva imagen de tu cuerpo reflejando la luz leve que se filtra por la persiana que protege, hondura en la aparición de caricias que atesoramos como una oración selectiva, protectora, intensidad en los besos que antes no nos dábamos…

Pero de súbito…el otro.

En la radio el 
Brillantina se marca unos tangos, músicas que antes no, canciones saliendo de un arcón bajo la cama sin dosel. Te escribo, I, sobre las rocas del acantilado, desafiando los tambores y las certezas; te escribo en la orilla, saltando las rayas del agua, el misterio, el miedo, la sombra ciega que me ofrece tres deseos, la visita piadosa del todavía, trágico como un actor desdentado, ridículo como un cómico a caballo entre lo imposible y la pirueta, con un gorro de cascabeles, con una nariz postiza, roja, silbando, con los pulmones abiertos a la resaca de ese otro.


Pongo las cartas sobre la mesa, esta es una partida en la que nadie gana, tres envido y llevo pares, órdago al juego y ahora me sales con que no hay otro, que ni siquiera yo soy uno y nos reímos bajo la parra, fotografiamos a los cisnes entre los juncos, desafiamos las miradas de los desocupados en el muelle, de los marineros en tierra, de los que levantan plazas de toros, de los capitanes de barco en la proa de la inactividad, de los vecinos asomados al balcón, de los guardias civiles en sus torretas, de los surfistas avistando olas, de las gaviotas que se ríen, inoportunas, y graznan y nos señalan con sus picos amarillos y ahora recojo el mantel y dentro estamos tú y yo y esta historia renacida y cierta.

Me has convertido en un antropófago.


Los dos cuadros son de Nelson Shanks 

31.3.15

No la he visto hoy.

La vida se detiene
si el patio donde juegas
deja de ser inmenso
y ya no te impresiona
mirar a los adultos cuando hablan.

(Ana Merino)




No la he visto, hoy no ha venido, ¿habrá tenido algún percance?

Soy un hombre vegetal, un árbol sin raíces, un tronco florecido temerosos de los leñadores furtivos, de los cazadores de savia, de los recolectores de clorofila, un arbusto mecido por el viento de levante, hierba que besa sus pies desnudos, ¿dónde estará?

No ha subido al metro ¿se encontrará mal? Estoy obsesionado.

Soy un hombre que vive bajo el agua de la duda, sumergido en mares negros, traspasado por corrientes habitadas por peces melancólicos, por anémonas deprimidas, por tiburones sin armonía, por tortugas que están de los nervios, por ella nadándome, desnuda.

Lo intentaré mañana. Apenas duermo ya. Necesito verla de nuevo.

Soy un hombre animal, una animal hombre inclinado, un perro perdido en olores de ayer que se diluyen, sin raza, un mamífero sin nombre, sin hembra, un caballo arrumbado, sin carro, tratando de quitarse los parásitos rebozándose en el barro de la marisma degradada, un gato gris castrado, un cerdo que espera el cuchillo, aquel espécimen del zoo de Córdoba, un límite entre lo humano y el instinto.

Y ahora llega esta larga semana santa ¿santa?. No espera en el metro, no lápices ajenos para pintar mi ansia, no juegos poéticos acuchillando el domingo sin verla. Alguien me lo dijo ayer: estás peor. Quizás, pero estoy, acostado en las espinas del deseo, con la sangre al borde de los ojos, tendido en el delgado filo del que nunca fue amante. Ni amado.

Soy un hombre viejo que agradece que las piernas aún le lleven, que el corazón funcione, que no se ahogue, que los huesos no se le rompan, que sepa comprar el pan, pasear por las rutinas, que se desespera por esta pasión cuando ya no queda tiempo. Qué lástima aprender que el amor aún es tan duro cuando la memoria, los ausentes, lo que tuviste, el ayer, se pierde en el mísero ahora y no queda más que esta larga sombra de soledad...

Y tanto miedo.

Qué será de mí si no la veo más.


30.3.15

En el metro

“Quedamos para ir perdiendo
todos tus tranvías,
los míos
estaban ya perdidos
por naturaleza propia.

(Cavafis)




Algunos pasajes de Cortázar me dejaron el gusto por los cuentos que transcurren bajo tierra, en el metro. Encuentros fortuitos en las escaleras mecánicas, miradas oblicuas en el andén, roces furtivos en el traqueteo de los vagones atestados, historias tejidas en la cabeza y que nunca ocurren. Excepto a veces.

La veo cada mañana, es menuda, delgada, tiene el pelo rubio, viaja ajena al resto de usuarios. Nunca la he visto hablar con nadie, siempre concentrada en un libro, leyendo, escribiendo notas en una pequeña libreta de tapas negras. Viene sentada, por lo que deduzco que subirá en las primeras estaciones. Hay en ella un gesto austero en su forma de vestir sin concesiones a modas, en la ausencia de detalles coquetos en su atuendo, tiene un aire de monja, quizás lo sea.

Alrededor, el invierno llena las calles de mujeres que caminan garbosas, abrigadas, rompiendo las aceras. Apenas las miro, mi cabeza está prendida en esa dama que me atrae con su misterioso aire de investigadora del alma.

Quisiera hablarla, conocerla, invitarla a un café, saber quién es. No lo entiendo, es lo que llamaría una señora de edad, pero me gusta, me atrae.

El jueves hice el camino inverso, madrugué y fui hasta el comienzo del recorrido del metro. Desde allí, en cada estación, busqué su figura delgada. No tuve éxito, no la vi.

El lunes volví a intentarlo, en el metro siguiente. Subió en la segunda parada. Se sentó. Me senté frente a ella, pude sentarme en China, solo se daba cuenta de su libro. A pesar de no apartar la mirada de su rostro, en ningún momento dio signos de enterarse de mi insolente insistencia. Tomé nota de la estación dónde bajaba.

Durante toda la semana he repetido esta operación. Tanto madrugar me está matando de sueño, pero merece la pena. Es una mujer mayor, nuestra diferencia de edad es superior a lo que sería razonable, pero no puedo reprimir la atracción que siento por ella. La verdad que no me entiendo, quizás estoy enfermo, quizás deba consultar esta obsesión con un psiquiatra.

Hoy es viernes y no espero más, he decidido hablar con ella.


Quizás lo cuente aquí.


29.3.15

Intimidad de los puzzles.




Si tan solo pudiera ver el rostro de ella otra vez. Pero no, tan solo tengo una fotografía.(Pag. 40)
¿Qué es lo que me deja más perplejo? El hecho de que he batallado con las mismas preguntas y obsesiones y con las mismas repuestas torpes e inútiles durante tanto tiempo, durante los últimos diez años, sin experimentar ninguna ampliación de conocimientos, ni ninguna disminución de mi necesidad de saber; como un rata en la rueda de su jaula. ¿Cómo puedo escapar? Estoy saliendo. Una crisis es una brecha y una posibilidad de fuga. Y eso ya es algo. (Pag. 48) 
Es fascinante ver cómo en las relaciones más sólidas, incluso después de años de convivencia, determinados aspectos ocultos de las personas afloran de pronto, como en una excavación arqueológica. Hay mucho que explorar y comprender. Con el resto de la gente, en cambio, uno sólo puede darse la vuelta, aburrido. Quiero decir algo. Las cosas son así y punto. (Pag. 89) 

(Intimidad. / . Hanif Kureishi.)






Sentado junto a una mesa con un puzzle de colores, música, un bostezo. Doy una patada y las piezas saltan por el aire, se pierden por la habitación, algunas salen por la ventana, se acabó el paciente juego de construir ese paisaje.

Tumbado, en una cama, en el suelo, en las nubes, un grito, un suspiro, un esbozo de eternidad. Zapateo, salto, bailo, me retuerzo en danzas cíngaras, la boca abierta al asombro, la cabeza rozando el límite azul del cielo.

Bajo tierra, oscuridad, pasan los veloces trenes subterráneos de la locura, miedo, me encojo, grito, lloro, cierro los ojos, después llega el silencio, gotas mudas que caen del techo, pájaros negros que me miran, después nada.

Sentado junto a una mesa con un puzzle blanco, música italiana, un esbozo de sonrisa. Coloco las piezas una a una, con calma, algunas encajan, guardo en una caja amarilla las que no, es difícil.

Se acabó, no, no se acabó, el puzzle es interminable, alguien ha escondido piezas del centro del tablero, el resto se han coloreado, solas, es un paisaje que cambia, la mesa tiene música, silbo, tarareo, canto, doy volatines, río, sueño, busco, nado por un río sonriente que me lleva a un mar lejano, aún. Doy una patada al tablero y las piezas giran en el aire, caen y se encajan, algunas salen por la ventana pero no me importa, saco las de la caja amarilla. Todo está en orden desordenado.

Alto.

Escribo esto en un día feliz, no sé qué quiero decir, si lo sé, me tomo un chocolate caliente, de los de antes, humeante y delicioso, con tostadas untadas con mantequilla, bebo un vaso de agua fría y dejo en el borde la marca de mis labios manchados, estoy contento.


¿Te pongo una tacita de chocolate?


28.3.15

Caloret.

Cada acción de la Fura se dirige contra la pasividad del espectador.

(Primer Manifiesto)


Hace mucho calor. 
Ella está desnuda sobre la cama y se abanica.

Él no la mira, come cerezas y se limpia los dedos en los muslos.
La habitación está en penumbra, de la calle llega un murmullo tenso de sol y ciudadanos refugiándose bajo las marquesinas, entre los árboles del parque, mojándose la sien en las fuentes.


Ella espera una palabra que acaricie su ansiedad, un suspiro que la conmueva, una señal que indique que entre ellos aún vibra un dorado hilo de deseo.

Él sigue comiendo cerezas, ensimismado, deja el hueso de la fruta en un platillo sobre la pequeña mesa al lado de la cama.
No hay música, no hay gozo, no hay más que un calor sofocante que les hace sudar copiosamente, que les deja los ojos cerrados al acaso de encontrarse.


La habitación tiene las ventanas cerradas y la mujer no sabe por dónde ha podido colarse la abeja que ahora zumba de pared a pared. Se posa en los dedos de su pie derecho y no se mueve, temerosa de una picadura. En la comisura de los labios del hombre brillan gotas de zumo, parece no haber notado el errante vuelo.



El pequeño insecto deja el rastro de sus patas por la pierna inmóvil de la mujer que siente que siente y se sorprende del cosquilleo, de la reacción de su cuerpo acalorado. Esa mezcla de temor y caricia impregna su piel de una sensación que no conocía. El hombre se ha levantado y busca el alivio del agua en el cuarto de baño.



La mujer cierra los ojos, fantasea, tiembla, imagina. La abeja vuela hasta el techo, a la lámpara, vuelve, se posa en su seno desnudo, hace círculos sobre el pezón oscuro. El hombre regresa, grita –cuidado- y golpea con un periódico enrollado al insecto que ahora está aplastado sobre su pecho dolorido. Después sigue comiendo cerezas, en silencio. Ella se ducha, se viste y se tira de cabeza a la tarde de julio aún con riesgo de una insolación, aburrida de calores, abejas y, sobre todo, de amantes que no aman.



Continuará (hasta que ella quiera).



27.3.15

Mi amigo J

Sperm count/Recuento de espermatozoides

Held the sperm in hand to count, watery white,
Para saber si se nota el estrago de los años,
Squirted after investing much hand-held effort
Para recobrar el placer de años idos.
Only a few drops in the morning light,
Que antes no veía al entregarlo escondido,
That action recalled the lost energy of youth.
Ahora es agotado en el silencio solitario
As boring as a museum attendant.
En las lecturas siempre noté medidas ajenas;
They always seemed larger than my life.

(Andrew Graham-Yooll –1944-)





Mi amigo J es un hombre lleno de virtudes, padre y esposo modélico, ciudadano ejemplar, un intelectual, un científico, viajero, políglota, apasionado de la ópera, gran deportista, ciclista, montañero, lector de los clásicos rusos, de Buzatti, de Canetti. (Bien es cierto que tiene alguna sombra en su historial: le gusta el programa de Gran Hermano Vip. Todos pecamos.)

Pero no es de estas cosas de las que quiero hablar.

Mi amigo J es un buen conversador, como filósofos de lo cotidiano charlamos mientras caminamos por el jardín de los días, algunos sábados antes del partido, los encuentros en las esquinas, la ascensión al Gorbea, cuando nos dejan un hueco los apasionantes diálogos teresianos.

Tampoco es esto lo que quiero destacar.

Mi amigo J se sorprende de la (mi) ilusión. Sostiene la teoría de la muerte de lo nuevo. Camina por el carril de lo conocido, con los ojos cerrados a todo lo que no lleve una fórmula, una definición contrastada, sin sitio para lo abstracto, la poesía, la sorpresa. Ahí somos diferentes.

Pero sobre todo, y esto es lo que quería contar, mi amigo J es invisible.

Esto sí es destacable. Camina por la calle y nadie le ve. Pasa como un espíritu por los semáforos, por las avenidas, plazas, rincones de la villa. Es transparente, etéreo, cristalino. Él mismo lo asume: “soy transparente”. Lo lleva con absoluto conformismo. Esto, en sí, no es bueno ni malo, es lo que es.

Él no lo sabe, pero yo sí le veo, con nitidez, desde los contornos hasta el interior, entero.



Resumiendo.

A). Que en mi caso sería capaz de pintarme de amarillo para que me vieran.

B). Que sin ilusión la (mi) vida sería gris, insoportable, absurda.

C). Que un día que esté descuidado voy a poner a J un traje fluorescente y le voy a inyectar una dosis de glup (2.0).

D). Que el único que no sabe que no es transparente y que está lleno de ilusión es él mismo.

E). Que mañana mismo se lo cuento.


F.) Que es muy bonito que J sea un buen amigo mío (me siento muy afortunado por serlo).


Traductor

Algunas ilustraciones, fotografías, dibujos, etc, que acompañan a los textos han sido
tomadas de internet y puede que no conste su autor.
Si algún propietario no desea que figuren en este blog, me lo comunica y las retiro.

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