18.11.10

Parker y los libros.


Cántico 

El que pasa ignorado por los arcos del mundo.
El que extiende en el suelo su clámide de oro.
El que aspira en el bosque el rumor de la lluvia
y olvida su cuidado debajo de los sauces.
El que besa tus brazos y tiembla y se transforma
a pesar del embate de todo y de sí mismo.
El que a tu sombra gime como trémula gema.
El que pasa, el que extiende, el que aspira y olvida.
El que besa, el que tiembla y se transforma. El que gime.

Vicente Núñez

 


eSe tiene seiscientos cuatro libros ordenados alfabéticamente, por temas y colores. Solo lee los domingos y días festivos de diez a once. Jamás podrá leerlos todos. Tampoco le hace falta, sabe. Parker no sabe, mira alrededor, su casa es pura biblioteca, las paredes están ocultas detrás de libros, los lee a todas horas, incluso de noche, no duerme, lee. Como una jaculatoria musita: Coetzee, Cortázar, Salinger, Cervantes, Murakami, Perec, Lorca, DeLillo, Bukowsky, Auster, Zweig, Bolaño, Vargas Llosa, Pavese, García Márquez, Rimbaud, Gamoneda… Un ruido en el comedor le sobresalta, un gato gris mira desafiante desde la alfombra, quiere espantarlo, le tira el Viaje al fin de la noche a la cabeza, el felino esquiva y Celine sale por la ventana. Parker ignora que el gato es un presagio, no un espectador inocente, trae un equipaje de malaventuranzas, su propia historia, mira con odio, entreteje su destino con el suyo de lector, de narrador, de actor sin teatro ni bambalinas, le reta con maullidos entre los tiestos de geranios y aunque Las benévolas está a punto de alcanzarlo, Littell termina deshojado sobre la hierba. En esa lucha entre hombre nervioso y animal tozudo, los proyectiles de las Confesiones de San Agustín, El mundo según Garp de John Irving son solo dos más de los libros que se amontonan en el jardín. La biblioteca va saliendo por el balcón, Rayuela, Cien años de soledad, Guerra y Paz, las paredes se desnudan. Mientras Parker pierde volúmenes, la imaginación y la fuerza, el gato va creciendo y creciendo hasta convertirse en tigre. Cuando el último libro abandona las baldas el tigre se come a Parker. En el jardín, la lluvia disuelve las tapas, las páginas de los libros, las palabras se silabizan, se disgregan en letras, germinan en la tierra, crecen, viene una buena cosecha editorial para la próxima primavera. eSe leerá también los miércoles.




5 comentarios :

Mayteღ dijo...

Los libros arden mal...me revolotea incesante en el recuerdo ultimamente aunque no sea mi favorito...me sigue.

Un besiño, Pedro.

ybris dijo...

Vaya si me identifico hay con Parker.
Ni mis paredes admiten ya más libros ni mi tiempo se extiende hasta abarcarlos otra vez.
Y encima no tenga gato al que tirar los libros.

Abrazos.

virgi dijo...

Me gusta este Parker.
Tus personajes son lindos, querido Pedro (como tú, of course). Y esos escritores se me colaron en mis estantes...es lo que tiene...
Besos besos.
Un guiño tiernito.

gaia07 dijo...

Leer tanto para dejar que te coma el tigre tiene poca gracia.
Alimentando al animal que reflejas es lógico que desaparezcas. Ya lo decía mi abuela, hay que leer desde fuera ya que meterte en la historia no es sano pues acabas haciendo quijotadas.

Aunque tengo mis dudas, me da que es la única forma de evadirse a gusto esta de dejar “que te coma el tigre” ;-P

Un abrazo con beso sonoro.

mirada dijo...

:-)

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