29.1.13

Un monólogo quizás.



...Hablarían de los sospechosos todo el tiempo. De los posibles sospechosos. Tratarían de establecer un perfil del asesino investigando con todo detalle, como lo aconsejaría cualquier experto en homicidios seriales, los rasgos característicos de su manera de firmar. Una rúbrica macabra. Su refrendo. El primer nombre en esa lista letal sería el de escritora. No sólo había sido ella La informante inicial sino que, además, su oficio, ese extraño oficio, les provocaba preguntas constantes. ¿Qué hacía en realidad además de pasar horas enteras frente a la pantalla y sostener charlas banales con alumnas, casi adolescentes? ¿Era leer verdaderamente un oficio? ¿cómo regresaba a la realidad después de hundirse, por horas, en mundos que no existían más que en la imaginación provocada por la letras impresas en una página? ¿No sería alguien así, alguien que había leído, además a Pizarnik, y que lloraba ante el recuerdo de alguno de sus poemas, tal como lo había constatado la Detective en más de una ocasión, la culpable? ¿No tenía ella, como lo decía el experto en asesinos seriales, esa malsana curiosidad de "mirar por dentro"? ¿Sería suficiente esa curiosidad como para abrir la herida? ¿Y no era eso, a fin de cuentas, escribir?....
 
... ¿Y había, se preguntaría con mayor frecuencia la Detective, algo a lo que se podría llamar en estricto sentido la Vida Real?...
 
Rivera Garza, C. La muerte me da, Ed. Tusquets, Barcelona, 2007, págs.241-242.


Del fecundo diálogo entre nuestros cuerpos encendidos pasé al monólogo que tendía hacia un silencio monótono, pobre, sin contrastes, olvidado entre sus amantes, yo era el octavo, ni siquiera el último, el amor había caído en desgracia y ya el sexo no alumbraba al fauno al borde del precipicio,  al centauro con una hermosa mujer en la grupa, asaeteada por su celoso esposo herrero, cuentos, mitología, prófugo de mí mismo, sin absolución, lumbre en su mirada de odio femenino, en la mía, en la frontera entre conservar lo bello de aquello que fue o patear con saña los altares, los gladiolos y el arpa, ciego de deseo, enjaulado en el recuerdo de su cuerpo delgado, cáliz de ofertorio en el que vierto las preguntas y la lluvia gris, los pretextos, las tempestades de lágrimas en la cama hueca, sin gemidos, el octavo, vaya, ya no el cazador de instantes eternos que terminaban a las nueve, vuelta al metro, regreso a casa por caminos oscuros y otro esperando en el ventanal, remolino de curiosidad, ¿también esperaría en el lecho?, un péndulo de quizás, una piedra más al muro de desconfianzas levantado con pereza, ¿y qué?, un amuleto que aleje el magnético impulso de preguntar, los ojos del alma viendo más que la mirada atónita al derrumbe de toda dignidad, no te vayas, ruegos, vencido, un hombre roto (no se pierdan entre tanta palabrería, aquí lo que ocurre es que ella le ha dejado por otro amante más joven y él está que no sabe por dónde le da el aire) que afila el cuchillo de la tragedia junto a la laguna del qué más da, médano de esperanza en mitad de la playa de arenas negras, a punto del equívoco, cortarme las venas o cortar el lazo de los espectros, iros, a mi edad, un gallo, de vuelta de mil batallas, un cíclope, un guerrero con un casco emplumado, con un secreto, con la frágil determinación de nunca más, un canto fúnebre, un aliento en la contradicción, una certeza, aún la amo, no puedo callarlo, mis amigos se alejan de mí como de un leproso, enfermo de belleza, ¿qué digo? ni siquiera es bella está mujer a la que un día igualé a una diosa, imprudente, perjuro, idólatra, una visión desde una imagen que no fue, que no era, equivocado, incapaz en mi ceguera, navegante en una frágil barquilla por un océano insaciable, gatos en los intestinos, un tambor tocando fúnebre, un severo portero con el dedo índice señalando la salida, lo único cuerdo, irme, al bosque o a la colina, lejos (lo que les decía, nunca le han dicho no y está desorientado, sigan, sigan leyendo), a una catedral con salmos enroscados en los capiteles floridos, adornos de ángeles soplando pífanos, tocando címbalos, animales mordiendo frutas, proscrito en un lugar impenetrable, calles iluminadas…
¡A comer!
Voy, un momento, dos líneas más y voy.
…la sombra del delito, de todos los delitos de una generación de hombres viejos, el estigma, la severidad, lo irracional, la agonía de la razón, el Apocalipsis…   
¡A comer!, deja ya de escribir, empezamos sin ti.
Voy (luego sigo).



2 comentarios :

Magnolio dijo...



Leo a alguien que escribe voy, que escribe luego, que escribe no te vayas, que escribe diálogo, que escribe delito, que escribe monótono, que escribe monólogo, que escribe ¿qué digo? que escribe deja ya de escribir, que escribe la muerte me da, que escribe la vida real? que escribe de una poeta que escribe que muere escribiendo, tiene narices, que no sabe escribir.

Pedro dijo...

Doña Magnolio, no me imaginaba que esto de no trabajar tenga tanto trabajo. Escribir lo es sobre todo cuando las musas se duermen. En mi caso siempre están dormidas con lo que tengo que escribir mucho para quedarme con la mitad, de ahí la otra mitad y empezar de nuevo, ¿ves?
Pero saber que, como tú, alguien se mete en los vericuetos de lo no dicho y ve es un bálsamo para mis dedos que teclean en busca de ese texto, ese texto.
Y la vida pasa.

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