26.3.15

Cuento del Hada

Horacio era exaltado, llamado, concitado a la función del sacrificador lustral, y puesto que casi nunca se alcanzaban porque en pleno diálogo eran tan distintos y andaban por tan opuestas cosas (y eso ella lo sabía, lo comprendía muy bien), entonces la única posibilidad de encuentro estaba en que Horacio la matara en el amor donde ella podía conseguir encontrarse con él, en el cielo de los cuartos de hotel se enfrentaban iguales y desnudos y allí podía consumarse la resurrección del fénix después que él la hubiera estrangulado deliciosamente, dejándole caer un hilo de baba en la boca abierta, mirándola extático como si empezara a reconocerla, a hacerla de verdad suya, a traerla de su lado. (Rayuela –capítulo 5)



Ella era la Belleza, vestía lujosas ropas, vivía en un fastuoso palacio de cien aposentos con muebles de plata, caminaba sobre una nube dorada.

Él la miraba y sus ojos se inundaban de lágrimas de gozo, inclinaba la cabeza a su paso, tanto la amaba que sentía llegar la muerte cuando no la tocaba, la eternidad cuando ella le acariciaba.

La adornó de todas las gracias, toda la riqueza, todos los dones. Su vida era ella, la respiración, todos sus sentidos, colmaba los días, borraba sus recuerdos, henchía su corazón de magnífico futuro.

Así transcurrían los meses, como dentro de un cuento de hadas, en el centro del bosque mágico donde se habían perdido, donde se disfrutaban.

Un día llovió, no demasiado, apenas una llovizna. Él miró el reflejo y ella no brillaba, sus ropas estaban mojadas, su palacio no era tal, la nube dorada se había desvanecido. Arreció la lluvia y podía tocarla sin temblar, respiraba, miraba para atrás, adelante, sus orejas se llenaron de recuerdos, el corazón latía sin sobresaltos.

Llegó la tormenta, un rayo cruzó el cielo y la vio, sin música, sin riquezas, una mujer, desnuda, no era bella, intentaba cubrir sus pechos, el sexo, con las manos.

Se liberó de ataduras y salió sin volver la cabeza. Se alejó y el bosque quedó lejos, muy lejos, la magia se iba diluyendo en cada huella.

Cuando estuvo lejos respiró, sus pulmones se llenaron de dicha, estaba sólo y había sobrevivido al hechizo.

Entonces, libre, comprendió que la amaba, ay, la amaba.

Y supo que sería su esclavo para siempre.





2 comentarios :

Lili dijo...

Grande

Pedro Martínez dijo...

Lili, un metro setenta y tantos (y menguando). Muchas gracias.

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