31.1.10

Desagradecido.


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. (La Regenta -Leopoldo Alas «Clarín»)


…Te contesto. Mi vida, no, no soy una desagradecida, aplaudo, vaya que sí, aplaudo como una espectadora de las últimas filas, mira, estaba a punto de salir, si hasta tengo puesto el abrigo y el sombrero, está la noche fría, qué sabes tú de la noche, qué sabes tú de mí si tienes mi recuerdo con el regulador de tu cabeza en off. No me cuentes cuentos chinos que soy japonesa ¿no ves mis ojos rasgados?, ¿no ves mi color amarillo?, no ves nada, no tienes tiempo, estás encerrado entre las cuatro paredes de tu destino en lo universal, en el idilio constante con tu saber, con tu vocación por encima de todo, de todos, la inercia de los días te lleva sin espacios para otra cosa que no sea el cumplimiento del deber, almirante en un portaviones con los dedos en la sien, aguerrido luchador ninja contra la elección del corazón del trigo y los peces silenciosos. Ya.

Sé que ahora mismo no sabes de qué demonios hablo, otro absurdo discurso frente a tu ventana. Lo atribuyes a mi proverbial mal carácter, a las cajas destempladas, a las cajas pequeñas, al cajón de la inmadurez emocional donde estoy metida, Houdini femenina bajo las aguas heladas atada con las cadenas de mi ceguera, burbujas antes de ahogarme. A nadie le importa este disturbio entre tú y yo, pero no te soporto. Me tienes harta, nene.


Los que ahora escribimos conocemos nuestras limitaciones: sabemos que no aportamos ideas nuevas ni revolucionarias y que, además, en las obras de los grandes creadores se contiene casi toda la sabiduría; entonces, ¿por qué seguimos nombrando, si deberíamos guardar silencio? 

Si seguimos escribiendo es porque buscamos, como antes hicieron tantos otros, la palabra justa que nos aproxime a la sustancia de lo que ahora nos absorbe y preocupa.

E inútilmente seguimos intentando nombrar lo inefable a pesar de que, pegados como escamas a un pez, nos reconocemos producto de un tiempo, un espacio, una cultura y unos modos concretos de expresión.

Y aunque, como la gran mayoría de los humanos, no seamos revolucionarios en nuestras ideas ni en la forma de expresarnos, sentimos la necesidad de dejar plasmado lo que de nosotros surge; un imperativo que otros sintieron en otros momentos y que, para cumplirlo, utilizaron sus propios materiales y palabras. 

Y gracias a que la sustancia, el deseo y la necesidad son casi invariables a lo largo del tiempo, disfrutamos hoy de numerosos compañeros de viaje que, como nos recordaba Quevedo, nos permiten conversar con ellos y nos dejan escuchar sus ideas con nuestros ojos.

María Luisa Balda (en Luke)



7 comentarios :

Tempero dijo...

Siempre me ocurre lo mismo cuando amanece en claro. Miro los edificios que tengo enfrente, saludo a los que pasean, saludo a sus perros, los saludo a todos con la voz declarada de gallo oculto, gallo silencioso que siempre ha invocado el reverso de la noche con la paciencia de unas pupilas adelantadas a la luz, el gallo, el de verdad, me hubiera transitado ya hace dos horas, ahora lo evoco, porque evocar es haber fallecido en algo para luego, entre este altercado de palabras que sujetamos, darlo forma y remansarnos, ¿que ya ocurrió? sí, ya lo sé, hay quien se apaga el miedo lanzándose al vacío, pues eso, que yo levanto las piedras a ver si me encuentro varias lombrices ensambladas con las que ir a ese lago redondeado parecido a un folio, lago Ness de la escritura, pero vuelvo al gallo, mira por cuanto el otro día lo oí allá por los campos de Morata mientras iba corriendo y pensé en su insistencia, ya el sol era una reverencia a la tierra, vamos, las diez de la mañana, que se agradece, el sol y el gallo, por eso hoy yo saludo a los perros, la los que pasean antes de que el sol supere los edificios y me gane en voz, en luz por descontado, ya ves, y aún así, muchos insisten en iluminar, e iluminados, ¡ni te cuento!, ¿y qué?, ¿que para qué escribo?, pues porque de alguna manera tú me lo ordenas, sí, podría ser esa la razón, sin sonrojos por mi parte, ya ves, qué podría estar haciendo ahora antes de irme a correr, llevarme a José Hierro frente para participar de su mundo y sus alucinaciones, también podría estar descabezando el centeno de mi infancia, lo llamaban peinado del centeno, para luego churrascar al cerdo, entonces no había guardianes en las primaveras y el centeno era gigantón, nos superaba con creces, y jugábamos, ahora los centenos son híbridos y pequeños, qué lástima, la genética ¡lo que hace!, ésa sí es una verdadera guardiana, y de alguna manera paro esta orden de tú decirme que escriba, paro mi desorden en el canto silencioso, ya está el sol hocicándome en la ventana, entra excesiva luz, ya no puedo mirar de frente.

Abrazos, Pedro.

Nikté dijo...

Había visto el Gonguenguein por primera vez, así de sopetón, de forma entusiasta, y me pasó como con el David o el Mesías (me refiero a las esculturas) a ellos en persons no los conozco, y me parecieron, uno más pequeño y el otro más grande de lo que tenía guardado en la memoria de la retina, esa que se da cuando ves en postales o ilustraciones, pues igual, no es que me desepcionara, pero lo primero que salió por esta, mi boca fue: ¡Es pequeño!
El amigo con el que iba, se miró la bragueta. Tó hay que decirlo.

Con la mujer pegada al techo te repites, que te crees tú que no te sigo.

Y esa no es la voz de una mujer, no, querido mío y del resto del Espacio Sideral, una mujer no habla así, ni piensa así, es más retorcida aún.

Por lo demás, mis okeis a quien ha formulado tan brillantes meditaciones sobre la escritura.

Solo queda añadir la magia
¿Pero dónde se halla?

Espera que me tomo el antibiótico y ahora te contesto

Ya

En la chistera del mago, ahi es donde está la madre del conejo.

Nikté dijo...

Por cierto me he atrevido a esto, como se que los domingos no contestas, pues eso.
Juas juas


Que si, que si, que bonito el norte, yo lo añoro, en serio.

Arantza G. dijo...

Agradecida por tu generosidad, por la imágen que hoy me regalas, por las palabras que extragiste de un libro que es vida para mis ojos.
Besos

Ariadna dijo...

La búsqueda es constante. Y hasta veces se vuelve insoportable, como la verdad.

gaia07 dijo...

Si que es cierto.
La infelicidad está dentro, y uno mismo puede manejarla.
Menos mal que a la felicidad también.

ybris dijo...

Palabras certeras de alguien harto de quien confunde chinos con japoneses escupidas a quien no ve más allá de su egoísmo y toma la independencia por huida a un "cajón de la inmadurez emocional donde estoy metida, Houdini femenina bajo las aguas heladas atada con las cadenas de mi ceguera"

Estupendo.

Abrazos.

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