Glup 2.0

Pedro M Martínez

jueves, 3 de abril de 2025

Cúpulas


Las cúpulas de las iglesias se reflejan en las marismas. Hasta ahí llegan los infractores del amor debido. Nadie les mira al pasar. Mantienen la cabeza baja por el centro de las estrechas calles. Esquivan los jardines y los jazmines, el sonido de los semáforos, el runrún del tráfico, los ciegos recostados en las esquinas y los prejuicios, como una roca negra, lisa, imposible de escalar. Caminan y el mundo es un paisaje nuevo con personajes mezcla de pájaros y funcionarios con manguitos, con las sienes desdibujadas por la obediencia, por lo correcto. Nadie despidió a los infractores del amor prohibido, nadie les recibe con palmas, con palomas negras, agitando hoces o abalorios, nadie sabe. 


Abro las ventanas al viento que llega del otro lado, África, tan cerca.

Eso o  ahogarme en un remolino del oasis descubierto apenas ayer, aquí, tan lejos de lo que era.


Nota: tengo que aclararme en este lío de aquí y de allí, de esto y de eso, de lo que es y lo que era, de tú y yo, de tanto, de todo. 

miércoles, 2 de abril de 2025

Parece un agujero

 


 Parece un agujero, el vacío, nada.
¿Has mirado bien?
¿Ves algo?
 ¿No?
Las apariencias engañan.
Parece un agujero pero no lo es.
Estoy tratando de decir algo.
Solo que aún no sé qué.
Si  lo descubres, dímelo.
Es posible que esté aquí dándole vueltas a esta historia 
y no haya historia.
La verdad, me está costando darme cuenta.
Qué ¿lo ves?
Si sí me avisas, ¿vale?

En principio parece un agujero, el vacío, nada, etcétera.


martes, 1 de abril de 2025

De viaje

 




Es difícil escribir sin inercia.
Sin entrenamiento.
Sin sentimiento.
Con el cuerpo y la cabeza en otras historias.
Me voy de viaje y quiero decir exactamente eso.

Podría escribir ahora sobre  Marc Bloch, por ejemplo, o copiar una frase de Erich Auerbach "…nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser...", o decir como Henri Barbusse que “el día está lleno de noche”, pero no sería cierto, no, esta realidad de irme me abraza, seductora, espero que me lleve de día en día, aprendiendo, gozando, llenándome de alegría, descubriéndome.

Es decir que al regreso espero reinventar mi escritura, renovarme, cuando estén llenos los arcones de las experiencias de estos días inesperados, insólitos.

Pero ahora estoy de viaje y quiero decir exactamente eso.


lunes, 31 de marzo de 2025

Bienvenidos.


Bienvenidos, les estaba esperando, pasen. “Il tempo cancella le intenzioni del cuore. Forse questo rimane per gente come noi” canta Ivano Fosatti en un paréntesis del desplazamiento (¿?) entre la alcoba y la carretera. Me asombro de la clarividencia. Me sorprendo en este paréntesis entre lo que es, lo que será y la elaboración de los pasos a dar, sin olvidar por ello las huellas.

Para colmo (me) lo cuento.

Este es un territorio oscuro por el que transita la fantasía de la mano de esa bella dama que cierra los ojos. Por caminos de barro y helechos, tanteando, hemos llegado hasta aquí. Se me olvido decirles que también estaba preparándome para un viaje, soy ese, escondido en el bosque. No es para menos.

domingo, 30 de marzo de 2025

El químico Paker

 

Parker sueña y despierta con la angustia de no recordar el rojo níquel, el peligroso amarillo del cianhídrico, el intangible silicio. ¿Cómo hacía aquellos análisis? Es absurdo, es tan lejano, tiene ya tan poca importancia, pero en el duermevela siente que en mitad de la repentina oscuridad de su cabeza está trazada una fina línea en la que apenas distingue su historia, su pequeña historia, los detalles. Sabe que cuando se levante de la cama y pise el suelo entrará en la realidad pero en ese momento esa es su inquietante realidad. Parker teme entrar en el club de los amigos desmemoriados, con la mirada perdida tratando de recordar qué fue de todo aquello, cómo era. ¿Cuánto queda?  

sábado, 29 de marzo de 2025

Bajo los puentes del Sena

Michael Mcilvaney

Dicen que la distancia es el olvido pero yo no concibo esa razón que  los perros que muerden la mano que les alimenta son peligrosos, quizás más que los gatos que menean la cola mirando hacia otro lado, un poco menos que un übersexual enfadado, que no sé muy bien qué es lo que es, ay de mí, pobre ignorante, que además estoy perdiendo el gusto, el tacto y el olfato, que tuve una temporada –época de mi vida, el pleistoceno- que no tenía gusto por nada, que estaba desganado, lejos del goce y las alharacas, ajeno a fiestas, saraos y guateques, un soso, ya te digo (yo), menos mal que no hay mal (perdón por la redundancia) que cien años dure ni paisano (no) (perdón por señalar) que lo aguante, que digo, o quiero decir, que lo que aquí dejo no son palabras dictadas por una paloma torcaz, ni siquiera se me ha aparecido una virgen sobre un manzano en flor o una zarza ardiente, la mayoría de las ocasiones son incoherencias que se me ocurren producto del aburrimiento, de la súbita inspiración a veces, de la ingestión de bebidas espumosas o decididamente alcohólicas, de la lenta digestión de alubias con todos los sacramentos, amén, del goce junto a personas de esas que las conoces y parece que ha empezado otra vida, algo así como un vis a vis con la eternidad, el descubrimiento de una nueva especie de ave o reptil, mamífero de los que nadan, tortuga o caminante a la altura de Triacastela que, te lo juro, es un pueblo donde dormí fuera de la iglesia, en el cementerio (leches, no se me apareció nadie esa noche, ni siquiera la hija del dueño del bar donde cené que eso sí que era una hija) y así cada madrugada a las doce (o clock) pero, de qué nos sirve todo esto si el futuro ya está aquí y estamos enamorados de la moda juvenil y acumulo escritos en el camarote de invitados que un amanecer escuché un crujido y creo que nos estamos inundando, consecuencia de vivir a la deriva y no bajo los puentes del Sena, aquí con unas amigas. Pues eso, glup.

viernes, 28 de marzo de 2025

En París.

 

Katia Berestova

Parisina, te visualizo en una celda de lujo, incomunicada con el vecino Antoine, con los vecinos en general, con los ciudadanos de París sin orejas, con cascos, de todos los colores, en bicicleta, cabeza abajo, serios y concentrados en su mismidad, eso. Sigo visualizándote y se me pone la frente escarlata fruición por todo lo que copias, conoces, contrastas, descubres, imaginas, de fuera, de dentro, una artista like you. Que eres –imagino- una fuerza imparable y envidia me da saberte por esas calles que me recuerdan a las que veía en las películas de la segunda guerra mundial, la torre Eiffel al fondo, que cuando fui a Berlín por primera vez pensaba que las casas estarían derruidas y negras, con cascotes por las calles, y no, Berlín reluce, que es lo que tiene llegar a una edad, que recuerdas mejor lo que era que lo que es, ahora, demasiadas responsabilidades, o una, que lo que quiero es olvidarme de la escritura, de la mística y estar tumbado en la playa de Langosteira,  leyendo todos libros que me faltan por leer,  escribiendo los míos,  nadando hasta el horizonte,  subiendo al Pindo para saber lo que hay al otro lado, siempre hay otro lado, otros valles, los edificios son diferentes, las personas son diferentes por fuera, por dentro somos muy parecidos, los mismos miedos, anhelos, sueños, ilusiones, ser, querer ser, o no, que también hay muchos que no saben dónde van, tú sí, parisina a la que no conozco, por esas calles llenas de nadie, de momento, hasta que traces una línea desde dónde estás hasta dónde llegarás y ese será tu camino, nadie puede andarlo por ti, como mucho a tu lado, disfrutando  tu alegría, que sé que me miras con una cara entre seria y chungona y vacilas y me llenas de risas cuando te llamo, medio en secreto, que no te conozco y sí, que puedes ser una gallina o la portera de la casa de Cortázar, una bailarina de Pigalle o una estudiante de Erasmus en prácticas de seductora de confiados redactores de páginas web, soul, blue, thing, think, cool, be, end, clock, esta es la carta que no puedo escribirte, amanuense de símbolos eróticos, corrector de estímulos, hay que ver, que te desconozco y te conozco. Más o menos.  

jueves, 27 de marzo de 2025

La fama


Jeff Fisher 

Asustado, acosado por mis fantasmas, perdido en mitad de un bosque de palabras, con ni sé cuántas páginas visitadas,  un exceso, un honor, un placer, una recompensa, muchas veces, aquí, un número redondo, bola de nieve que empezó a rodar hace tanto, goteo desde el 1 (uno), tan enriquecedor, tan compartido, tan grato, intercambio de emociones, conocimientos, sentimientos, sueños, pesadillas, crisis, traumas, recuerdos, imaginación, lo que es, lo que nunca ha sido, lo que puede que sea, cuentos, casi poemas, historias para dormir, para no dormir, para creer, para olvidarse de todo y zarpar desde un puerto entre la niebla, lluvia o sol, lágrimas, muchas risas, celos, ternura, cariño, envidia, comprensión, miradas detrás de la cortina, nombres propios, anónimos, compañeros, amistad, amor creciendo, admiración por lo descubierto en tantas páginas que han enriquecido esta, tanto arte de tantos artistas, pero, la fama, amigos, me asedian, me siguen, escudriñan mi vida íntima, quieren entrevistas, mis puntos de vista (no saben que tengo  un acusado estrabismo), me revisan la basura, el buzón, interrogan al cartero, al notario del primero, no puedo salir a la calle, siempre tengo dos fotógrafos en la puerta de casa, mis amantes se buscan otro (s), mis novias me dejan aburridas de los paparazzi, mis amigos me detestan, me huyen, dicen que la fama se me ha subido a la cabeza (donde tengo el cangrejo), que me he vuelto un creído (un ateo como yo), que no pago una ronda en los bares, que escribir así es de moñas (quizás lo soy un poco, pero por si acaso les he partido la boca a dos), que me he tenido que ir al pueblo (ese que no tengo), lejos de los focos, a escribir en calma (si aquí saben que soy poeta me tiran al río), por eso estoy aburrido, ¿entendéis?, necesito calmarme, pensar, crear, rimar, imaginar, los artistas necesitamos paz, aun así, ayer, paseando por los campos de trigo me seguía el corresponsal del País con un fotógrafo zurdo (le rompí la cámara a cantazos), pero pensando, pensando…estoy convencido, dejo la literatura y me dedico a la magia del cine.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Parker y el caso del coche averiado

 

(Fernando Vicente)


En un tiempo sin teléfonos móviles, Parker se sentía atraído por la chica rubia.

Ella vivía al otro lado de la ciudad, lejos. Una tarde fue a visitarla. Pasearon por un parque, había vencejos en el aire, hacía frío. Hablaron de ayer, apenas de ahora, nada de mañana. Pasearon junto a un estanque, había patos, comenzó a llover, suave, sirimiri. Él dijo, mira qué cielo, viene tormenta. Ella dijo, adiós. Pero el coche no arrancaba, empezó a llover más fuerte y ella dijo, ven a casa, tomaremos café.

Lo tomaron y conversaron sobre ahora y sobre luego. Una charla hermosa con cascabeles y gatos de angora deslizándose por la voz melodiosa de la chica rubia. Él le preguntó por qué hablaba tan bajo. Ella respondió que en las paredes había orejas de habitantes de otro tiempo. Él no lo tomó en serio y quiso besarle en el cuello. Ella se sentó en un extremo del sofá y levantó un muro de no, no y no.

El agua golpeaba y golpeaba en los cristales del salón y la casa de Parker estaba más lejos de su recuerdo a cada minuto. La chica rubia se volvía más y más atractiva a cada segundo y en el aire estallaban burbujas de deseo y el silencio se interrumpía por el vuelo de golondrinas lujuriosas. No había aparatos de medición para saber quién de los dos estaba más alterado, más atraído por el otro, la situación y el tiempo.

El escarbó con una uña en el muro del no y un ladrillo cedió. Voy a darte un beso, aviso. Ella bajó los ojos y se humedeció los labios. Se besaron como en una película de los cincuenta. El primer beso fue breve. El número quince duró el tiempo suficiente para que ella cortara todas las orejas del pasillo y le invitara a su cama.

Parker y la chica rubia hicieron el amor hasta que les dolió el alma, tan dichosos y nuevos que aquel cuarto fue un paraíso, lloraron de felicidad, fuera aún llovía y cuando brillando en la oscuridad fue a buscar su coche no arrancó, claro, y ahora en el asiento de al lado del conductor del camión grúa sonríe tontamente y busca una excusa creíble para justificar su vuelta a casa tan de madrugada.

 

Togo

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