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24/4/14

Parker y la arquitectura.



Es curioso esto de la arquitectura del aire, Parker hace cálculos y cree que levanta puentes. Por alguna causa, cimientos, vientos, malos cuentos o algún segmento mal acotado, el paisaje se llena de tapias Parker con resorte y  no hay quién vea las otras huertas, ni el horizonte, ni a la vecina tomando el sol desnuda, ni nada de nada.

Está también lo de las zarzas.   

Parker se vuelve a contar los dedos,  da vuelta a los malignos planos y lo de arriba está ahora al oeste, ha pintado de amarillo la viga maestra y hay pájaros en los balcones, en el del norte y en los dos del sur. Es el momento exacto para cambiar de profesión y volver al principio. Lástima que apenas recuerde donde empezaba la historia, solo de vez en cuando intuye quién fue.

Por supuesto el pasado ya no sirve porque está lo del zumbido.
Y eso sí que no, así no hay quién escriba con coherencia.
Qué rabia.





23/4/14

M4



Te estoy mirando porque sé que me miras, imprudente.

En mis brazos se encienden flores, están vestidos mis dedos con pétalos de violencia y juegan con una flamante pistola. No sabía que la tenía, cargada, no lo sabía, en serio. No te acerques demasiado, puedo dispararte, como en un juego, solo que no lo es, lo siento. Mantente alejado, detrás de esa raya, no te rías, no hagas que me sienta ridículo, sí, es una advertencia. 

Ayúdame a amontonar a los heridos, ahí en esa esquina, organízalos, prepara el fuego. No es necesario que entiendas esto que te digo y después escribo, limítate a seguir el reguero de cadmio, el escarnio, las torpes caricias de palabras que no entiendes, el terciopelo en el borde mi herida, la luz del zaguán donde salía a respirar, el hotel frente al mercado de los artesanos, la agazapada bestia del ahogo, el abrazo del miedo, las espantosas criaturas sin ojos, lo invisible.

No te muevas, ahora no, aquí en lo oscuro estoy mordiendo estas frases para que entiendas, luego, cuando vuelvas al estúpido sueño donde nunca debiste entrar. Tengo los brazos tatuados de flores de sol, de sangre, tengo un arma en la garganta, tengo un rojo manto de odio sobre los hombros, tengo tantas ganas de romperme la puerta del alma y contártelo que como sienta que te mueves no sé qué seré capaz de hacer.

Quieto ahí, la primavera se deshoja en olvido, mutila la esperanza de un verano, llena de obscenidad los recuerdos que no fueron, me asaltan  los rencores y grito por las calles, no me mires.



21/4/14

Instante de intento constante.



(Azar) Instante de intento constante. Intentar contar aquí lo que ocurre. Pero. Definir qué ocurre. Intentar que ocurra a partir del propio intento. No sé si. Intentar la poesía más allá de la palabra. Inventar el poema desde el sentimiento de la no palabra. Del grito incluso. Es decir. Generar la historia que prenda la mirada con ganchos de interés. Lo irreal. Buscar la historia compartida a partir de aquello que conmueva. Lo real. El acontecimiento. Interés. Imposible la mirada desde el cotidiano despliegue de voces. Sólo. Hacer partícipe del suceso. Sin abstracciones. Buscar al protagonista en el coro. Dejar que transcurra la actuación bajo el foco que da relieve, que hace más grandes las letras en los carteles, que eleva el nivel de en la sangre de, que llena el anfiteatro de silbidos o de aplausos. Hay que ver. (Reto). Tú el poeta. Tú el que firma. Tú el que escribe. El que lee. El que dicta. Él. O sea tú. No artista invitado. No primera figura. No. No solo. Todo. Amo. Dueño. No. Empujar. Desplazar. Tomar el lugar de. Ser el que. El poeta acaricia la semilla entre los dedos, planta, abona el jardín, riega, sujeta los brotes con cordeles de seda, escarda, poda, reparte pétalos por la blanca pared, pinta tiestos, mira al cielo, regala ramos de hortensias a los ateos a la salida de la misa del domingo. Lloverá. El poeta vive en el húmedo destierro al otro lado del desierto. Ser tú el poeta. Suplantar. Matar al poeta. Hoy. El poema de hoy. (Carcajadas)




20/4/14

M3



Escarbo bajo el musgo para saber si aún están escondidos el anillo de plata y el relámpago, los ojos abiertos de la niña que fue y la mariposa en el pelo de Gretel.

Si es que sí habrá merecido la pena, si es que no, también.

Nado hacia el sur, me dejo llevar por la corriente, el vendedor de cocos me ve pasar y sonríe, seguro que  se pregunta quién será ese pálido extranjero solitario.

No quiero llegar, el camino es ir, el resto es un regreso, no quiero volver, voy.  

El italiano flaco saldrá de madrugada con fuel y panes, con una luz en la proa de la canoa, volverá con un fardo, con dos. Nadie sabe, todo el mundo lo sabe, nadie habla de ello.

La cocinera lee un libro en el que busca a Dios.

Al atardecer el matrimonio francés vestirá de punta en blanco a sus cuatro hijos y descalzos pisarán la espuma del Pacífico, recorrerán sus bordes justo hasta que el sol muera, volverán con risas, con las mejillas enrojecidas de libertad y tortugas escondiéndose de las gaviotas.

Amanece pasadas las seis, el sol se oculta pronto, el resto es  noche cerrada con pájaros ciegos, perros solitarios y una única luz al extremo del mundo, de ese mundo.

Estuve allí.

Y eso hace que me sienta muy feliz.

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19/4/14

M2




Para Gretel.

Vale, empecemos por el final, la tormenta, la gente corriendo apresurada a guarecerse, las calles encharcadas, los coches salpicando, el mediodía del domingo desbaratado.

Pero no sólo eso.

De pronto soy un director de cine, Welles por ejemplo, estoy subido en la grúa y observo la imagen que se va a filmar Los extras corren a la boca de metro. Dos operarios con mangueras simulan la lluvia fuerte, otro controla un gran ventilador. La pareja protagonista espera órdenes. Ella es una mujer joven, bella, tan bella que la cámara se queda extasiada y mima su figura. El es un hombre mayor, que aún antes de la acción mira arrobado a esa mujer y anticipa una cara de pesar por su partida.

Entonces grito acción y los extras suben y bajan por las escaleras, se chocan, alborotados por la lluvia y el viento que simulan los operarios. La mujer joven y el hombre mayor se abrazan, es una despedida, torpe, les empujan, no saben si besarse en las mejillas, rozan sus labios, se toman de las manos, se sueltan del abrazo, ella baja las escaleras sin miran atrás y él se da la vuelta con un gesto de dolor.

Corten, grito.

Pero la vida no es una película y ella sí eres una mujer bellísima. Conocerla ha sido... en México he recorrido ni sé cuántos kilómetros, he visto maravillas de la naturaleza, paisajes extraordinarios, museos, monumentos milenarios, pirámides, cascadas, ríos, el Pacífico, he dormido en el suelo, en una cabaña, en camas mullidas, he comido, bebido, disfrutado, he hablado con gentes diversas, he conocido a gente extraordinaria, he sentido la tierra hasta la médula, he visto las estrellas, he nadado en un estanque en la cima de un monte muy alto, he desafiado las olas y la resaca del océano, he hablado con gente culta y con gente que sabía lo que tenía que saber, he subido a taxis comunales, me he encontrado con personas con las que me escribo desde hace años, he hecho y disfrutado y sentido tantas y tantas cosas que seguir me desviaría de lo que intentó decir.

¿Qué intentó decir? Un día nos citamos. En principio era tomar un café con alguien a quién conocía solo por mensajes Pero, ay, vino ella. Cada día que estuve allí superaba al anterior. He vivido momentos extraordinarios, increíbles, emocionantes, sorprendentes, intensos. Cada día decía que lo que había visto era lo mejor. No es cierto, aún no la conocía.

Llego al Starbucks y espero. No sé bien quien vendrá. Hay personas que cambian su foto. Quizás entre una viejecita o un fornido señor vestido de marinero. Entra ella y pienso que no puede ser. Que hago yo ahí, me siento pequeñito. No puede ser que sea tan atractiva y  disimulo como que no y busco azúcar para el café y espero que digan su nombre y sí, sí es. A partir de ahí nos saludamos y ella calla y yo hablo y hablo sin parar, nervioso aunque no se note, alterado aunque sí se noté, feliz por que haya venido, absorto en mirarla y saberla real, sorprendido de que esté a mi lado, curioso por adivinarla en lo que dice, en lo que calla, mirándola embelesado, tratando de disimular mi entusiasmo, haciendo equilibrios entre mi realidad y la realidad y el poco tiempo que tengo de verla y no sé bien cómo seguir, que decir, como retener el tiempo para que no lleguen las dos y media y de pronto empieza a llover y es maravilloso como la vida nos da regalos como esté de poder estar a su lado y ver sus pestañas, la mariposa sujetando su pelo, sus ojos, su sonrisa, escucharla, sus gestos, como baja la mirada, como mira, su belleza y tanto hablar y hablar me dejo llevar y me olvido y llueve y tenemos que irnos y recuerdo y ella a mi lado y saber en ese mismo instante que luego, ahora, pensare que estoy loco pero que soy afortunado y tomarla del brazo con respeto y con cierta timidez y llueve y es tan bello haberla conocido, haberla escuchado, haberle dicho tantas cosas.

Sí. Cada día que estuve ahí superaba al anterior, lo he dicho. Ese fue mi mejor día en México.

Desde Gretel, mi viaje tiene más sentido. U otro.



18/4/14

En el punto ciego de la pureza.



Dije ayer que estoy en el margen, en el punto ciego de la pureza, que nunca he tenido facilidad para los idiomas ni para las lenguas muertas, que estudio la geometría de la osamenta, que sueño bajo las mariposas azules que abrevan en la mirada limpia, que aparto del espanto las sombras de los enamorados.

No estoy cansado, no, esta presunta poesía tiene la ventaja que no te mojas, no te manchas, sorteas la baba negra con laberintos y ciervos sobre el altar de lo inaprensible, utilizas el alfabeto de los náufragos.

Porque la vida era un bien escaso, frágil, el dolor estaba repartido en cuotas descompensadas. Alrededor había llanto, espinas y pensar no estaba mal visto, decir lo que pensabas, sí. Que, un suponer, dabas la mano a un hombre gris y al instante saltabas dentro de un círculo con velas y muérdago. Desde entonces ya nada era lo mismo y caminabas atento a tu sombra. Un día descubrimos que mirando hacia atrás no avanzábamos y leer entre líneas ya no estaba de moda, que se podía hablar…

¿Estoy seguro?

Y nos callamos, por si acaso, renunciamos a lo evidente, enjaulamos la risa y coqueteamos con el disimulo, cubrimos las sonrisas con el abanico, aprendimos la seña de treinta y uno, la de pares, el guiño cuando la partida nos era favorable y solo apostábamos por la victoria -que era la huida-, señalamos el norte desde la proa de un barco varado en la arena, burdo decorado, carcasa de papel, los músicos con laúdes y chirimías sobre carromatos de cartón, el camino al exilio de nuestra propia dignidad.

Alto, alto, alto, estoy en el margen, es viernes (santo) etcétera.



17/4/14

Margen.



Estoy en el margen, en el punto ciego de la pureza y aunque nunca he tenido facilidad para los idiomas ni para las lenguas muertas, estudio la geometría de la osamenta, sueño bajo las mariposas azules que abrevan en la mirada limpia, aparto del espanto las sombras de los enamorados.

No estoy cansado, no, esta presunta poesía tiene la ventaja que no te mojas, no te manchas, sorteas la baba negra con laberintos y ciervos sobre el altar de lo inaprensible, utilizas el alfabeto de los náufragos.

Por ejemplo.

Los de la camisa negra. Por suerte nunca han llamado a mi puerta. Digo suerte y digo silencio, el mío, tan culpable como las voces airadas del otro lado. Digo nunca y digo ahora, desmemoria de cuando la muerte paseaba cada día por nuestras alamedas, por nuestros templos, por la mirada cómplice de los que giraban la cabeza. Digo puerta y digo candados, aburrimiento de liturgias cerradas, de códigos incomprensibles, del capricho de verdugos sin azar.

Luego se cambiaron de camisa, del negro al verde, luego roja, después blanca, no sabías con quién hablabas, que les veías desde fuera y no les conocías, que disimulaban tanto que no había tiempo para asimilar el trueque de máscaras, de casullas, de ideas caprichosas, que hoy era blanco, mañana estaba transparente y nadie veía lo que venía, tormenta o sirimiri, llovizna, calabobos que también se dice y bobos o algo peor éramos, lo somos aún en las filas de una aparente indiferencia, ajenos, con la pintura lista para mimetizarnos en cuanto se oculta el sol, cuando sale la luna, ay, la luna.

Alto, alto, alto, respira.



16/4/14

Viaje de ida, viaje de vuelta.

Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre.

(Valente)




Viaje de ida con cifras a la espalda, sangre, sudor y lágrimas por carreteras que corren por pueblos diminutos, montañas envueltas en membrillo de nubes, escarcha de nombres, azucenas amansándose en la garganta, los recuerdos que afloran, tímidos primero (el chalet ahora abandonado, que nos metíamos en la cama el viernes por la noche y no nos levantábamos ni para comer; las persianas de las ventanas que daban al camino, cerradas; el culo empinado de E. cuando se asomaba para ver los peces rojos tiritando en el cauce transparente del arroyo bajo la cocina; nuestros cuerpos dándose calor; juegos desnudos; mi niña E. que dio vuelta a mi vida, que la llenó de amarillos pétalos de diferencia, etcétera), el pantano detenido, con juncos helados, pellizco de árboles blancos, frío en las orejas aguzadas por el silencio, tanto olvido, aroma de nada, calma en mis manos cóncavas que reciben cuchilladas de la nostalgia, creciendo (que tenía MC tanta necesidad de amor que se entregaba sin medida a nuestra impaciencia; que se perdía su caudal de Caperucita equívoca por bosques absurdos; que enfrentaba mi razón y mi instinto; que nunca fue; que murió de forma trágica después de una vida trágica; justo paso ahora por la casa donde nos vimos por última vez, etcétera) soledad de campos con aves de paso acurrucadas en el vacío, caseríos salpicados por las laderas, unas ovejas mudas, un caballo, un gato que huye por los charcos, una bicicleta en un balcón, el coche del panadero, el camión del butano, mi coche atravesando el ahora y el ayer, mi memoria arrodillada (A, su padre desaparecido; su madre vestida de rencor; ella y yo entrelazados en la torre, jadeantes mientras B nos miraba, excitada, desde la puerta; la única vez que he amado sin deseo; que era un engaño aquella pasión; que los dos queríamos otra cosa; que me sentía sucio, confundiéndola, traicionándome; etcétera) la ermita destacando entre los pinos, suena una campana que acaricia mis oídos como una hebra de luz, me duelen las costillas de recordar, lástima de vida que corre tan rápido, que me deja atrás en esta mañana brumosa que se mece por carreteras que había olvidado, por nombres que me muerden como perros negros, que se me abren las heridas y también fui ese, viaje de vuelta.





Todos los puertos son el mismo,
uno y el mismo,
donde cantan las brumas
y una ciudad se apaga y un estrecho,
sin que nunca sepamos
si vamos, si venimos
o si estaremos siempre.

Andrés Trapiello.


15/4/14

M1

Mis pasos en esta calle
Resuenan
                        en otra calle
donde
                oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

Sólo es real la niebla.


Octavio Paz




Ahí arriba, la primera noche creí escuchar disparos, detonaciones entre sirenas cercanas de la policía y ambulancias lejanas, alarmas rotas y algún grito que pedía ayuda. 
Después se hizo el silencio y amaneció con un cielo muy rojo.

No sabía muy bien dónde estaba, qué hacía allí, ni quién dormía a mi lado.  
Recogí mi ropa y salí de aquel pequeño cuarto.

Aquel perro negro al pie de la escalera no me iba a dejar pasar tan fácilmente. 
Había comenzado mi viaje.





Las ilustraciones, fotografías, dibujos, etc, que acompañan a los textos han sido tomadas de aquí y allá, de internet.
De algunas no consta su autor. Si algún propietario no desea que figuren en este blog, me lo comunica y las retiro.

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