Glup 2.0

15.11.18

Parker sabe



Parker sabe que amar y llorar son verbos que se complementan pero él está aún en un estado previo, antes de los centinelas de la cordura, antes del soborno de lo correcto, en las puertas del engaño a los espejos y los nombres, con la realidad adormecida, con ángeles desmemoriados que no saben volar, con un conjuro bajo la lengua, niebla desgajada entre las flores heridas del porvenir, morada deshabitada, una cama al fondo. Va hacia la escalera.

14.11.18

Parker y el temblor




 Se encontraron en una esquina de su vida hecha de trozos de rutina, allí donde nunca antes habían transitado. A ella le sorprendió la bufanda roja que Parker llevada alrededor del cuello. Él aún no sabía que detrás de aquel rostro cansado estaba la mujer más bella del mundo. La noche se llenó de ranuras, se entretuvieron en acumular monedas de soledad antigua, el resto estaba ya escrito. Abrieron los ojos a la imparable invasión y dejaron las armas celosas en el hilván de un vestido de insomnio, entraron sin miedo en sus propios túneles hasta llegar a las fronteras de la intemperie, temblaron e intentaron el goce.

13.11.18

Balderrama

La poesía es eso que te atrapa algo, el hígado, un pulmón, el bazo, no sé, algo ahí dentro y te lo retuerce de belleza, de dolor, de estupor o de lo indefinible. Sobre todo cuando la edad no te deja saber, hay un momento en el que te puede ocurrir, es un fogonazo, una revelación, si no lo has sentido entonces estás perdido, serás siempre como  no debías ser. Digo pronto, antes que   el cinismo,  los rencores, el miedo no te dejen ver más allá de los agravios de la vida.

Cuento esto porque sí, pasé muchas noches en bochinches, en bares tristes y alegres, en clubs medio oscuros o mal iluminados donde sonaban músicas y corría la ginebra y otras sustancias que cambiaban lo gris por destellos de algo parecido a la alegría. Después las mañanas eran duras, no terminaban nunca, el trabajo se alargaba pero a la noche, vuelta, a lo oscuro.  En aquellos tiempos escuché esta canción   que no puedo dejar de recordar sin una nostalgia que me muerde la nuca y más abajo. ¿Dónde iremos a parar si se acaba Balderrama? Nos fuimos al carajo. La poesía te salta a la cara cuando menos te lo esperas.

12.11.18

Jackson



Cuéntalo.

Jackson era algo así como un gánster.

Sí, que emocionante.

Anda, calla que me distraes.

Vale.

Digo que Jackson era algo así como un gánster. Su radio de acción era Tribeca, que presuntamente es una zona de no demasiado movimiento para actividades delictivas. Rondaba los cincuenta, más hacia arriba que hacia abajo.  Tenía esa apariencia decadente de los que fueron guapos. Le gustaban dos cosas, el dinero y las mujeres, por ese orden.

Camille era algo así como una mujer que quería vivir, a ser posible, bien. Limpiaba unas oficinas en el edifico Chrysler, de madrugada rondaba los bares de Mercer Street y Broome Street. Era bella hasta dolerte la lengua al decirlo, bella, ¿ves?, duele.

Para abreviar, Jackson y Camille se conocieron una noche en Scores y ambos se quedaron prendados, cada uno tenía lo que quería el otro, es decir sexo y dinero, respectivamente. Camille consiguió dinero pero Jackson no consiguió sexo. Por alguna razón fisiológica (o así) que tampoco me pondré  ahora a investigar, Jackson no conseguía, en efecto, no conseguía. Era la primera vez que le ocurría una cosa así y a este dramático problema se le añadía qué, nadie supo cómo fue, se enamoro de Camille.

Un momento, dijiste que Jackson tenía unos cincuenta. ¿Qué edad tenía Camille?

La verdad es que él tenía más de sesenta y ella apenas llegaba los treinta. La cuestión es que pasadas unas semanas Camille empezó a mostrar signos de aburrimiento, ya no se reía cuando Jackson le contaba por décima vez como le partió las piernas a John Smith, ni cuando fanfarroneaba con las mujeres con las que había tenido relación. Seria postal, decía ella, riendo de su salero.

Sigue, sigue.

Una noche, al cuarto gin tónic de Hendrick´s, Jackson observó como Camille miraba con insistencia a un joven guapo y gracioso junto a la barra del bar. ¿Quieres acostarte con ese tío?, pregunto. Uhmm, por supuesto, respondió Camille. El resto fue un rápido acuerdo, cincuenta dólares pero él miraba, los tres estuvieron de acuerdo.

Camille disfrutaba, mucho. El muchacho ponía de su parte. Jackson pagaba, no disfrutaba y pensaba que no había sido una buena idea. Este curioso menage a trois duro exactamente el tiempo que tardo Camille en quedar prendada de las habilidades del mozo en discordia. Dejo de atender a Jackson, no respondía a sus llamadas telefónicas y AT&T se enriqueció aun más con el uso y abuso del celular del mal chico y buen gánster que era Jackson.

¿Cómo termino la historia?

Pues como terminan los cuentos de hadas. Jackson encargo a unos colegas que dieran un escarmiento al chaval. Le propinaron tal paliza que de resultas de la cual le ha quedado una cojera permanente y no contentos  con esto, con unos alicates  le cortaron un dedo de cada mano, unos bestias los tíos.

¿Y Camille?

Sigue limpiando las oficinas del Chrysler, con una oreja menos, Jackson se la cortó personalmente.

Vaya historia aburrida y absurda.

Lo que tú quieras, me la contó Jackson anoche, en el bar de la foto de abajo.


11.11.18

Claro, el lunes donde siempre.





Medir el amor es una tarea compleja, tanto como intentar definirlo. Esto nuestro  ¿fue amor? Cuando atraviesas al otro lado del puente ya nada tiene sentido, al menos no aquel sentido, la ría baja lenta, algo ha muerto, algo flota en el agua, se desliza en la corriente, bajamar, se ve el fondo, en las piedras del puente hay un marca, hasta aquí llegó el agua en 199X.

Es absurdo, entre tú y yo todo ha pasado tan rápido.

Claro, el lunes donde siempre.

10.11.18

El lunes, donde siempre.



El lunes, donde siempre.

Donde siempre es un lugar exacto, definido. Donde siempre, es decir donde nunca, ese lugar donde las ilusiones jamás se han cumplido, el lugar donde nada ha ocurrido excepto que ha pasado el tiempo, el cambio de las agujas, el ladrido lejano de perros, la soledad, un sueño obsesivo cada noche, ni siquiera ausencia, ni siquiera añoranza, no se puede añorar lo que no se ha conocido y sin embargo… Todo esto son solo palabras.

Donde siempre, perfecto.

9.11.18

La lenta agonía de los libreros ahogados al subir la marea de escritores.




Era un negocio que funcionaba como funcionaba, pero llegó el comandante y mando a parar. Era un mundo de escritores dioses que sabían, sentían y escribían, incluso alguna vez cobraban por ello, pero llegó el mundo internet y resultó que todo el mundo escribe, mucho y sin rubor quiere que le lean, que le sientan, que le entiendan, incluso algunos lo hacen bien y no cobran y sin darse cuenta, o sí, han puesto patas arriba el vicio de la escritura/lectura/comunicación.  
Desorientación editorial, suicidio, ineptitud, ceguera, que no puede ser, no se puede (intentar) cobrar lo mismo por un libro clásico, en papel, con pastas duras que por el mismo título en iBook, con cuatro títulos bailando, además, sin riesgo ninguno de los despistados editores lemmings, prepotentes en sus códigos Da Vinci, pan para hoy y hambre para mañana, mi biblioteca en un pendrive, en un iPad, váyase usted al guano, señor de los libros caros.  

Q´esto evoluciona, escribir es un arte, o era, ingenuidad de los últimos lectores románticos, q´entras a una librería y, horror,  hay montones y montones de libros apilados, lo que se vende, el best seller de turno, la literatura como negocio, no, así no.

Lo visual, lo instantáneo, lo breve, arrolla al texto, sin piedad, la imagen se come a la palabra, lo inmediato, lo fácil, tic y sube el trabajo de horas, de días, de años, impunidad, injusticia tecnológica, una década para escribir tu vida, dejándote el alma  y en un tic tac se va por el desagüe USB, copiar y pegar, piratas del espacio intergaláctico, la palabra se muere, a ver quién roba más, ladrones en la quinta dimensión.

La cuestión es, siempre, vender.


8.11.18

Residente




Voy de visita a una residencia de ancianos.

Un señor sentado en un banco, apartado, me mira con ojos acuosos, se levanta, me abraza, me besa en el rostro.
¿Qué le pasa?,  pregunto.

Estoy triste, me dice. 
Tranquilo, hombre.
Le acaricio la espalda.

¿Qué edad tiene?, digo, conmovido.
Ochenta años, o noventa, no recuerdo, se me ha ido la cabeza, dice.
Llora, se apoya en mi pecho.

Salgo de la residencia arrastrando el corazón con una cuerda.



7.11.18

Vuelo transoceánico


Te lo juro, escribir con Pages a 55.000 pies de altura (pie arriba, pie abajo) es complicado, sobre todo si la mitad del  avión está ocupado por familias de jóvenes judíos ortodoxos con muchos niños pequeños llorando a la vez, desconsolados. Casi la otra mitad de los pasajeros son parejas de recién casados, hay algún viajero solitario, una dama con un impecable traje chaqueta, gris, y un  caballero que en 1967 era un atractivo galán. No sé cómo se acentúa en esta pantalla que brilla y atrae, es igual, tampoco sé escribir. Pero lo intento, intento aprender, me he comprado un diccionario, ya se utilizar palabras como "vicisitud" o "enigma" (este es un guiño a Gay Talese) y en breve    escribiré de corrido "circunstancia" o "genuflexión". Estoy lanzado.

Sobre Halifax ya no sentía el culo, llevábamos más de seis horas volando, las azafatas nos habían repartido comida, merienda y desdén, esto último en grandes cantidades. Aún faltaba hora y media para llegar, estaba aburrido, somnoliento y le vi, juro que le vi, era Superman, seguro, paso volando a pocos metros del avión. Los judíos seguían a lo suyo, con su kosher, su ir y venir por los pasillos, a su bola, indiferentes al resto de los viajeros. No les dije nada, que se jodan.

6.11.18

Réquiem por las mesas perdidas


Un reguero de cierres deja huérfana la hostelería clásica


Los hermanos Lasa, hijos del fundador del Machinventa (1956-2013), `posan ante el cuadro con el caserío en el que nació su padre  

Un reguero de cierres está dejando huérfana de referentes la hostelería clásica. El Guría, símbolo de una época, ha sido el último en bajar la persiana. 
Guillermo Elejabeitia/Ana Vega P. De Arlucea 
Martes, 6 de noviembre de 2018 
La noticia, revelada por este periódico hace tan solo unas semanas, recorrió charlas de café y acalorados debates regados con cañas. «¡Cierra el Guria!» Al decirlo se atropellaban en la memoria los recuerdos de banquetes familiares, cenas íntimas o comidas de negocios en torno a la mesa del añorado Genaro Pildain. La villa decía adiós a un símbolo que puso la cocina de-Bilbao-de-toda-la-vida en el mapa gastronómico internacional. El Guria fue durante décadas la referencia indiscutible y brilló como nunca entre 1978 y 1989 gracias a una estrella Michelin, pero su popularidad se había ido apagando inexorablemente, a pesar de los denodados esfuerzos de la familia por adaptarse a los tiempos.

La Escombrera o el Palace de las Siete Calles fueron algunos de los apodos con los que se conoció a este figón familiar antes de que el gran Genaro, recién regresado de Venezuela, llevara el nombre del Guria a la guía Michelin (1978-1989) y el apellido pildain al Olimpo del bacalao
Las circunstancias particulares que han llevado a los sucesores de Pildain a bajar la persiana son hasta cierto punto irrelevantes. El suyo no es ni mucho menos un caso excepcional, sino quizá el más representativo de un reguero de cierres que está dejando huérfana de referentes a la hostelería clásica de nuestro entorno. Los bilbaínos Gorrotxa, El Perro Chico, Machinventa, La Casa Vasca, Rogelio, Kepa Landa, el Bola Viga o el Café La Granja, y Casa Felipe, Albéniz o Dos Hermanas en la capital alavesa, por citar solo algunos, han cerrado sus puertas en el último lustro. Un puñado más dirá adiós en los próximos meses por falta de relevo generacional, ya lo verán.

El Felipe de los Luzuriaga (Vitoria, 1958-2014) fue durante más de medio siglo el referente de la cocina tradicional alavesa
El diagnóstico se repite con pocas variantes en la mayoría de los casos. Comedores y plantillas sobredimensionados y una carta cocinada con buen producto, cuyo precio no lo resiste el bolsillo menguante de la clientela. El resultado es que muchas mesas que fueron boyantes han tenido que cerrar porque no podían permitirse el lujo de vivir de la nostalgia. Con ellos no mueren solo negocios y puestos de trabajo, también una forma de entender el oficio.

Currito (Santurtzi, 1985-2016) paseó la cocina de asador por todo el mundo y gracias a las sardinas a la brasa construyó un emporio desde su primera y humilde txosna.
Los hermanos Carmelo, Ion e Iñaki Lasa todavía recuerdan el guardarropa del Machinventa lleno hasta la bandera de sombreros de ala ancha y abrigos de piel. El restaurante de postín que fundó su padre, Dioni Lasa, para alimentar los banquetes de la alta burguesía bilbaína, fue uno de los ejemplos más depurados de una forma de socializar que ha caído en desuso. La casa tenía botones, guardarropa y aparcacoches, amén de una brigada de camareras hoy insostenible. «Se comían menús de seis platos en raciones generosas y las sobremesas eran interminables, tanto si se trataba de una celebración como de una comida de negocios», recuerdan. La conflictividad social, primero, y la crisis económica después, hicieron que «poco a poco los abrigos de visón dejaran de verse».

Segundo Pelayo (en la foto, con su hermana María Asunción) supieron convertir el Rogelio (Bilbao, 1955-2016) una humilde tasca en un comedor de talla mundial.
La Casa Vasca fue otro de esos grandes núcleos de la vida social bilbaína. Algo más popular, durante cuarenta años pasó por allí medio Bizkaia para asistir a bodas, bautizos, comuniones... y no pocas despedidas de soltero. Su gran baza eran sus 1.800 metros cuadrados de salones, donde podían sentarse a la vez hasta un millar comensales, pero semejantes dimensiones hace mucho que dejaron de ser rentables. «En los mejores tiempos dábamos 250 banquetes al año, ¿hoy quién da 25?», se pregunta Tomás Sánchez, que fue su cara visible durante toda su historia.

Emilio Sarabia y Milagros Andrés se enamoraron trabajando detrás de una barra y detrás de la del Grosly (Bilbao, 1973-2018) acabaron enamorando a una ciudad entera
En aquel entonces las visitas ilustres eran agasajadas en grandes casas de comida tradicional. Por la taberna Rogelio han pasado desde Santiago Bernabeu y Vicente Calderón hasta Oliver Stone o Frank Gehry. El arquitecto también entabló una entrañable amistad con Santiago Díez, dueño de El Perro Chico, refugio de la farándula en sus escalas en Bilbao. Y en el libro de visitas de Casa Felipe, en Vitoria, aparecen las rúbricas de gente tan variopinta como Adolfo Suárez, Marcel Marceaux, Santiago Segura o Concha Velasco. Ninguno de esos establecimientos sigue hoy abierto. «Ahora a los invitados famosos se les lleva a restaurantes con estrella Michelin, pero antes se ponían las botas de angulas y bacalao al pilpil», recuerda Segundo Pelayo, alma del Rogelio. Aquel templo de la cocina popular cerró hace dos años incapaz de capear noches en blanco y el implacable retroceso de las comidas de empresa que habían sido su fuerte.

Fundado en 1887 por las hermanas Alfonsa y Flora Esquibel, Dos Hermanas (Vitoria, 1887-2013) recorrió a lo largo de su dilatada trayectoria diversos lugares del centro de la capital alavesa
«Estamos perdiendo no sólo grandes restaurantes, sino una parte importante de nuestra memoria gustativa», lamenta María del Mar Churruca, presidenta de la Academia Vasca de Gastronomía. A su juicio hay una serie de recetas de origen popular que han sido arrinconadas en las cartas de los restaurantes por un afán –algo provinciano todo hay que decirlo– de seguir las tendencias globales. «Mantener nuestra identidad gastronómica es lo que nos hace competitivos, ¿o crees que los turistas van a venir al País Vasco a comer ceviche o cocina nórdica?», se pregunta.

Un supermercado y una tienda de artículos chinos ocupan ahora los 1.800 metros cuadrados de la Casa Vasca (Bilbao, 1970-2014)
Pero ese recetario de siempre, cocinado con producto local escogido, no puede competir en precio con los precocinados que sirven en muchos restaurantes de espectacular decoración pero escasa enjundia culinaria. Lamentablemente nuestro paladar cada vez está peor educado. «Conocemos un montón de cocineros, ingredientes y referencias exóticas, pero es un conocimiento superficial», advierte el periodista gastronómico Luis Cepeda, que comenzó a escribir sus crónicas en 1970 y fue testigo de los años dorados de la cocina vasca. «El público entonces era más exigente, quizá no conocía más que la cocina tradicional pero dentro de ella gozaba de una cultura impresionante, distinguiendo matices entre una y otra versión de una misma receta».

Acorde a las óperas que tanto amaba, Santiago Díez murió –quizás de pena— sólo seis meses después de que cerrara El Perro Chico (Bilbao, 1986-2014)
Paradójicamente, vivimos un clima de euforia en torno a la gastronomía, pero el foco en los restaurantes ha dejado de estar sobre el cliente para iluminar principalmente al chef, que es ahora quien decide lo que se va a comer y marca los tiempos, reduciendo al comensal a un papel de mero espectador.
Mitomanía y relevo
Antes pocos sabían como se llamaba el cocinero, aunque éste tuviera un nombre tan despampanante como Demetrio Platón, marmitón del Rogelio. Esa mitomanía ha sido asumida con naturalidad por el público y «los que podían permitirse comer habitualmente en restaurantes de categoría media-alta ahora buscan más la notoriedad del cocinero o la rabiosa novedad de un local que el buen nombre de un comedor de toda la vida», lanza el crítico gastronómico Luis Cepeda. En esta sangría también hay algo de inevitable relevo generacional. La mayoría de negocios no sobrevive a sus fundadores, algunos consiguen esquivar el cierre renovándose en la segunda generación y sólo unos pocos alcanzan la categoría de saga. El problema es que las nuevas aperturas responden más al interés empresarial de grupos que saturan el mercado con garitos impersonales que al afán emprendedor de buenos anfitriones. ¿Será que la hostelería está dejando de ser un negocio familiar? De ser así estamos perdiendo mucho más que un puñado de bonitos restaurantes.
https://www.elcorreo.com/jantour/requiem-mesas-perdidas-20181106124047-nt.html

Sin miramientos.


No tuvieron miramientos. Intentamos escapar por la puerta de la cocina, la que daba al patio, pero habían acordonado la casa. A empujones nos juntaron en el comedor. La niña lloraba, su madre intentaba calmarla. Nosotros disimulábamos nuestro miedo. No sabíamos quién podía habernos delatado.

Ordenaron que nos tumbáramos con las manos en la cabeza. No nos ataron. Tampoco hacía falta, siempre nos vigilaban dos o tres hombres armados.

Al llegar la noche escuchamos explosiones cercanas, gritos, movimiento de vehículos en el puente, luego silencio. Algunos se durmieron, yo no podía, repasaba una y otra vez las consignas que nos habían dado, dónde podíamos haber fallado. No hacía frío y al fin me venció el cansancio.

Me despertó John. Se habían ido, ni rastro de ellos. No hicimos preguntas. Organizamos el repliegue y en grupos de tres nos internamos en el bosque. Nadie hablaba. Todos sabíamos que alguno de nosotros había confesado. Quizás íbamos hacia una trampa. No teníamos otra opción, seguimos.

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