16.10.15

Quiero quererte fieramente




Quiero quererte fieramente, como este que soy, el de ahora, este que te ama, exigente, que te toma entre sus brazos y te lleva a la cueva de nosotros, ocultos y libres, abrigados por capas de tiernas palabras, de silencios que lo dicen todo, de caricias inventadas, de una mirada que nos ata y nos empuja a través del puente suspendido sobre un mar tempestuoso.

Mi dulce Wendy, todos gritan que no nos tiremos pero tú y yo caminamos por la tabla de los días torcidos y equilibrados, ajenos a los tiburones de abajo y a los de arriba, borrachos por tanto oxígeno que podemos arder, mareados por el movimiento de este buque que cabecea entre las olas inmensas de lo imposible para, al final, dar un brazo por una cama tibia, por una habitación de hotel silenciosa y en penumbra, por horas desmenuzándonos como curiosos insectos que todo lo quieren saber, que quieren llegar a cada rincón de nuestros corazones confundidos y hambrientos, inmensos como desiertos, con cabezas saliendo de la tierra en espera de lluvias, de electricidad, de tantas emociones como nos regalamos entre flores y dibujos de alfombras traicioneras, de la puerta que sella y defiende, del miedo a dejarnos llevar y empezar de nuevo. 

Quiero quererte fieramente, vida, y la realidad me toma de las solapas y me abofetea, me empuja contra la pared, me intimida, me obliga a bailar delante del espejo, me muestra la realidad de este que soy, el de ahora. Y es entonces, justamente entonces, cuando me alejo, cabizbajo, cuando el mar de lo cotidiano me traga, cuando sé que no hay lugar para los sueños. Vuelvo al mundo 





Debió pasar mucho tiempo sin poder estar con ella, sin llegar a darle el heredero de las fortunas. El recuerdo de la pequeña blanca debía de estar allí, tendido, el cuerpo, allí, atravesado en la cama. Durante mucho tiempo debió de ser la soberana de su deseo, la referencia personal a la emoción, a la inmensidad de la ternura, a la sombría y terrible profundidad carnal. Después llegó el día en que eso debió resultar factible. Precisamente aquél en que el deseo de la niña blanca debía de ser tal, insostenible hasta tal extremo que hubiera podido encontrar de nuevo su imagen total como en una fiebre intensa y poderosa, y penetrar a la otra mujer de ese deseo de la pequeña, la niña blanca. A través de la mentira debió encontrarse en el interior de esa mujer y, a través de la mentira, hacer lo que las familias, el Cielo, los antepasados del Norte esperaban de él, a saber, el heredero del apellido. (El amante .-. Marguerite Duras.)


3 comentarios :

Ning Jie dijo...

Este no es un blog para comentar. ¿Qué se puede decir después de leer un texto como este?
Aquí hay que venir desnudo de pensamientos y leer en silencio. Disfrutar. Dejarse sorprender. Admirar.
Y siempre, claro, aplaudir.

Pedro Martínez dijo...

Oiga, oiga, Ning Jie, que tampoco hay que empujar y mucho menos venir desnudos de nada que están los tiempos muy fríos ya y lo mismo cogemos un catarro culero, que muchas gracias que no está uno acostumbrado a estas alabanzas y que eso, gracias, guapa.

Maribel Gs dijo...

Cuatro paredes bastan para recrear un mundo soñado. Y en entre ellas desaparecen los convencionalismos y las emociones se disponen a su libre albedrío. Nos vaciamos, recibimos y nos descubrimos en aquello que aún ignorábamos que somos capaces de sentir. La piel en carne viva. Y cuando abandonas el Olimpo sabes que a partir de entonces habrá un antes y un después. Y conjugas la vida en todos los modos verbales y adverbiales. Un para siempre puede ser efímero, pero sin embargo, fiero, voraz, eterno e imprescindible.

No estaba enferma de su locura, la vivia como la salud (Marguerite Duras)

Mil y una revencias (a lo paulova), Sr. Glup!

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