Cualquiera diría al verte que los catastrofistas fallaron: no era el fin del mundo lo que venía, eras tú.
Te veo venir por el pasillo como quien camina dos centímetros por encima del aire pensando que nadie le ve. Entras en mi casa —en mi vida— con las cartas y el ombligo boca arriba, con los brazos abiertos como si esta noche me ofrecieras barra libre de poesía en tu pecho, con las manos tan llenas de tanto que me haces sentir que es el mundo el que me toca y no la chica más guapa del barrio.
Te sientas y lo primero que haces es avisarme: No llevo ropa interior pero a mi piel le viste una armadura. Te miro y te contesto: Me gustan tanto los hoy como miedo me dan los mañana.
Y yo sonrío y te beso la espalda y te empaño los párpados y tu escudo termina donde terminan las protecciones: arrugado en el cubo de la basura. Y tú sonríes y descubres el hormigueo de mi espalda y me dices que una vida sin valentía es un infinito camino de vuelta, y mi miedo se quita las bragas y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo.
Beso uno a uno todos los segundos que te quedas en mi cama para tener al reloj de nuestra parte; hacemos de las despedidas media vuelta al mundo para que aunque tardemos queramos volver; entras y sales siendo cualquiera pero por dentro eres la única; te gusta mi libertad y a mí me gusta sentirme libre a tu lado; me gusta tu verdad y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.
Tienes el pelo más bonito del mundo para colgarme de él hasta el invierno que viene; gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca y una boca que me mira mejor que tus ojos; guardas un despertar que alumbra las paredes antes que la propia luz del sol; posees una risa capaz de rescatar al país y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.
Y de repente pasa, sin esperarlo ha pasado. No te has ido y ya te echo de menos, te acabo de besar y mi saliva se multiplica queriendo más, cruzas la puerta y ya me relamo los dedos para guardarte, paseo por Madrid y te quiero conmigo en cada esquina.
Si la palabra es acción entonces ven a contarme el amor, que quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito.
Mi abuelo tiene una cicatriz en el estómago. Mi abuela tiene una cicatriz en el pecho. Mi madre tiene una cicatriz en la garganta. Mi padre tiene una cicatriz en la rodilla. Mi amante tiene una cicatriz en el costado. Mi vida no tiene cicatrices. Solo manchas, aceite, tiempo quemado: un rasguño.
Esmegma
se llama esmegma
había un niño con seis dedos y también
una montaña de colillas y unas revistas picantes
que mi madre encontró y destrozó
mientras lloraba
había unas gafas para jugar al baloncesto
su plástico transparente pero rígido
oprimía la carne alrededor del párpado
había unas pastillas para la depresión
que podría haber robado de la encimera de la cocina
pero que preferí contemplar como si fueran
chuches caducadas en el tarro de un ultramarinos
había suciedad entre las uñas de mis dedos y había
suciedad entre los pliegues del prepucio
que un día mi padre me enseñó a limpiar
y cuyo nombre médico descubrí más tarde
cuando busqué en internet cómo lavar el glande
de mi hijo con delicadeza vi que a aquellos
grumos se les llamaba esmegma
había un cartón de vino blanco en la nevera blanca
La antología ‘Millennials: nueve poetas’, de Alba Editorial, pone sobre la lupa a una nueva generación de poetas de España. Cada vez se vende más poesía, ¿pero cuánto tiene que ver en ello la ‘poesía de Instagram’ y cómo es esta recibida entre los autores y lectores más tradicionalistas?
¿Escriben distinto los nativos digitales? ¿Supone Internet un cambio en el contenido y la forma de los poemas, y no solo en su distribución? En La lira de las masas (Páginas de Espuma, 2019), Martín Rodríguez-Gaona defiende que, puesto que el público virtual no atiende a los viejos circuitos (editoriales de prestigio, Academia o poetas veteranos), la red habría dado lugar a lo que él llama “poesía pop tardoadolescente”, una escritura nueva que busca el entretenimiento y la identificación de sus lectores pero que no se relaciona con la tradición (tampoco mediante la ruptura, así que no podría resultar realmente original). Millenials: Nueve poetas, la reciente antología de Gonzalo Torné para Alba Editorial, viene a desmentirlo. Según el antólogo, “la red acelera los primero pasos del poeta, pero no impone ninguna marca en su escritura”.
Luna Miguel, una de las seleccionadas, lo explica así: “La influencia del mundo digital en la poesía contemporánea (la que leo publicada en papel y la que encuentro en Twitter o Instagram) no deja de ser anecdótica. Más temática que formal. Hace diez años había quien podía escandalizarse de que en un poema apareciera la palabra WhatsApp, igual que imagino a la peña conservadora extrañándose cuando se empezó a mencionar la televisión en la literatura”. “Lo que se ha transformado”, indica Laia López Manrique, poeta, coordinadora de Revista Kokoro y docente, “es la imagen de los y las poetas, mediada por las demandas de lo virtual y de lo inmediato. ¿Pero eso altera el modo en que se fragua cualquier escritura? Para mí, desde luego, no.”
En general, Internet habría modificado los hábitos de los lectores y también su manera de acceder a la poesía, aunque no la naturaleza de ésta. Pero existen algunas excepciones: poetas como Juan de Beatriz, flamante Premio Emilio Prados por Cantar qué, que han aprovechado los avances tecnológicos y mediáticos y la proliferación de mundos virtuales para elaborar su poética. En sus palabras: “Si la red es una metáfora de la totalidad de lo real, el libro de tecnopoesía constituirá un ancho espacio, donde todo tenga cabida”. Además, Juan tiene una interesante teoría sobre el acercamiento de los jóvenes a la escritura poética que podría explicar su proliferación: “El joven actual genera una cantidad de textos sin precedentes, al margen de su calidad, rigor o función. Esta ingente cantidad de texting facilita un trasvase intuitivo e inmediato entre la escritura digital (cotidiana y funcional) y la escritura literaria. El pie de foto en Instagram, esa respuesta algo más meditada de Whatsapp o la reflexión apuntada a la carrera en las notas del móvil se convierten hoy, de modo muy natural, en el germen de un poema”.
Luna Miguel, retratada entre libros en su casa en el barcelonés barrio de Sant Antoni.Alba Yruela
Si la discusión sobre si existe o no una escritura específicamente milenial ya es, en según qué lugares, tensa; en estos mismos rincones de Facebook y de Twitter los ánimos terminan de encenderse cuando se toca el fenómeno de los superventas. Durante muchos años la broma había funcionado, porque, seguramente, se acercaba a la realidad (”¡En España hay más poetas que lectores de poesía!”); pero hoy existen libros de poemas que se exhiben en los escaparates de las librerías y que despachan miles de ejemplares. Según datos del Ministerio de Cultura, en 2019 (último año que recoge el Análisis sectorial del libro 2020) se editaron un 16,7% más de libros de poesía que el año anterior. En la última década, prácticamente cada año ha marcado un récord. La poesía llega cada año a más lectores y cada vez viaja más deprisa, y esta aceleración no podría entenderse sin Internet y las posibilidades que ofrece para que circulen los textos.
Muchos de sus autores (Defreds, Marwan, Irene X) cuentan con decenas o cientos de miles de seguidores en Instagram. Una de las editoriales que más superventas acumula en su catálogo es Espasa y una de sus editoras, Viviana Paletta, justifica así su éxito: “Considero que la repercusión masiva de ciertas publicaciones tiene que ver con la afectividad y con la sentimentalidad a flor de piel, plasmada de una forma accesible”. De manera más técnica, Juan de Beatriz desmenuza estos superventas: “Una de las singularidades del best seller es la autofagia referencial, el adanismo literario y la desconexión parcial con una determinada tradición estética. El manido yo lírico ahora, ha devenido en un yo hipertrofiado, autocomplaciente y naíf”. No obstante, no considera que este sea un fenómeno negativo: “En su día, la deglución mercantilista del género despertó ampollas en el mundillo poético, porque se trata de un ámbito muy rígido. No es mala cosa que el mercado editorial haya encontrado una bolsa de oxígeno”.
También en términos de mercado, Luna Miguel, con una larga experiencia dentro del mundo editorial, se muestra favorable y desarrolla: “Como en todos los géneros, en la poesía hay producciones más comerciales, más asequibles, más virales. Esto en narrativa lo entendemos muy bien, ¿por qué no en poesía? Decía Claudio López Lamadrid, mi maestro, que de los 10 autores que publicaba sólo 1 o 2 le eran rentables, pero lo suficiente como para poder editar y promover la literatura de los otros 8. En parte, como escritores de nicho, debemos estar agradecidos a la viralidad de otras compañeras”.
Otro de los puntos más debatidos es el de si existe una transferencia de público que empiece consumiendo a los llamados “poetas de Instagram” y termine por acercarse a propuestas más exigentes. “Yo misma lo he vivido”, prosigue Luna. “Hay lectoras de Elvira Sastre o Irene X que han llegado a mí después de leerlas. Y quiero pensar que después de haber llegado a mí habrán podido acceder a Berta García Faet o a Elizabeth Duval”. Sin embargo, Laia López Manrique, en permanente contacto con sus alumnos, no es optimista a ese respecto: “Puede que haya una transferencia azarosa en algunos casos, pero no tengo ninguna confianza en que eso suceda como regla general. La literatura en la enseñanza secundaria, al menos en la escuela pública, se enseña poco y mal. No disponemos de tiempo ni de recursos suficientes para desarrollar un diálogo complejo al respecto. En ese contexto, la poesía es una hormiga que se ve lateralmente afectada, sí, pero no deja de ser un grano de arena más en un desierto”.
Elvira Sastre Jacobo Medrano
Hablar de poesía es también hablar de precariedad y de unas instituciones anticuadas, conservadoras y parciales. Por eso a Luna le molesta que todas las controversias ocurran del lado de los autores “y no sobre los nefastos sistemas de premios públicos, ni sobre la tensión entre las editoriales independientes y las grandes, ni tampoco sobre el peso de la academia sobre los que están empezando a publicar”. Laia señala que en el ámbito poético “los escritores, son quienes se ven obligados a hacer el trabajo de puente entre su propia obra y la visibilidad de la misma”. Algo cansado que nunca se menciona, y que ocurre porque “las instituciones privilegian unas pocas propuestas”. Con todo, editoriales valientes como La uÑa RoTa, Ultramarinos, Letraversal, Cántico o La Bella Varsovia (que acaba de incorporarse a Anagrama) se han consolidado como alternativa al “agotado paradigma editorial clásico” que “no huele ni de lejos las nuevas derivas estéticas de la poesía joven española”, en palabras de Juan.
Pero el mundo de la poesía también sale de sí mismo y se asoma a la realidad sobre (y desde) la que escribe. Siempre se podrán encontrar dos vetas: la de algunos poetas dedicados a revelar la oscuridad de las cosas mediante intuiciones, hallazgos y figuraciones existenciales y la de otros más atentos a su entorno, decididos a intervenir social o políticamente. Se podría decir que las poetas de este último grupo han alcanzado notables éxitos en los últimos tiempos, anticipando la centralidad del feminismo, practicándolo durante su actividad poética e incorporándolo a su discurso. Viviana expone: “La poesía es movilizadora, individual y socialmente. La verdadera poesía siempre ha cuestionado el estado de las cosas, los valores dominantes en cada tiempo. Y fue así en el feminismo, en el que tantas poetas se adelantaron a una lucha que hoy interpela a todos; y lo veo ahora en la ecopoesía o la escritura migrante: movimientos poéticos que llevan a un nuevo saber y al compromiso en muchos casos”.
El del feminismo es el caso paradigmático, el mejor ejemplo de cómo la poesía contemporánea puede alcanzar la conciencia de sus lectores. Luna confirma que la poesía permite intervenir en el debate público (además de generar debates íntimos), y de paso, para terminar, ofrece unas cuantas referencias: “Estoy convencida de que la poesía permite llegar a esos lugares. Al menos en la cuestión feminista, confío en los despertares que hayan podido causar Audre Lorde, Adirenne Rich, Forough Farrojzad, Anne Carson, Koleka Putuma o María Salgado”.
Nos conocimos en el trabajo. Celia era seria, reservada, apenas se relacionaba con nosotros. Tampoco con las chicas del turno de tarde. A los del taller nos llamó la atención su melena pelirroja. Sobre la Fenwick colocaba los palets en los estantes superiores con una gran habilidad. Paco siempre se burlaba. Te mira –decía- te has enamorado. La verdad es que me gustaba. Un día, en el descanso de las once, nos tomamos un chocolate en la máquina del vestuario. A partir de ahí comenzamos a hablar. Los martes, a la salida, íbamos en mi coche hasta el centro ya que ella asistía a unos cursillos de no sé qué. Hicimos una buena amistad.
Aquel fin de semana Juan y Luis, mis compañeros de piso, pensaban ir a la sierra. Aproveché para invitarla a casa a tomar unas pizzas. Veríamos unos vídeos o jugaríamos a la play. Insistí desde el martes y el jueves estuvo de acuerdo. Dijo que ella se encargaba de las películas. Esa noche del viernes estaba muy nervioso. Me encargué de ordenar la sala, pasar el aspirador y recoger todas las revistas. Incluso bajé al Eroski a comprar un spray de ambientador. Celia vino muy guapa con unos ajustados pantalones de cuero negro que hacían juego con nuestro sofá. Tomamos una cerveza y nos reímos hablando de Paco. Luego nos sentamos frente al televisor, no muy juntos, la verdad. Ella había traído “When Night Is Falling”, una película canadiense del 95. Mítica, dijo ella. A mi me parecía un rollo, lenta, aburrida. Hacia la mitad la cambió por un DVD, “Lazos ardientes", esta del 96. La trama era parecida y de pronto Celia suspiró, se levantó y telefoneó con su móvil a una tal Carmen. Estuvo más de media hora hablando sentada en mi cama. Mientras, me dediqué a ver el partido de pelota, muy entretenido por cierto. Cuando iban 21 a 13 volvió, con los ojos como de haber llorado, me pidió disculpas y se fue. Después llegó el repartidor de pizzas. Me las comí, sólo, las dos. Y me bebí cuatro cervezas.
Ahora, los martes, Celia baja al centro en autobús. Nos saludamos, pero no hemos vuelto a tomar juntos un chocolate. El otro día, al cargar un camión, se le soltaron las maderas del embalaje y rompió una pieza importante que habían fabricado para Renault. Además se ha cortado la melena pelirroja y le sienta de pena. Ya lo dice Paco. El sábado me iré con él, con Juan y Luis, a la sierra, espero que no haga mucho frío. Qué rabia.
Como te decía, era de Burt Lancaster, no recuerdo el nombre de
la peli. El malo se acercaba entre las sombras de la noche a la puerta de una
catedral, miraba a derecha e izquierda y con un cuchillo dejaba un mensaje
clavado en la madera. Al llegar la luz del día los guardias del conde se
agobiaban, desclavaban el papel, lo llevaban al castillo seguidos por niños
desarrapados y mendigos varios, los trompeteros tocaban las trompetas (claro,
¿qué van a tocar?), el bueno de Burt y su amigo el mudo daban volatines y
trompazos a los soldados atontados, la chica estaba de mojar pan (con aquel
escote…), a lo lejos llegaban refuerzos a caballo, creo que del rey (no
recuerdo qué rey, el de bastos, por decir alguno) había un desfase histórico y
era en technicolor, los chavales alborotábamos en el paraíso (no en el
terrenal), las chavalas no y al final lo menos importante era lo que decía el
mensaje porque el conde no sabía leer, creo que nosotros tampoco pero lo
pasábamos muy bien y luego esperábamos a las que no (esas chavalas que decía) y
les invitábamos a chicles y paseos y ni siquiera teníamos pelos en las piernas
aunque sí en la cabeza y en el contraste está(ba) la gracia aunque después nos
hicimos mayores y ya entendimos que el medio era el mensaje o eso dijo Woody en
la fila (cola) para entrar a un cine de Manhattan y procuramos adaptarnos al
medio, o sea cómo nadar, que según sea el caudal (del citado medio) hay que
saber utilizar el estilo braza o la mariposa, un suponer, que en Karraspio
nadaba a mariposa nada más que para mariposear (Encarni me miraba desde la
orilla, Encarni sí, no todas sí, más que nada por la época y perdona que me
extienda en lo de siempre, en el sí) y en las piscinas segovianas nadaba a
estilo libre (es decir, como quería) y no hacía olas pero si aplaudían, que en
eso siempre he tenido suerte, en el cariño recibido (también en el otorgado
¿eh?) eso que soy tuerto (pero solo de un ojo) así no me nota el estrabismo, ni
el reuma, que el tiempo pasa y aquellos polvos trajeron estos lodos y me
patinan las ruedas, me patinan más cosas pero esta es una página autorizada
para todos los públicos y no es cosa de escandalizar a los lectores que, por
cierto, siguen siendo tan inconscientes y tan amables de seguir viniendo y,
oye, que te estimula, que te quedas más ancho que largo, háztelo mirar (girar,
tirar, virar, yirar –lunfardo-) que quizás estamos intentando llegar a la luna y
resulta que Eldorado está en Cuenca (un suponer). Por cierto, estoy mirándome,
lo mío (y no me encuentro). Resistiré.
A Russian soldier in the Reichstag surrounded by walls covered in Russian graffiti, the Soviets having left their mark on the Third Reich’s headquarters. May, 1945.
Se lo contaba a él, al mentiroso, al traidor. Me lo imaginaba enfundado en un uniforme, no sé de qué, de guardabosques solitario o de vigía de ciclones, de coronel de infantería o de farero en algún puerto de la Mancha, yo qué sé, algo de respeto, con gorro de plato y mallas negras, con cara seria , con la elocuencia de los dedos y el silbido, tanto que al intuirlo mis pájaros huían desde los zarzales hasta un cielo que les traicionaba en su contraste de luz –caían abatidos, claro- , y los pequeños roedores ni te digo, esos sí que no tenían posibilidad de fuga, ahí estaban, con los brazos en alto, contra el muro donde, mirando el más acá sabiendo que el más allá es privilegio de los grandes saurios, de los hipopótamos bailarines y a pesar de todo contaba cosas como estas al tipo aquel, tan serio, tan falaz, que no merecía más tiempo. Sin embargo.
Parker trata de poner en orden su cabeza llena
como el Bazar de las Especias en Estambul. Deja correr lo que siente, mira
desde una torre, ansioso, revolcándose en la monotonía de su vida,
tratando de saber que hay debajo de la alfombra que cubre la realidad del suelo
que pisa. Baila, zapatea, salta, levanta los brazos, da volatines, cae sobre
ese oscuro suelo y se levanta, tantas veces como cae, se levanta. Busca un
agujero en la pared que le lleve a otro lado, ahora sabe que hay otro lado.
Entra en un territorio oscuro y una bestia de incertidumbre le muerde con saña.
Le avisan que hombres armados han sido vistos a la altura de la avenida. No
huye. No se enfrenta. Muere en un paredón disparándose a sí mismo.
En estos últimos meses Parker se altera, está
alterado y escribe, ciego, tanteando el espacio, está buscando, aún está
buscando, con su candil escruta en la oscuridad de tantos días, lleva una linterna
en la frente y se introduce en sus propias simas, en las profundidades de sus
deseos, en la exploración sistemática de sus cuevas más allá de lo consciente.
Imagina, sensible, herido de amor, convaleciente, se debate en su sí pero no,
se escuda detrás de una catarata y mojado escribe y sueña, escribe con los ojos
de su cerebro escrutando los signos porque sabe que jamás, jamás, será lo que
era. Todo eso le tiene intranquilo, inseguro, con ansiedad, pero no tanto como
para perderse en este esbozo de la primavera. Suben las temperaturas y Parker se mete en el río, debajo del puente
en el que se refugia de los rumores, de la incomprensión, de él mismo. (Vamos a
dejarle ahí que menuda avería tiene este señor)
Quiero
creer que quién (me) lee comprende estas cosas que escribo.
Que caminé un día hacia donde empieza el arco iris, que me vestí de mí mismo y
la vida empezó entonces, sin yo saberlo, cuando creía que volvía, ya, cuando no
esperaba sino sol, silencio, agua tibia y soledades.
Quiero traducir emociones que me duelen.
Lo malo de subir es que la caída – siempre te caes, siempre- retoma al que
dejaste, al que no eras, te rompe las piernas, te destroza, te deja inválido,
inútil, arrastrándote en tu propio desierto, desamparado...
Me faltan palabras –y tiempo- para seguir llorando.