9.2.17

Conquistador.



Me miraba sonriente y el agua de la ducha resbalaba por sus pálidos y firmes pechos.
Después se cortó las uñas de los pies sentada en el borde de la bañera.
Allí estábamos los dos, con absoluta naturalidad, desnudos, hablando de cerezas silvestres, bálsamos hogareños y barqueros en la orilla inadecuada, ya éramos amantes.
Para mí, tan convencional, tan clásico, me resultaba novedoso afeitarme delante de una mujer cuando aún tintineaba en mi recuerdo el nombre de otra mujer.
Con todo, ignoré mis heridas sin ungir, las cicatrices de otros amores visibles en el costado, el adjetivo equivocado, un lapsus y yacimos de nuevo hasta quedar sin aliento.
Su espalda era un reino por conquistar, se rindieron los ejércitos de la duda y me sentí hombre de nuevo, una agradable sorpresa.
Ella tenía turno de noche y me citó para el día siguiente.
Apaga las luces cuando te vayas –me recomendó mientras aplicaba toda la atención en delinear la raya de sus ojos.
Y ahí me quedé, rejuvenecido, extraño  sobre la alfombra, una avanzadilla de quinta columna, un guerrillero solitario en la colina, sin atreverme a invadir los espacios de habitaciones cerradas, halagado por la confianza, palpitando aún, a medio vestir, sorprendido por esa conquista inesperada, sin saber todavía que el conquistado era yo.
Entonces se abrió la puerta y entró un hombre.
¿Qué hace usted aquí? –gritó, alarmado, hostil, agitando los brazos.
Pero esa será ya otra historia.


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