9.9.12

Del 09

Hazme puro, Señor,
pero no todavía.


(Juan Antonio González Iglesias)

(Para I)

Tan lento que parecía inmóvil, tan rápido que ayer ya era mañana, fue un milagro, esas cosas que no pasan pero, ay, cuando pasan ya no hay remedio, cuando se cruza el río uno se moja, se empapa, sale chorreando al otro lado, mira y no hay regreso, ha entrado a otra tierra, otro clima, otras voces, un acento que antes no se entendía.
Y escoge eso.
O el silencio.

Por eso, para traducir el olor del viento, para que el recuerdo no se adelgace en los días sin sol de la primavera herida, vida gastada en trabajos de Sísifo, una larga playa, vacía, entiendo cada grano de arena, cada suspiro que sale de la pared de piedra que limita el mar, reino del sí pero no, del no pero sí, lanzo mi pena a la tercera ola, zamarreo el dolor y no es lo mismo, no cierro los ojos, no quiero dormir.

Permanecer insomnes, atentos, en vigilia.
O dejar que muera la zarza florecida.

Aquí están, los infractores, nadie les mira al pasar pero mantienen la cabeza baja, caminan por el centro de la calle, esquivan los jardines y los jazmines, el sonido de los semáforos y el run run del tráfico, los ciegos recostados en las esquinas y los prejuicios como una roca negra y lisa imposible de escalar. Caminan y el mundo es un paisaje nuevo con personajes mezcla de pájaros y funcionarios con manguitos.

Abrir las ventanas al caliente viento del desierto.
O ahogarse en un remolino del oasis descubierto apenas ayer.

Se besan sin saber dónde empieza el cielo, dónde acaba el infierno. Se besan de pie, con los ojos cerrados, con las manos cerradas. Se besan y a lo lejos se escuchan las murallas centenarias, derrumbándose, poblando el aire con un estruendo de argamasa y ciclones. Se tocan la piel y de los poros les brotan pequeñísimos animales dulces que miman cada rincón de brazos, caderas, muslos, un lento deambular de almíbar. Se tocan el alma y se mecen en pétalos de flores nuevas, gigantescas corolas, pistilos con embriagadores zumbidos de abejas. Se hacen uno y justamente entonces, a pesar de los coros de querubines que cantan con los ojos cerrados, del ritmo de cien palmeros presentidos al otro lado de la puerta, del calor de tres infiernos, del murmullo de un arroyo del Paraíso Terrenal, del Vesubio y del Etna, de Manhatan, ignoran que traquetean en el pescante de un tren sin regreso, viajeros a ninguna parte, refugiados en el trayecto de la soledad, habitantes de un mundo prohibido.

No pueden culpar a las serpientes.
Hablan recostados a uno y a otro lado del muro de las lamentaciones.



2 comentarios :

Magnolio dijo...


El primer párrafo me coge, el segundo me da un giro, el tercero dos. Con el resto bailo, bailo, bailo.

Tienes razón, los milagros pasan y te empapan.

Luego, a veces, viene un escritor y te lo explica ¿oyes los aplausos?

Pedro dijo...

No.
Solo me escucho las preguntas.
Y el alma bailando en una mañana plácida.
Gracias, Magnolio

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