15.1.14

Carta del amante desorientado.

Hay un momento por la mañana temprano, antes de que se haya derramado demasiada sangre, antes de que la crueldad de los fuertes haya alcanzado su apogeo, cuando los jugadores nocturnos caen dormidos al fin y se libran de su tristeza, hay un momento en el que el nuevo día parece casi inocente.(John Berger)





Mi amada, con esta intensa lluvia de enero, los caminos se han llenado de ranas de zarzal, los mapas están mojados y desteñidos, las brújulas, desorientadas, y yo.

Camino al azar, chapoteo en el barro, busco tu sonrisa perdida.

En el bosque se escucha el canto chillón de las urracas.

Desde la colina, una bandada de relojes desparejados baja formando gran algarabía y trapatiesta.

Las nubes continúan vestidas con faldas mojadas.

Aunque hace tanto frío, solo pienso en desvestirte.

Pero para eso debo encontrarte, mujer amada disfrazada de azul tristeza, de nieve de algodón, de barcos cargados de helechos partiendo de muelles oscuros.

Y, sin embargo, ayer mismo estuviste a mi lado.

¿O lo soñé?

Sobre el camino ruedan las percepciones habituales coronadas de berzas, serias, ceñudas, circunspectas. Me miran al pasar y se alejan ondeando pañuelos rojos, encendiendo y apagando linternas como en una película de Spielberg.

Detrás de las ramas del nogal adivino el pueblo, el temblor de los cristales, el viento llenando la calle de rumores, tú sentada frente al fuego y mi deseo se prende en el humo que sale de la chimenea de tu casa.

Me acerco y al otro lado de la calle, un hombre con pantalones negros, camisa de cuadros y un ramo de lirios entre los brazos se dirige a tu puerta.

Palpo mis bolsillos buscando una navaja, en mi boca una palabra acerada, un grito que le intimide, un exabrupto, por los suelos una piedra puntiaguda que lanzar a su cabeza de gañán.

Desde uno y otro lado nos acercamos a ti.

Él trae escrita en la frente una leyenda: París.

Yo traigo una obsesión, una incógnita, dos manzanas y este deseo como hiedra, esta sed de labios de náufrago, este miedo ya que el rústico es fornido, alto como un almendro.

Uno frente a otro, mis ojos llegan a su barbilla, las manos tiemblan, las piernas piensan por su cuenta, la mente solo trata de secar el miedo que empaña los cristales de mi dignidad.

Adivino tu mirada detrás de las cortinas.

Y entonces el rayo, la lluvia desbordando los cielos, la negrura de no verte, el lodazal, ¿qué hago aquí?, ¿cómo he llegado?, la ropa rasgada, mi nariz herida, volver al pueblo por estos caminos, las cornejas se ríen, los zorros ni siquiera huyen, los cruces están llenos de flechas, de indicaciones, por aquí, por allí, no, sí, tú no estás y en un charco, el cuerpo del labriego se desangra con mi navaja clavada en el centro del corazón.






2 comentarios :

Magnolio dijo...


Algun día, cuando tenga tiempo, cuando pueda, cuando aprenda, voy a escribir un comentario sobre tus textos de amor y guerra (contra a veces ellos, a veces tú) y esa manera tuya de exorcizar a ambos, aquí.

Mientras, te envío besos.

Pedro Martínez dijo...

Magnolio, el amor es una guerra, a veces dulce, siempre con víctimas. Me encantará leerte y agradezco desde ahora que me dediques ese tiempo. Escribir como terapia, pues sí, también, se escapan los demonios con las palabras.
Recojo los besos como un brillante regalo

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