Año 1982. En aquella acería trabajábamos unas 3.000 personas.
El comité sindical avanzó que la Empresa estaba preparando el despido de 100
trabajadores. Al mes siguiente ya se
sabía que serían más, unos 250. Pasó el verano y la cifra de posibles despidos
rondaba los 500. Tiempos difíciles.
Recuerdo una asamblea en Basauri, tensa, agitada, violenta.
Nada más comenzar se tomó la sabia iniciativa de que para las votaciones sobre
posibles acuerdos votaríamos a mano alzada si se votaba a mano alzada. Una manera
de empezar que era toda una declaración de intenciones.
Uno de los puntos a tratar era si las mujeres, la mayoría
personal de oficina, deberían ser las primeras en salir porque estarían
quitando el puesto de trabajo a un hombre presumiblemente cabeza de familia y
sostén de la misma. Uno de los que llevaban aquella asamblea matizó que, por
supuesto, el punto no se refería a las señoras de la limpieza ni a las del
comedor y sí a las telefonistas, secretarias, oficinistas en general. Estas,
desde el fondo de la nave, protestaron y desde una marea de buzos azules, con rabia
no contenida, tuvieron que escuchar de todo, “que suban ellas a las grúas”,
“nos quitáis el pan”, “putas”, etc, etc. No sigo, el resto de puntos ya no
tiene importancia, tampoco la tenía entonces.
Al de unas semanas nos despidieron a 1561 trabajadores. A mí
me ofrecieron un trabajo en Perú, no fui. Llevaba tres meses de casado. Después
la vida siguió.