Glup 2.0

23.3.19

Parker mirando por la ventana




Parker mira por la ventana y ve la espuma, a veces náufragos, veleros casi hundidos, cormoranes volando bajo y unos ojos que le miran desde el espejo. Llega a una certeza, Marie no es el centro del mundo,  los planetas de la salvación no pasan  por sus órbitas. Entonces las estrellas de la alegría brillan sobre su cabeza y sonríe porque recibe cartas de amigos de la infancia, como si dijera, que le escriben bajo la lluvia de otros países, que le mandan mensajes dentro de imaginarias botellas,  que no esperan los suyos sentados en  islas sin palmeras, con señores vestidos de negro que llenan sus sueños nocturnos con extraños circunloquios, con subconscientes culpables y realidades que no son, cosas de los sueños, ganas de dar vueltas a la noria justo antes de ver a Marie que  baja de su coche y camina hacia él con paso decidido y se le alborota la mente con dibujos animados que corren y despliegan pancartas con corazones derretidos y sabe que es el preso número nueve y ya está.

22.3.19

Parker y la sequía



No llueve, no llueve desde hace semanas, pero Parker  busca a Marie bajo una cornisa de comprensión, under the  boardwalk, ahí, al lado del paseo, junto al mar, escucharlo siempre le reconforta, aunque no haya nubes y a él le gusten las tormentas y esa resaca que se come hasta a las gaviotas del atardecer, cuando están desprevenidas y

son días de celebraciones, de vuelta a casa, quién la tenga, también quizás, de pensar eso de quién es, dónde va, de dónde viene, Parker duda que haya más preguntas mientras por delante  se presente un camino de días monótonos o alegres, carpe diem, porque cuando

excepto cuando Marie pone su voz del otro lado, de su zona oscura, cuando con ese tono seductor le alborota entero, le disturba, le conturba, le sube la temperatura, le deja hipnotizado por su belleza, le atrae como a un animalillo deslumbrado en mitad de una carretera oscura, mirando los faros de ese coche (ella) que, sin duda, le va a atropellar, sin remedio
  
los dos saben que no se convienen (cuantas veces se han dicho eso), pero se hacen la vida más vivible, más emocionante, más dulce, más digna de ser vivida. De forma absolutamente insospechada, cuántas cosas han compartido, sentido, gozado, conocido, descubierto dentro de ellos, cuantas emociones, sentimientos, cuantos misterios, milagros, capacidades, posibilidades, potenciales.  Marie no sabía que era un orgasmo, ni que podía quitarse la ropa tan rápido delante de un hombre y no morir en el intento, que amar es bello y que el deseo  puede borrar versículos enteros de su cabeza (esos que tenía tan grabados y que reaparecen cada poco) y que

entonces fue lo del terremoto emocional y tantos daños en personas, tantos daños materiales

es que los hombres y mujeres proponen y la Madre Naturaleza dispone hasta que

21.3.19

Parker y los elefantes.



Cuando Parker encontró a Marie después de tantos años, la comparó con una tienda de objetos preciosos con escaparates atestados de cristal de Bohemia y delicadas piezas de arte, un establecimiento de lujo con música de Mozart y Bach.

Por el contrario, se vio a sí mismo como un elefante alocado y solitario, un elefante de circo acostumbrado a la pista y a las piruetas, sin domador ni presentador, barritando sus historias en tantas selvas de cartón, bajo tantas carpas.

Y pensó que debía tener cuidado con esa mujer, contenerse, limitarse, ser delicado y atento, incluso mudo, pensar cada palabra antes de dejarla ante sus ojos. Así lo hizo.

Pero el tiempo pasa y todo se transforma, la imaginaria tienda siguió brillando y estando expuesta a que la diferencia de temperaturas hiciera añicos las cuberterías, a que el do  de un tenor quebrase las copas de champán y a que las puertas giratorias dejasen paso a las torpes patas de otro proboscídeo, de otra manada o de otro circo.

Y ya, sin símiles ni ejemplos vanos, Parker se encuentra frente al escaparate de los ojos de Marie, temeroso de los vientos del mar, del insólito bochorno de marzo, de no querer hacer nada que pueda deslizarse por su sensibilidad, de provocar su rechazo y su adiós.

Parker, elefante o no, quiere entrar en esa tienda, pero es pobre y, para colmo, nunca hacen rebajas, se teme que seguirá columpiándose en el parque de la soledad.

Qué cosas pasan. 

20.3.19

(Risas)




Amada mía,  por tantas cosas que tú sabes o no sabes, quiero recuperar todos los otoños, buscar por las esquinas de la memoria aquello que te evoque, gritar por los desiertos hasta tropezarme con lo imprevisible, renacer.

En lo más profundo de esta gruta sin imágenes, sin lenguaje, levantaré un monasterio, seré un tonsurado monje ferviente, orando hasta que regrese mi voluntad de volver. Aún debo saber dónde.

Mientras tanto escarbo en los paisajes oscuros, en el musgo,  en la sombra de las estrellas, busco algo que me devore de impaciencia y deseo, espero aquello que ignoro, quizás el sexo, quizás una palabra, ven.

No te olvido pero está terminando el tiempo de la vendimia y esta absurda música del destino incierto me aburre, tanto.

Te cuento que todo esto ya me da risa.

Te cuento que ha vuelto a llover y que el amor no tiene piedad ni paciencia, quiere consumarse mientras brilla y arde, el amor es la rebelión de lo lógico.

Te cuento que eres la huella y el pasado, mi artimaña para seguir aquí, que eres un tren que circula de noche, sin paradas en esta estación.

Y aun así.

(Risas, de ella)

19.3.19

Pañuelo verde

La última vez que vi a Elisa llevaba un pañuelo verde alrededor del cuello -ese que una vez besé-.

Nos tumbamos en el borde de la escarcha, allí donde hibernan animales de hielo, donde el vaho es un lenguaje, un signo, un escozor de campanas a lo lejos.

Aquella madrugada cambiamos suspiros, contamos historias de nieve.

La verdad, no nos dijimos mucho, confidencias sin enjundia, con hueco tono de voz, quizás con miedo al roce de piel, de alma.

Luego ella se durmió bajo el manzano, la cubrí con mi jersey azul, su cabeza en mi brazo –qué ironía-.

Sentía su lenta respiración acompasada –acércate, ven-.

También me dormí, a su lado soñé que un endriago nos miraba.

Cantó el gallo, alboreaba., despertamos, se hizo de día, luego... nada.





(Y en el fondo, allí, mirándome, el remordimiento, el saber que hice mal, el error. No me perdono.)

18.3.19

Cada día


Male and Female” 1942–43, by Jackson Pollock


Memoria. Esperaba a Begoña en una esquina de su barrio. Las vecinas me saludaban al pasar. ─Hoy tarda ¿eh? Era casi un niño. No recuerdo en qué pensaba. Canturreaba. Miraba la raya del pantalón largo, me atusaba el pelo. ─Ama, ¿voy bien peinado? Hablo de antes de todo, de un lugar preciso en un tiempo preciso. Ella bajaba tarde, ni me miraba y seguía caminando. Me ponía a su lado, o siguiéndola, sin hablar. Mi amor no necesitaba palabras, tampoco sabía las que debía utilizar. Era verano o invierno, siempre estaba ahí, en aquella esquina, esperándola.

Paseábamos junto a las vías del tren, de la mano. Nos besábamos en los cines, junto al depósito de agua, detrás de las zarzas, en lo oscuro. Descubrimos la buhardilla mucho más tarde.

La anciana nos cobraba una miseria. Cuando llegábamos se iba, con su gato. El cuarto era humilde, escueto, limpio. Del patio llegaba el soniquete del rosario en una radio.  

Nos acariciábamos en silencio.

Mi amor era invisible, mi deseo un acantilado, mi cuerpo arrinconaba al espíritu extasiado que pugnaba por la pureza de una voz de tronos y dominaciones. Ella defendía su primera vez. ─No estoy preparada ─ decía ─.    

Las manos, mis  manos, aunque inexpertas en botones y presillas, eran atrevidas y rápidas, audaces en encontrar suspiros y jadeos, en perderse bajo los límites de su falda, de su boca entreabierta, en humedades y rocío. Hablábamos poco. Mirábamos nuestros cuerpos desnudos como dos estudiosos de anatomía. Nos tocábamos despacio, ella no tenía prisa.

Quizás fui torpe, ansioso, no supe, quizás estaba demasiado preparado, me precipité.

Se enfadó.

No volvimos a la buhardilla.

No volví a esperarla en aquella esquina.

Jackson Pollock Circle c. 1938-41


─Te has cortado el pelo. ─le dijo la anciana ─

─No señora, no me ha visto nunca antes, me llamo Carmen, ¿cómo está usted?

Se fue y nos dedicamos a lo nuestro. Con ahínco. Los dos teníamos prisa.

17.3.19

Exclamación



Joder- dijo ella mirándome a los ojos.

Me sorprendió esa palabra en sus labios, insólita en su léxico, exclamación, no verbo. Imaginé una salamandra atascada en su boca, asomando la cabeza y una pata entre sus dientes, un bicho repulsivo con ojos de rabia.

Lo repitió varias veces, la última ante un espejo.

Después su rostro se serenó y la tarde nos llevó a un paisaje de hombres sin pies que reían mientras cortaban hierba con guadañas afiladas, un niño cazaba con neblíes. Vino la noche y nos reclinamos en la húmeda serenidad de lo imposible, reían las estrellas, recordé que aún no sabía su nombre.

16.3.19

O



[1] De Jenny Boully

[2] Lo que no importa es la historia, lo  que no conoces, la historia que te están contando; eso ya lo sabes, la tuya es mejor o peor o más triste o qué sé yo. Vamos a dejarlo así, en secreto, haremos como que sabes y yo haré como si no supiera que no sabes.

[3] Tomado de un poema de Wislawa Szymborska

[4] Un poema no se escribe, el poema te escribe, te define, dramatiza tu vulgaridad. (De una carta a Sagrario en 2005)

[5] Véase también la portada de 11:11, disco debut en solitario de Maria Taylor (una de la mitades -la otra es Orenda Fink- del dúo de folk Azure Ray).  

[6] Ana María Matute considera que escribir es “siempre una forma de protesta”, no necesariamente política o social, a veces “contra uno mismo”, y también una manera “de decir las cosas que todos sabemos y, si no sabemos, intuimos”

[7] “Una locura ciega y transitoria”. Así define el enamoramiento la antropóloga norteamericana Elen Fisher, de 59 años, una de las mayores especialistas en el estudio científico del amor. En su último libro, ‘Por qué amamos’ (Taurus), explica la trastienda de la química de la pasión, el éxtasis amoroso y la agonía del desamor.

[8] Aunque el autor se extiende en su historia, rica en apariencia, con detalles y explicaciones, con anotaciones históricas, citas y referencias, se ha comprobado que toda esa información es falsa. El jamás la beso, excepto en los usos por convencionalismos sociales. El tórrido pasaje del amor entre sábanas negras es ficticio. Por supuesto ella no abandonó a su esposo.

[9] Génesis 37:5.2 “Y J. soñó un sueño, y ella se lo contó a sus hermanos: y ellos la odiaron todavía más. 37:8.222 Y ellos la odiaron todavía más por sus sueños, y por sus palabras. 37:20.7519 Vengan ahora, y matémosla y arrojémosla a uno de los pozos; y diremos, ’La devoró una bestia:’ entonces vamos a ver qué queda de sus sueños. 40:8.4iiixvc5yktg/89.:3lbπ∞ Y ellos le respondieron: soñaste un sueño y no hay nadie que lo pueda interpretar.

[10] "Boully empuja al lector a ser receptivo, empático, entrar en una corriente de atención, como si fuera un detective analizando pistas".    



15.3.19

Subir al cielo


Cielo sin estrellas. En la bajamar apareció un cadáver en la playa y nadie era. Misterio de la muerte en la arena. Naves en la niebla con las velas llenas, brisas y sonrisas en el rostro de los marinos. Guerreros esparciendo el pánico por las riberas de pescadores. Pastores en las alturas cubiertos con telas de vivos colores para espantar a los demonios de las cavernas del sur. El viento esparciendo humos de hogares de viudas. Niños bajo las sábanas. Cuentos de lo de ahí fuera. Juegos detenidos en un tiempo de fuego y miedo. Ánforas rotas en la fuente. Malos tiempos. Casas en ruinas. Banderas en las cimas. Los ciegos caminando en hilera. Un cuervo en la rama de un álamo. Caminos sin caravanas. El puerto saqueado una y otra vez. Plaga de dolor. Sangre sobre el altar de mármol. Lictores ausentes. Crece la hierba entre las piedras. Las vacas sagradas pastan ajenas a desarrollos y secretos, al tiempo que vendrá, a la utopía. Los sacerdotes invocan a los ángeles con alas doradas – no saben que hay que subir al cielo con las manos-.

14.3.19

Parker y la muerte




Parker entrará al ejército en una semana.
Aunque llueve, hoy ha salido con su padre y un amigo a una travesía por los montes cercanos, una despedida simbólica, de montañeros. En el coche hablan de trabajo, sobre todo de trabajo, del que no hay. Él no se atreve a hablar de su miedo.

Al llegar a un pequeño pueblo les detiene una larga fila de vehículos parados.

-¿Qué ha ocurrido? –preguntan.

-Parece que hay un accidente en la curva –contesta una dulce muchacha.

Parker se impacienta y camina carretera adelante, para enterarse.

Un camión rojo que transportaba vacas ha chocado contra un árbol, humea el motor bajo el capó retorcido. Alrededor, a una prudente distancia, muchos curiosos, serios. El conductor está empotrado contra el volante, su cabeza en una extraña postura, muerto. Algunas vacas se han escapado y vagan por los prados húmedos, mareadas,  otras siguen en el camión, sucias, acostadas. Al de un rato llegan dos policías en motocicletas, se hacen cargo del suceso, organizan el tráfico y los automóviles pueden seguir avanzando.

Más tarde, mientras sube al monte por un camino embarrado, Parker piensa en cómo es su vida ahora e imagina cómo será en unos pocos días. Aprieta el paso, jadea, llega el primero a la cumbre y mira el valle, come unas nueces, bebe agua de una pequeña cantimplora, le vuelve la imagen del camionero muerto, siente el miedo en la nuca, le asalta un sollozo seco, se quita las lágrimas con los dedos, nervioso, no quiere que su padre sepa, espera.

-Vamos, lentos, que llevo aquí una hora –grita a los que suben, sonríe, finge.


  
-Eso es todo? – pregunta el hombre que juega con sus gafas.

-Sí, es lo que he recordado hoy –contesta Parker.

-No cabe duda que ese muerto, le impresionó –dice el hombre.

-Sí –dice Parker  nunca había visto un hombre muerto.

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