5.12.17

Carta a una amante que recibe cartas de otro.



Reina de los siete mares, de este alborotado río de distancia en el que me ahogo, que me cuentas que otro te envía cartas perturbadoras con fotografías de señoras semidesnudas en actitudes provocativas, ingenuo escritor, se equivoca al no mandarte hombres musculosos que te susurren dulces palabras al oído, que te cuenten y te canten, que te estén recordando sin cesar en los días de distancia y silencio, que añoren tu sonrisa como un amanecer de primavera en una iglesia románica en Palencia, tu voz como la calma después de una tormenta en el bosque de Oma que puede convertirse en tentación de mujer fatal, tus suspiros y gemidos, los ojos cerrados abriéndose a las sensaciones de tu cuerpo que se mueve felino, mimoso, curioso, como una dama vestida de negro que no castiga pero que impone con su gesto, cuerpo en el que puedes perderte o encontrarte, descubrir un oasis o un tormento, una pasión de saber que tanto tiempo, ay, tanto tiempo deseándote, estaba escrito, añorándote ahora y luego, no poder hablar, hacerlo a escondidas, imaginándote en noches insólitas consiguiendo emociones que no conocía desde que puedo demostrarte realidades, que me quemo entre tus brazos como un pañuelo de seda frente a una hoguera, que miedo me da el día que te liberes y quieras atarme, o besarme cabeza abajo, o que te haga el amor como un hercúleo morador de las tinieblas, te diga cosas oscuras, te aprisione contra las sábanas, te pida contorsiones imposibles, besos salvajes, tentaciones que viste en un libro olvidado sobre una repisa, tú, que eras la virtud, una chica de piedra y hielo que no sabía del calor de su pubis, del resplandor de sus ojos durante el amor, del sofoco en las mejillas, del dolor en la garganta al contener los gritos del goce, el temblor en glúteos y muslos, la impaciencia por que te bese aquí o allá, la curiosidad por saber qué provoca una caricia en ese punto exacto donde aún nadie te ha tocado, puntos imposibles, invisibles, comenzar a besarte en la cintura y bajar hasta perderme entre tus muslos que bailan y me aprisionan, cárcel del placer, ternura de los movimientos acompasados, ¿quién te manda esas cosas perturbadoras?, quién que hace que te desee aún más, si esto es posible, tú, que eras la niña guapa del imposible amor y te has convertido en el descubrimiento del elemento químico que faltaba en mi laboratorio con la tabla periódica en varios colores, erlenmeyers y redomas, en un misterio, un milagro, un goce, un peligro, la necesidad de hablarte tanto y tanto, como un enajenado charlatán perdido en la arena de esta distancia, te recuerdo, amada, estás entre mis músculos y en la respiración, te beso, muchísimo, a distancia, no me olvides. Y quema las cartas de ese otro *, ni siquiera las abras, le mataré.

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