Glup 2.0

26.5.19

Cartas de amantes




Carta del amante que se desayuna después de cenar.

Amada mía, hoy, después de cenar me entero, el paso del tiempo solo ha castigado mi cuerpo, nunca el amor, nunca la lluvia de jazmines, la sombra líquida de aquellas mañanas de los miércoles, las agujas de los manómetros oscilando sobre el recipiente de mi deseo, era sencillo calcular la presión en un aire de rubí,  Pm=P-Patm + Pm9h + pgd, fórmulas disueltas sobre una piel tensa, cazadores furtivos del orgasmo tardío, el mundo a nuestros pies desde el observatorio del nosotros, tú eras vegetal y yo dormía bajo las hojas de álamo, la cabeza apoyada entre tus manos de luz, después viajaban por la sien, por músculos recónditos, el tríceps de nadador de espalda, viajero de piscinas como un Burt Láncaster callado, buscando una explicación a este amor/dolor, educación que necesitaba deslindar el sentimiento del sexo, sin saber, sin entender más, definir qué es qué, absurdo, ungido del afán de poseerte sin tiempo, desmedido goce, instantes ciegos, olvidado todo lo aprendido, inventar cada momento, chuparte, sorberte, hocicarte, un hombre animal que gemía con tus gemidos, que escuchaba el vibrar de tus nervios, el temblor de tus muslos, ven, la lentitud de una caricia, de dos, de tantas, como luchadores sudando en el abrazo, inmovilizándonos, no abras los ojos, que perdíamos el conocimiento, ajenos a los ruidos de la fricción, sigue, mi bien, queríamos llegar más lejos, detrás de lo conocido, arriesgándonos a no saber regresar, a quedarnos allí, al otro lado, justo dónde me quedé, tierra de nadie, territorio hostil sin pensamientos, con lágrimas, la vida detenida, el desierto de las emociones, solo la obsesión de entrar en tu cuerpo/prisión, no en otra, no, solo en ti, carcelera enjuta con tu cuerpo de niña, tu mente que supiste llenar de candados, te rogaba, sin dignidad, gimiendo, ahora sí, como un demente, sin voluntad, déjame entrar, un solo no, de rodillas, con la frente en el suelo, ámame, no sabías, nuestro tiempo, si lo hubo, había pasado, solo me quedaba volver a paso lento, ¿dónde?, deshabitado, ruin, enfermo, perdido el sentido de tanto, de todo, vacío, estéril, con la garra del nunca rompiéndome el alma, ¿si solo fuera sexo?, nos preguntábamos y la noche nos defendía en hoteles de París, en Barcelona, en lugares ocultos donde nadie nos viera, tu marido, mi hijo, aquellos que sospechaban del brillo que antes nunca tuve en la mirada, los que no entendían mis excusas, los retrasos, ¿qué le ocurre?, nunca fue así, qué sabían, nunca había sentido, vivido, llegado a mi límite, tan lejos, nade hasta mi horizonte y no supe volver, llorando en las esquinas como un personaje de novela, pero era cierto, dolía, era imposible vivir, quién lo diría, el que se comía el mundo a pedacitos, el que iba y venía con la risa como escudo, una palabra, un consejo, una amenaza, no me miren que sé, tanto he vivido, estúpido, un niño asustado, un juguete, se rompió el armazón del ser, de lo que había sido, se desplomó con andamios y obreros imaginarios pateando en una caída interminable, a cámara lenta, como flores de grandes pétalos rojos abriéndose en el aire, quebrándose en el suelo como cristal, copas desparramando el alcohol que me acompañaba, las horas amarilleando, el doloroso viento que se llevaba la sed, los recuerdos, los libros que me regalaste, la foto con tus curvas, la caja en la puerta, tus regalos, ahí, errado o no, empecé a recuperarme, el duelo dicen, fatigado, dolorido, no sabía inventar más excusas para no ser, para estar muerto, sin hablar, pasear aún cada tanto frente a tu portal, corría a las mañanas, me apostaba en la esquina de la barra del café, nunca llegabas, cambiaste itinerarios, costumbres, un día viniste del brazo del que odiabas, no puedo soportarlo, tu maridotantas veces lo dijiste, te creía, mentías, me usabas, mi hambre, la habilidad de pintarte el alma, las risas, la palma de las manos en tu espalda, basta, hoy me desayuno con una confidencia inesperada, un secreto, ay, de haberlo sabido, era eso, por eso todo, tanto, mi vida, el equilibrio, la caída, eso lo explica todo, tanto dolor, el mío, te es igual, lo sé, pero estoy llegando, me quedan tres etapas, cinco días y llego, tanto esfuerzo, tanto daño para nada.

Pobrecita mía, eso era.

25.5.19

Alborada


Aubede ( Alborada). 

 (Trabajo todo el día, y por la noche estoy medio borracho
Me despierto a las cuatro, y en la oscuridad, miro
En un momento habrá luz en torno a las cortinas
Hasta entonces veo lo que siempre está ahí:
La incansable muerte, cada día más cercana,
Que impide pensar en nada que no sea en cómo
donde y cuando moriré.
Áridas interrogaciones: y sin embargo
El miedo de morir, y estar muerto
me deslumbra de nuevo y horroriza
La mente en blanco ante el resplandor. No de remordimiento
-el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo
perdido- o desconsuelo porque
esta única vida pueda tardar tanto
en liberarse-o no- de un mal comienzo;
sino por el vacío total, eterno,
la extinción segura hacia la cual viajamos
Y nos perderemos. No estar aquí,
No estar en ningún lado,
y pronto; no hay nada más terrible, ni nada más cierto.
Es un modo especial de tener miedo
Que ningún truco disipa. La religión solía intentarlo
Ese vasto brocado musical apolillado
creado para fingir que nunca moriremos.
Engaños del tipo “ningún ser racional
Puede temer algo que nunca sentirá”, no viendo
que eso es lo que tememos: no ver, no oír,
no tocar o gustar u oler, no tener nada
con lo que pensar, o amar, o relacionarse,
una anestesia de la que nadie vuelve.
Y así, en los márgenes de nuestra visión,
Existe un punto borroso, un escalofrío permanente
Que convierte cada impulso en titubeo.
La mayoría de las cosas no suceden. Esta sí,
y darnos cuenta de ella nos irrita
Con un miedo que abrasa cuando nos pilla
solos o sin bebida. El coraje no sirve
significa no asustar a otros, el valor
no libra a nadie de la tumba.
Se muere igual gimiendo o resistiendo
Crece la luz, el cuarto toma forma
tan lisa y llanamente como un armario que conocemos,
Lo hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar
Y sin embargo no lo podemos aceptar. Por un lado tenemos que marchar
Y mientras tanto, los teléfonos se agazapan, listos para sonar
en despachos cerrados, y el impasible,
Intrincado, desgarrado mundo, comienza a despertarse.
El trabajo espera.
Los carteros, como los médicos, van de casa en casa)



Philip Larkin. 1977

24.5.19

József Fülöp 5



Llegan los pájaros amarillos de Klee, las palabras se esconden en su nido, callan y así queda truncado lo de hoy, lo que tampoco he sabido decir empeñado en lo que no es, otra cerradura, otro día, mañana encontraré la llave.  

23.5.19

József Fülöp 4



Mis manos siguen la línea de su cuello, músculos tensos, los gemidos después, fue ayer y aún estoy dormido pero huelo mis dedos y ocurrió.  

22.5.19

József Fülöp 3




Tristeza, añoranza de las branquias que nos permitieron respirar entre las cálidas aguas del mar que ocultó la ciudad derruida, aun hoy quisiéramos  sumergimos para buscar sus tesoros, quién sabe si aun están ahí.  

21.5.19

József Fülöp 2



La violencia hace guiños detrás de una cortina roja que separa el mundo de luz de las tinieblas que confunden los caminos que conducen hasta quién sabe dónde, tanteo en los cruces con miedo por los gritos de los confundidos, me uno con mi miedo.  

20.5.19

József Fülöp 1



Las palabras en abanico se asoman a la raíz de lo íntimo, intentan el poema pero no, se atoran, se prenden en las redes del tedio y caen en círculos hasta aplastarse en la piedra de esta nadería cotidiana.  

19.5.19

!,2,3 rayuela.



Desde hace ya era y soy un ferviente lector de un Julio Cortázar que escribía cosas así “Aunque todos los gatos sean teléfonos, todos los hombres siguen siendo unos pobres hombres”. Hoy todavía me como Rayuela para desayunar, comer y cenar y me queda espacio para la merienda. Respetaré a quién no le guste y malheriré a quién diga que ¿Qué?



18.5.19

No solo los de FB

John Bulmer. A woman walking down a wet, cobbled street. England. 1963



No solo los de FB, listos, que nos tienen aquí por la cara, cualquiera, tú, yo, ese de gris, nos ven, vemos,  enteros, en cuanto decimos A, un gato, socorro, ven, zlugs, algo, no importa qué, hasta los silencios están contabilizados, una radiografía, una excelsa hoja de Excel con conexiones a los que venden, a los que compran, pura mercancía, tú, yo, esa de azul, es el mercado, amigo, eso que aquí llaman amigo, ni se compra ni se vende el cariño verdadero, por lo que decimos saben lo que ignoramos, lo que necesitamos, a quién votamos, si lo hacemos, votar, comer, leer, tú y yo, esos de colores, nada, menos que 0, un pack en una casilla, lo peor es que insistimos, era, hacía, ayer compré, mañana voy a, he comido en, rubias, me gustan rubias, el sabroso sonido del alma, los miedos, la prevención, frontera, una raya amarilla que separe, no sabe usted con quién está hablando, un espía, un cocinero, un carapijo, un habitante de otro mundo, un soberbio, un seminarista, pocos artistas, venga usted mañana que le sacaremos la sangre, las ideas no importan, la cifra, si entra en la casilla de la izquierda, si está descatalogado, una bomba, en la base de, el fuego, simbólico claro, no vaya a ser que reporten esto y me detengan, ¡eh, usted, deténgase! Y me detengo.

17.5.19

La invasión de las liebres. Superstición.


József Fülöp


Sabíamos que llegarían las liebres.

Estábamos esperando en las estaciones de tren, en los estadios de fútbol, en los instantes anteriores al acto amoroso, en el despegue de aviones ebrios por el viento sur, apostados entre los rododendros de la autopista a Jerez.

Acumulábamos rencor contra la vida, contra los gobiernos que cambiaban mes sí, mes no, contra la resurrección de la carne, contra los tertulianos de Radio Nacional, contra nosotros mismos.

No llegaban y los guerrilleros de cascos empenachados, los barbilampiños soldados de leva, los austriacos huidos de la última revuelta, los alevines de cazadores temblaban nerviosos, sus músculos tensos, las armas a punto. Quizás Dino Buzzati les había influido en demasía.

Decidimos en solemne asamblea plantar dos cruces, un Cristo sufriente en la colina y un San Pedro cabeza abajo en el comienzo del camino. Para ello organizamos una procesión con chirimías y trompetas, tamboriles, gaitas y silbos. Invitamos al señor obispo y a varios sacristanes. Oramos con las manos entrelazadas.

Estábamos tan entretenidos que la invasión nos pilló por sorpresa. Llegaron las liebres en tropel, sus orejas enhiestas, los blancos  dientes afilados, los ojos rojos de ira, las uñas desgarrando nuestro miedo al contagio y a lo nuevo. Se apoderaron de nuestras plazas y casas, de los jardines, nos expulsaron.

Han pasado cuatro días y aún seguimos esperando su resolución, tras la valla, desterrados, los niños lloran quedo, los mayores no nos explicamos cómo pudo ocurrir, un anciano ha muerto de pena, el alcalde sigue negociando.

En un pequeño transistor que escondí entre las ropas informan que las liebres se han ido, que la ciudad está desierta, que podemos regresar.

Volveremos sí, pero derrotados.



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