Viktor Zaretsky - August (1975)

jueves, 9 de mayo de 2019

Fahrenheit 451


Fahrenheit 451

Ray Bradbury.


Era estupendo quemar

…Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía…


Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosén o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

Prefacio de Ray Bradbury, Febrero de 1993



Estoy de acuerdo. Me he apuntado a un curso de esos, bomberos que queman libros. No valen para nada, los libros, no lee ni dios. Mejor fotografías, de lo que como, de lo que bebo, de cómo me visto, me maquillo, de con quién me acuesto y con quién me levanto, la Virgen María y el Espíritu Santo. Fotos de puestas de sol, de amaneceres, de perros, de gatos, de flores, de gusanos, de los viajes, que no salgan viejos, de lo bello. Etcétera. Esta mediodía ya he quemado uno, Cien años de soledad, en la bañera, cómo ardía. Mañana más. Nos han prometido que al final del curso quemaremos la biblioteca municipal del pueblo. Qué ganas.    

miércoles, 8 de mayo de 2019

Jonathan Franzen


Dice Jonathan Franzen  que “el arte es el lugar del perdón".

Comunicarse en un arte nada despreciable, lo que no sé es quién debe conceder ese perdón. Y a quién.

Por si acaso, ego te absolvo.




martes, 7 de mayo de 2019

Carta




Queridos padres y hermanos:

Que ya he llegado. Espero que al recibo de la presente estén todos bien, yo como les cuento.

La primera consecuencia que saco desde que estoy aquí es que no tengo mi puta idea del ser humano, ni de los otros ni de mí mismo, como si hubiera estado viviendo en otro planeta. En realidad creo que he vivido en otro planeta, con reglas absurdas y finales más que sabidos, con líneas tan definidas que uno sabe de dónde viene y dónde va, del más absoluto aburrimiento a la rutina más gris, a la nada, una mierda.

No sé muy bien cómo explicarlo, a uno le nacen (gracias, madre, gracias, padre) y le enseñan diferentes  cosas y uno se las cree y las sigue a rajatabla, esto es así, esto otro asa, año tras año, debes ser honesto, honrado, trabajador, paciente, la vida es como es, debes ser legal, fiel, un buen chico, una buena persona, un buen todo, debes creer lo que no has visto, lo que no ha visto nadie, lo que pasó en un tiempo en el que no había ni relojes, ni móviles, hostias, pero ¿qué pasa? soy gilipollas, me lo he creído todo durante años y años. Hasta que he llegado aquí, que esto es muy grande, como desparramado, una ciudad unas mil veces el pueblo, el nuestro, pero sin vacas.

Luego sigo que ha pasado no sé qué en unas torres muy altas al sur.

Vuestro hijo y hermano.


lunes, 6 de mayo de 2019

La última palabra

“No tenía claro si al público le interesaría. El mercado había cambiado; ahora había más escritores que lectores. Todo el mundo hablaba a la vez y nadie escuchaba, como en un manicomio. Los únicos libros que ahora leía la gente eran sobre dietas, cocina o gimnasia. La gente no quería mejorar el mundo, sólo querían mejores cuerpos.”

La última palabra
Hanif Kureishi
  



He leído otros libros de Hanif Kureishi (El buda de los suburbios. El libro negro). He visto la adaptación al cine de alguna de sus obras (Intimidad. Sammy y Rosie se lo montan. Mi hermosa lavandería). Me gustaron. Este “La última palabra” no demasiado.

Podía haber sido una gran novela pero el oficio de Kureishi no vence a su desgana, tiene buenos momentos pero no acaba de atrapar al lector (al menos a mí que quería terminarla cuanto antes). Se me ha hecho pesada, algo tramposa, con trucos fáciles (los pasajes con sexo ayudan pero aburren sin más) y personajes sin definir o poco aprovechados. Una decepción.

domingo, 5 de mayo de 2019

Repetimos.



Un poema, quiero escribir un poema de otoño, hablo y me invento este parlamento atropellado desde un mirar de gavilanes, colgado cabeza abajo de un puente sobre un paisaje ciego y sentimental, hablo y cuento para que no llenen mis palabras las arcas aburridas, quiero escribir este poema pero los poetas están en conciliábulo, reunidos en una esquina rimando y discutiendo, no me hacen caso, les pido una frase sobre la aurora, sobre las lágrimas del pelícano, sobre buques partiendo de muelles convertidos en alamedas, ni me miran, siguen buscando palabras como incendios, frases estremecidas, iluminadas, propagándose en rumores, consumándose en temblores, placer de atrapar una mirada atenta, retorciéndose las manos con suspiros, los que yo busco, una mirada en un habitación iluminada por velas, ella recostada sobre la cama que ocupa el centro, mi poema como algo que no es, como algo que no sabré dibujar, mi cabeza en un túnel, al extremo de una canción griega que no entiendo, que habla de caricias entre mujeres, laguna sensual en una voz ronca y sin embargo clara como una cascada, excitante brazo desnudo que levanta la sábana y descubre el mundo, mi memoria se convierte en piedra, se despiertan vientos de magnolias y jaulas, mi poema no será nunca un poema hasta que no me quite la venda de los ojos y me acerque a la verdad, delicado como un acróbata, como un equilibrista avanzando por el cable de acero de mi deseo, un cuerpo insinuado a los puntos cardinales, sin norte, sin este, sin oeste, solo el sur de su sexo, bebiéndome el rocío de sus muslos, deslizándose mis dedos por el aire manchado de gemidos rojos, ven, me decían y quiero llevar el himno del hambre, de mi ansiedad desde el cenit al nadir, de mis manos acostumbradas a modelar la soledad de las noches sin ella, de la agonía sin ella, resbalando en estrellas que murieron hace siglos, bordando amaneceres a su lado, con cantos de pájaros desconocidos rompiendo la mañana, con una espalda sudorosa acunada en mi pecho, con nuestros destinos atrapados por cadenas que nos impedían subir a respirar el aire sobre la tinta del mar de jibiones, el mar de Elantxobe, olas como tarjetas postales, rincones bajo la roca donde no cae la lluvia, barcos anclados, marineros jugando al mus en la taberna de R, con sirenas pintadas en los brazos, con blasfemias saliendo por las ventanas que dan al puerto, peces hirviendo en la pleamar de la madrugada cuando todos duermen, ella y yo amándonos en la habitación junto al frontón, con cuadros de dirigibles alemanes y las velas consumiéndose, la gramola con discos que compré en Florencia y tangos que canta Goyeneche, cubrir su cuerpo con pañuelos de seda, besar cada flor pintada en ellos, acariciar su espalda, sus cicatrices de amores perdidos, invisibles tatuajes en el alma de los hombres que la hirieron, mutaciones de exaltación, besar sus pies de escamas, lamer su cuello como un caballo excitado, prisionero en su ombligo, en el hueco de su nombre, no sé como se llama, le llamo ella y escribo este poema de otoño que nunca será, que no es, que no sé, que perdí la voz en despedidas azules, la verdad, que decía verde y era verde y ahora digo aurora y llueve, digo manzana y las palabras se rompen en jirones, apenas sostenidas por bramantes dorados, geografía de su boca que puedo dibujar en el aire con los ojos cerrados, puedo coser las líneas de sus caderas como si fuera el contorno de la isla donde busco a Viernes, beber licores de frases y verterlas en su boca abierta, ansiosa, su lengua en mi lengua con alcohol, ordenarle que abra las piernas, frase ritual, enérgica, aprisionar su cuerpo pintado a lápiz, tomar su rostro entre mis manos, decirle altares y casullas, palabras sucias y dientes mordiendo la blancura de sus hombros, sus labios finos como una equivocación, entrar en ella, esclavo vertiginoso, braceando en el cauce entre sus piernas que me atan y me atraen, que me aprisionan con ternuras hasta que el deseo es tan intenso que deliro y veo en ella una diosa, un animal ahíto de gemidos, la mas alta criatura, un milagro arrodillado, que se tumba y turba, que se inclina, que me succiona y besa, que se vuelve doncel, que se ofrece, pide, ruega, exige, otra vez, aquí, sin reposo, que señala, que dirige, que toma mis sienes y me rompe la cabeza en tres pedazos, que no me importa ya que lea este poema o teja rayos de maldiciones sobre el recuerdo de mi garganta con su nombre atravesado, nombre que he olvidado, que he borrado de las paredes, de los mármoles, tiro una a una las columnas, tiré el templo, no miro atrás, sobrina de Lot, y puedo ya sentarme en el sepulcro y pintarlos de plegarias a los vivos, a los que corren conmigo en las riberas, compañeros acuáticos, nadadores de piscinas abiertas al recuerdo adolescente, mi padre nunca venía a verme, bañadores ceñidos y me gustaba mas el pliegue junto al ombligo que las marcas en cien metros, los record, imán de cuerpos mojados, tablero de un ajedrez donde siempre gana la muerte, esfuerzos inútiles por saber, saltos desde un tablero que se borra y ya no hay reglas, paracaidistas ametrallados antes de llegar al suelo, pasillos con candelabros y camino descalzo junto a príncipes agrícolas, labriegos sabios disfrazados de magos, pensamientos colgados de un cuerno de la luna, caer por un acantilado de rocas transparentes, un cable que lleve electricidad hasta la arena, entre caracolas y estampas de vírgenes mojadas por la pleamar, regueros de sangre, idiomas olvidados, barcos hundidos frente a la isla, ancianos desmemoriados, digo poema y digo no puedo, digo poema y digo cabalgata de frases como rosas blancas esparcidas en las cabelleras de vírgenes sacrificadas en el altar de la conveniencia, huérfanas vendiendo cerillas en los portales de mi voz de hombre, me besas ¿me quieres?, y no era eso, no lo era, alambres de dedos poco hábiles, la hija de la panadera, la sobrina de la portera del doce, la hermana del gordo Juan, golondrinas en llamas, colchones en el cuarto de atrás, boxeadores que murieron en África, hermosura de las nostalgias arrastrándose como toros majestuosos después de la pica, galopando como corceles con sudor en el lomo, con espuma en los belfos, con mi garganta herida de gritar en dialectos nuevos el nombre imposible, el que he olvidado, botellas de vino enfriándose en la ventana para cualquier celebración imprevista, paraguas defendiéndonos del sol que no calienta, cerebros girando en el ojo de un huracán, un termómetro de mercurio en la axila, enfermo por comer tantas cebollas, todos los secretos guardados bajo la barba blanca que define al pastor herido junto al abrevadero, vacas junto al arroyo helado, bueyes escépticos conversando con astrónomos, los recuerdos atropellados en un almacén con las puertas descerrajadas, fatiga en los párpados, un planeta escribiendo nuestro destino y perdiéndose después en los archivos del nigromante siniestro, las amigas (las amigas de mis amigas no son mis amigas) echando sal en mis campos, la enfermera amaestrando vendajes en el alma mientras el diluvio nos obliga a construir un arca nueva, mas grande, inmensa, no caben tantas emociones que se ahogarán sin remedio, no caben las monedas falsas, los sentimientos equivocados, los amores que no fueron y se pierden como estelas en el amanecer del abra, paseos románticos junto al abismo y aquel perro negro que nos impedía pasar, no ladraba, nos miraba con ojos de fuego y rencor, una mirada siniestra como la de un diablo hirviendo entre cazadores extraviados y pájaros con el pecho rojo ¿cómo escribir un poema? ¿cómo sacarlo de mi alma llena de preguntas? mi poema imposible, el que nunca escribiré, abrir el silo de agravios, rebaño de gacelas sensibles saltando entre las zarzas, vendimia apresurada en las viñas de lo que era, del orgasmo de anoche como un astro colgando en un cielo nuevo, cosecha de ternuras, lavar mis manos impuras en la mirada que perdona, con jazmines en el balcón perfumando las noches de Bilbao, explorador entre el campo de espigas de lo imposible, recolectando un amor sin testigos, ocultos, escondidos, tumbados entre la mesa y la ventana cerrada a los murmullos del patio, a los ladridos del parque, a los párpados de la mañana, se me ha cerrado el pecho, se me ha cerrado, ha muerto mi poema, ha muerto y son vanos los esfuerzos para insuflar vida a estos versos tristes, suspiros y relámpagos, aerolitos que dibujó en el cielo el dedo de un dios ahora dormido, este poema es una fuga, es huir sin testigos benevolentes, correr hasta donde la tierra se acaba y comienza la nada, ahora que acabo entiendo que esto es también una queja, un ejercicio diestro con el bisturí, una oración, meses agitados que se posan en un tonel y respiran, un agujero en el pecho, una cuchillada en el vientre, estar otra vez desnudo en el borde de un intento, un rebaño de bocas hinchadas de besos, un meteoro que se estrella en la pared, ay, la poesía estaba antes que este poema de otoño que no sé terminar, que releo y veo que me quito la camisa y se me marcan los huesos, no el alma, que me pierdo en preciosismos y no digo, que me miento, que no grito, que es un juego de luces, un engaño, un querer y no saber, un artilugio, un intento fallido con juguetes, con mentiras que me creo de tanto repetirlas, vaho en espejo, cortinajes, reflejos en el agua turbia, impotencia, carrera absurda por mantener este espacio cada día, pueril orgullo, pavos reales, laberinto de ideas contrapuestas, soplar el candil, que nada cambie, refugiarme en lo que sé, no asumir riesgos, continuar sentado en lo cómodo, dejar los cajones cerrados, tener miedo, en fin, brujulear por no enfrentarme, por no mirarme a los ojos y hasta aquí, otro día, otro, el tiempo pasa, quizás haga falta morir para estar vivo, todo está dicho, ser o no ser ¿ves? no hay nada nuevo, se ha roto mi poema y no sé seguir, se ha roto, es hora de empezar el final, aquí os espero.
Fin

sábado, 4 de mayo de 2019

Ya sé lo que me dices.



Cada día es diferente y el mismo, vivimos como si no pasara nada pero pasa, sí, usted y yo lo sabemos pero miramos para otro lado y así avestruces y nosotros podemos seguir, atentos, claro, por si acaso. Hubo tiempos mejores, va, peores, bueno, ahora hay lo que hay y aquí seguimos, a pesar de todo, de tanto. Por eso.

viernes, 3 de mayo de 2019

Lo de mañana.



Para esto de ahora, cada día preparo lo de mañana, pero nadie sabe si habrá mañana. Aun así me aplico y busco entre aquello que fue y entre lo que es, algo sale. La memoria. La curiosidad. La constancia. El absurdo de creer que sirve para algo, esto (no te rías). El absurdo de creer (aún, con todo). El absurdo (y sin embargo).

jueves, 2 de mayo de 2019

Il Mattatore



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

(Cesare Pavese)


Al lío. Recordaba hoy, o ayer, o un día cualquiera,  a Vittorio Gassmanil Mattatore, en aquellas Rufufú, Il sorpasso, Profumo di donna, magnifico actor y director de teatro y cine, rapsoda, hombre culto, uno de los mejores actores italianos. No sé porqué recuerdo a este señor, últimamente tengo una tendencia a recordar a los muertos e ignorar a los vivos, yo qué sé. Pero, escuchen, escuchen que bien recitaba a Pavese  (otro que tal, qué triste, qué señor más triste)  





Verrà la morte e avrà i tuoi occhi-


questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola,
un grido taciuto, un silenzio.
Così li vedi ogni mattina
quando su te sola ti pieghi
nello specchio. O cara speranza,
quel giorno sapremo anche noi
che sei la vita e sei il nulla





Per tutti la morte ha uno sguardo.


Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,
come ascoltare un labbro chiuso.
Scenderemo nel gorgo muti.



(Cesare Pavese)

miércoles, 1 de mayo de 2019

La parusía



Un momento, que no se mueva nadie, mi psiquiatra (que no era mío) decía que lo absurdo lo dominaba bien (yo) y que me dejase de malabarismos ideológicos y filosofía de manual, que me centrase en el surrealismo. Pues bien, aunque he dejado las sesiones voy a seguir sus sugerencias, que no consejos, que me leía en la forma y el fondo le parecía bah, un porqué mal puesto, o un acento, las comas, un/a pelma, ciego/a, sin sentido del humor (tampoco me extraña, vaya trabajo, tampoco le falta, está el personal muy necesitado, que le escuchen y le digan y le salven). Por eso necesitamos la parusía, la astrología, una romería. O algo. No sé. 

martes, 30 de abril de 2019

Disciplina

Fotografía: Dena Flows



Durante mucho tiempo hice lo que debía, con disciplina, era lo que era, no sé si fui afortunado o estúpido. Ahora, dentro de lo que puedo, intento hacer lo que quiero, aprendo en el ocio y en la contemplación, en el intercambio y el diálogo, en la escucha atenta de la naturaleza. Hay veces que pienso que me estoy quedando sordo, otras que ya me he quedado. Voy a volver al rock y que me quiten lo bailao.

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