Viktor Zaretsky - August (1975)

sábado, 30 de noviembre de 2019

No Vinicius

Fred Boissonnas


El gobernador no prohibía los carnavales y en marzo volvíamos disfrazados, no sé, de quién no éramos, de cantante resfriado o de pirómano, de Keith Moon, de pordiosero, de recaudador de impuestos, de vigilante de papeleras.
Nos dormíamos por las esquinas sin viento pero interpretábamos aquel sopor como un enigma.

 Con Vinicius queríamos que todo aquello fuera infinito mientras durase.

Llegó abril y la letra maldita se me quedó en la punta de la lengua y no, ya no las sutiles posturas de pupilas, el milagro de los cuerpos poéticos y decirlo bien, deslizar el pulgar por su humana geografía hasta detenernos en el luminoso punto en el que la vida se convertía en la vida. 

Nadie contó desde entonces los días de soledad, aquello se convirtió en hambre de rimar ladridos.

Mayo vendrá con el golpeteo de las contraventanas que ocultarán la luna y la esperanza.

A nadie le importará.

Porque entonces llegarán los generales y el subir y bajar del telón de la libertad. Se cerrarán las fronteras al tráfico y al tránsito, se prohibirán los disfraces, todos seremos quién debemos ser, pintarán el aire de gris, morirán los girasoles y en la garganta nos quedará el agrio sabor de no haber podido transformarnos en otros, ajenos al paso marcial, sin cambiar comas ni puntos aparte, encarrilados.

Lo mejor es que ha parado de llover.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Voy

                    
Ballet Society, 🗽, 1948
© Irving Penn


 Lo que lees no es lo que he escrito, nos comunicamos en lenguajes diferentes, en planos diferentes, tú eres así y yo soy asá.
                     Algo así, sí.
                     Doy vueltas y vueltas sobre un vértice que me sale del ombligo.
                     Te miro y miro y escucho lo que escuchas.
                     A veces no sé a qué música te refieres.
 Dejo el reflejo de un espejo viejo.
                     Una sombra se cruza, se junta con otras sombras
                     En el fondo entiendo que esto no es lo que parece (ni por asomo)
Nunca lo ha sido: salimos en silencio de la reunión y esto es lo de hoy o lo de mañana (depende, de momento, de mi voluntad).
                     A nadie le importa, ni siquiera  a mí (no es cierto) .
                     Esto de hoy (lisa y llanamente) es la incorpórea superposición de un poeta de no sé qué isla, el repentino frío de noviembre, tanta lluvia  y cuatro flores de achicoria en un búcaro gentil.
                     Lo siento, alguien está tocando en el cristal, ¡voy!

jueves, 28 de noviembre de 2019

Entonces

Illustration by Robert Maguire, 1955


Tú, ¿cómo estás?

Escribo entonces y dentro está el mundo, digo  y solo en la S hay un universo, no digamos en la I,  susurro “estoy aquí” y por un oído le entra y por otro le sale, olvido de un tiempo de guerra, de ejércitos rotos, de rendiciones y espadas quebradas, de banderas quemadas, de decir lo que es y lo que no ha sido, a nadie le importa, a ella, ¿le importa?, ¿qué le importa en realidad?, ¿qué es la realidad?, no era esto, ¿qué es esto?, ¿quién somos ella y yo?, ¿aún somos?, ¿alguna vez lo fuimos?, pasan los días y los años y la vida y se mueren alrededor, los amigos, los de entonces y los de ahora, ¿cómo estás?, ¿duermes bien?, ¿sueñas?, ¿tiemblas escuchando Vincero?, ¿has olvidado besar?, ¿se estremecen tus muslos?, ¿gimes?, ¿lloras a menudo?, el amor es una planta que anida en el pecho, algo así, qué tontería, ¿amas?

Entonces…

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Ella y yo

Max Ernst & Dorothea Tanning, New YorkDate:
March 20, 1947 © Irving Penn


 

Ella.
Y yo.

Tuerce los labios en líneas retorcidas, alrededor de sus ojos se forman caminos de alegría, se llenan los días de gorriones, ha visto llegar la primavera, ha estrenado un vestido, dos ilusiones, un proyecto de ser ella y otra y tantas y jugar a recordar la que fue y las calles que recorría y las sombras en la frente y un amanecer que compartimos y una estrecha cama otra noche perdidos en un tiempo que no quiso ser nuestro y los encuentros en esquinas imposibles, calor de agosto en calles desiertas, una playa oscura con dos perros negros, un poema sin terminar, un libro sin empezar, quince canciones en una casete rota por el uso, un adiós perdido entre las páginas de un libro.

Ella y yo.

martes, 26 de noviembre de 2019

Número 69


Juan Navarro Baldeweg


Antes de la partida, con el viento sur, el humo rojo de las chimeneas de la Fábrica alborotaba el patio. Los armarios y el teléfono estaban mudos, llovían paraguas sobre las alfombras de flores y voces. Con la prisa olvidé la brújula sobre el mantel de cuadros. Me tatué el número 69 en la frente y salí a la vida.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Número 59


Juan Navarro Baldeweg

Fotografías en blanco y negro de los puentes rotos sobre el rumor del agua. El amor nacía en el borde de una falda, en la curva de unos hombros, en mis dedos torpes que hurgaban ciegos. Pellizcábamos los himnos, detrás de las grúas nos desafiaba la otra orilla. Todo esto allá por el número 59.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Número 49


Juan Navarro Baldeweg

Ya no recuerdo que pasó en el número 49, excepto que siempre hacía viento y que no había un lugar donde sentarse. No habíamos nacido, la ciudad era gris y negra, serenos ebrios se apostaban en las esquinas y las calles estaban surcadas por ráfagas de estrellas. Tal cual.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Número 39

Juan Navarro Baldeweg


Humeaban aun las casas de la ribera, los ejércitos crédulos se perdían carretera adelante, cansados, hastiados de muerte, saqueados ya el granero y la tez de las niñas llorosas en los balcones. Los días colgaban lentos, perdidos entre el hambre y plegarias. Era el número 39.


viernes, 22 de noviembre de 2019

1890


La Gran Huelga Minera de 1890. En los Orígenes del Movimiento Obrero en el País Vasco 

Ricardo Miralles 

Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

jueves, 21 de noviembre de 2019

Equilibrista desequilibrado



Estaba aquella tarde en un ir y venir de pensamientos, todo muy loco.
Asomada a la ventana de la casa de enfrente una bella mujer me sonreía y agitaba sus manos. Me sorprendí al ver sus delicados dedos. Hablamos de balcón a balcón. Se llamaba Isabel y había venido volando desde una tierra verde de manzanas y peces, de montañas y genios escondidos entre las rocas.

Quiero lamer tus uñas –dije- y el nácar de tus dientes
Ella contestó: “ven, salta, sáltate”.

Medí la distancia, el muro del tiempo, el grosor de los cristales, la longitud de su risa, la lluvia de nostalgias que caía haciendo peligroso cualquier intento de asomar la cabeza al vacío sobre la calle que no cesaba de acumular bocas que gritaban, que llamaban, que decían cosas inconexas –cuchara, frío, oh, amarillo, crepitar, amabilidad, interferencia -. Me decidí por la cuerda, atada de ventana a ventana -¿dónde he leído esto?- con doble nudo marinero. Miré al cielo, me santigüé con la zurda y comencé el tanteo de equilibrista con los pies desnudos, la frente marchita y los ojos haciendo balancín sobre el hueco de las aceras que aplaudían el valor del miedo, el riesgo del volatinero, la audacia del inconsciente. Sudaba, sentía el salado sabor en la comisura de los labios, frío en los tobillos, advertía que a cada uno de mis pasos, Isabel y sus brazos estaba más lejos. Por eso salté, de cabeza, sin alas, girando en el aire en tirabuzones de trapecista herido, de pájaro escopeteado, de hombre lastrado por dolores de hombre.

Ahí quedé, sobre el asfalto, con los brazos en cruz, un hilo de sangre saliendo de la nariz torcida, una nube de espíritu Zweig, un hervor de meninges consumidas, la desilusión componiendo vendajes descompuestos. Caí, morí me levanté y a empezar de nuevo.

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