Viktor Zaretsky - August (1975)

martes, 8 de mayo de 2007

Carta del amante con luz de primavera.

“La escritura, al igual que el pensamiento probablemente, es un archipiélago en el que sus islas, a pesar del vacío que las rodea—o, tal vez, gracias a este vacío—, guardan siempre una relación entre sí.” (Enciclopedia del crepúsculo.

Rafael Argullol)


Me he despertado y de pronto es primavera, tú duermes a mi lado y los nadadores contemplativos bracean en copas de helado, chapotean en la vulgar candidez de creer que ya no te amo como antes. Y antes es un delfín saltando en el océano azul detrás del espejo de azogue insumergible en el que nos miramos desnudos, abrazados, victoriosos sin haber luchado, temblorosos aún de tanto sentirnos en los recovecos del alma, como una ciénaga oculta bajo la sábana amarilla.
Me acurruco entre tus piernas, herido narrador de cuentos, con las cicatrices nostálgicas brillando ante tus ojos dulces que todo lo ven, que todo lo desmenuzan y analizan. Cálmame, amor, con tus dedos que destensan cada fibra de la ansiedad anidando, otra vez, bajo los músculos vulnerables de mis deseos volubles.

El almuédano llama a la oración, allí donde crecen los árboles de incienso, donde llega el viento cargado de la húmeda inquietud de imaginarte. Si un día mato a este dios y me pierdo en las calles del pecado, búscame hundido en la arena del desierto de no verte, en las colinas donde pastan los dromedarios. Libera al gallo, a la tortuga, al caballo solitario, deja tus redes perdidas en los caladeros agotados y búscame en los vergeles, bajo un eco de luz, ensartado en el tridente de una mujer tocada de hiedra y pámpanos, con un penacho de plumas de avestruz en la mano.

Y tú me dices sí, tú me dices no, y luego nunca lo hablamos.



lunes, 7 de mayo de 2007

Club.


Me gusta la imagen de que el novelista es como el titiritero en el guiñol; ha de permanecer siempre oculto, y si lo ves, se destruye el espectáculo. (Alaa al Aswany)


La añoranza me mataba. H de viaje. Qué sarcasmo. Ni una carta, ni una llamada de teléfono, ni un estoy bien, volveré pronto.
Por eso decidí volver a lo de Emilio.

El bar seguía oscuro, con música imposible y Laura, la cicatriz de Laura.
Al final de la barra dos hombres oscuros hablaban con la mujer del dueño, costaba imaginársela delante de un juez, de un cura, seguro que no estaban casados, a nadie le importaba, ni a ella, su precio era el mismo con o sin anillo.
Laura ni giró la cabeza, dejó la cerveza frente a mi, sin mirarme, la espuma derramándose por el mostrador, toda su atención al lloroso anciano contando de su mujer enferma, los dolores, que ya no, para eso mejor morirse.
La encaré sin disimulo. Un accidente de coche, el navajazo de un amante despechado, la botella rota de un borracho, la cicatriz le cruzaba el rostro desde la frente hasta el labio superior sin alterar su belleza sucia, mis deseos de poseerla otra vez. Digo poseerla y digo comprarla, digo poseerla y digo lo imposible de recibir otra cosa que su cuerpo, ni una sonrisa, una palabra, su mano abandonada en mi nuca.

La noche sigue. Y la añoranza. El viaje. El dolor de la ausencia. El viejo se va. Laura, indiscreta, me hace el gesto del dinero con los dedos. Asiento con la cabeza, humillado. El cuarto, con olores, frío, una bombilla roja ¿qué hago aquí? entra al lavabo, vuelve, lávate, tumbada se quita la ropa con apatía, abre las piernas, ven , paso mis dedos por su cara cortada, por todas sus cicatrices, no ríe, mueve las caderas, no puedo, se impacienta, es igual, déjalo, me visto, pago, salgo del bar, creo que me miran y ríen pero quizá sea mi imaginación.

Ahora de vuelta a casa ¿a casa? Ni siquiera sé donde está H, si volverá, dónde ha ido esta vez, con quién.

Una semana después las cínicas sonrisas al fondo del bar, ya no cuarto frío, una cerveza tras otra, al menos me mira, toda la atención de Laura a mis quejas porque H no ha vuelto, mis dolores del alma entre labios ebrios, que ya no, para esto mejor morirse.

Así una y otra noche.



domingo, 6 de mayo de 2007

Turbado

Vivíamos como reyes. Bebíamos vodka a chorros. Nos amaban muchachas hermosas. No reparábamos en gastos. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor y el odio con odio. (Sergius Piasecki - El enamorado de la Osa Mayor)
.

Turbado descubro que alguien
me está escribiendo para después
lo que no veo ahora.

Lo escribí hace un tiempo.

El pasado agosto hice 300 kms del Camino de Santiago.
Copié ese (casi) poema en pequeñas tiras de papel y mientras caminaba, cuando nadie me veía, los fui dejando debajo de las piedras, en algún cruce, sobre el musgo, en los árboles.

No es original, lo sé, pero me reportó agradables sorpresas, conversaciones interesantes, encuentros mágicos.

Espero volver este agosto al Camino.
Algo inventaré para entonces.




sábado, 5 de mayo de 2007

Quebraderos de cabeza.


Como se puede querer dos mujeres a la vez” –decía la canción- y añadía “y no estar loco”.

Sobre esto hablaba con Sandra la otra noche.
Hacía calor, yacíamos sobre la cama, después, ella fumando, yo mirándola, la cabeza en sus muslos, los dedos en cualquier parte de su piel, tan morena excepto en los mínimos lugares que le cubría el bikini cuando tomaba el sol.
Sandra pensaba que si querías a una persona no podías querer a otra, que no era posible. Por esta vez estaba de acuerdo, aunque -le dije- en otros tiempos, yo había amado no a dos, sino a tres mujeres a la vez.
Levantó la cabeza, me miró y preguntó “¿Y ahora?”
Ahora ¿qué?- respondí, pregunté.
-¿A cuantas mujeres quieres ahora? - y sus ojos se llenaron de inquietud por mi respuesta.
En este momento solo a ti, corazón- y seguí acariciando su espalda, besando su cuello y el resto.

Media hora después, ya con Carmen, sucedió algo parecido.
Me pidió pruebas de amor absoluto, de fidelidad eterna, que solo la amaba a ella, etc.
Por supuesto se las di, convencido, desde el fondo de mi corazón.

A lo largo de la noche, hasta el amanecer, me ocurrió lo mismo con Verónique, Jane, Silvie, Laura y las diferentes mujeres sin nombre que alternativamente fueron compartiendo mi cama y mi vigor.
A todas certifiqué mi fidelidad para siempre jamás.

La verdad, estoy aburrido de contratos basura, de empleo precario. Con la retención del IRPF y lo que gasto en gimnasio, cremas y preservativos, el sueldo se me queda en nada. En tiempo de vacaciones, trabajar de seductor de hotel a tiempo parcial no trae más que quebraderos de cabeza, problemas de identidad y dolor de riñones. Todo sea por el turismo y por el incremento de PIB.



viernes, 4 de mayo de 2007

De supervivencias, rituales y preguntas.

La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre (Philip Roth)


¿Quién recuerda otra edad que no sea la de ahora?
Esta que nos deja al borde de nosotros.
Hasta aquí hemos llegado.
Y continuamos.

En este tiempo, ni he aprendido ni sé. Camino aturdido entre los otros. Me pertenece la vida y la gasto en días rojos, en equilibrio entre la fortuna y lo irremediable, sonriendo en los espejos, sintiendo en la sangre apresurada la dulzura del corazón que me lleva. El ayer son cenizas que el viento arrastra por oscuras callejuelas de recuerdos. No queda nada del niño que rompía botellas contra la tapia del cementerio. Mucho menos del que construía con sábanas y almohadas refugios donde se albergaba el cielo. Tampoco del hombre que buscaba lo trascendente.

Digo trascendente y me estremezco.
La muerte cercana ha avivado el hondo misterio de lo eterno, la desazón por la ignorancia de la fecha, mi deseo de días luminosos.
Intemperie de lo que no hecho, de lo que aún debo hacer, trabazón de las palabras cuando digo destino.
Nadie lo ha escrito aún, no lo creo.
Digo que no creo, me miento, creo en mi miedo.

¿Cómo seré dentro de un tiempo?



jueves, 3 de mayo de 2007

Tocan en el cristal de mi ventana y no abro.


No espero a nadie e insisto en que alguien tiene que llegar (José Lezama Lima)

Susurraba la brisa en el cerezo y los cuatro dormitábamos en hamacas bajo el traidor sol de casi mayo. Entre las hierbas se deslizaba un gato sigiloso. La comida había sido agradable, la bebida copiosa y el sopor nos dejaba en un grato estado de abandono.
Me preguntaba qué hacía allí con aquellas tres desconocidas (sí, G, tú también lo eres). Me vi desde arriba, llegando a ese pueblo mínimo por carreteras con curvas infames –ni el GPS sabía guiarme, sugería rutas absurdas-; intentando conversaciones para evitar incómodos silencios, esquivando pretenciosas frases en inglés, en francés; llevando la voz hasta lugares comunes, nombres conocidos; capeando esa invitación aceptada sin saber bien en qué consistía. Todo sea por confraternizar con el futuro, por evitar la muchedumbre, por aprehender los momentos para un luego.

Puedo seguir con esta historia y aburriros pero me detengo, solo añado que hoy escribo con mordaza, que me ato los pulgares con alambres para no sacarme el corazón y dejarlo ahí, impúdico, chorreando sangre del ventrículo taponado por malezas sentimentales, figura impactante, higroscopio de un monje que señala con su vara el mal tiempo, los granizos, si no se le ve el gorro es que hay niebla, elemental interpretación de lo real, vivac en medio de la avanzada hasta la tragedia, esperar el regreso y no hay ejercito retirándose en polvorosa, ni siquiera un soldado con un anhelo cosido al pecho a quién responsabilizar de todos mis muertos, de tanta maquinaria de guerra encallada en el limo de la nostalgia, en el fango empecinado y maloliente de recordar lo irrecordable, una pasión inútil –ya, ja- insistencia dolorosa y al final esto es un lamento a la luz de la neonemia, nadie escucha -eo, eo, ¿hay alguien?- el augur señala con su lituo, nadie le corrige. Me subo a la manada de lobos y los conduzco hasta la próxima caricatura, mañana, que me estoy cansando de los cazadores furtivos de palabras y figuras, de ser leído como quién mira un zootropo, de trabajar tanto en esta zanja diaria que un día me acuesto dentro y que me entierre el siguiente -no es una amenaza, es un ruego-, la 55 y su cuerpo de arpa, la japonesa, la hechicera, la gloriosa señora de ayer (una de las tres) o tú que lees.

Tocan en el cristal de mi ventana y no abro. A nadie.




miércoles, 2 de mayo de 2007

Altisidora no era alexitímica.


..y la misma Altisidora con sus blanquísimas manos le puso unas vendas por todo lo herido y, al ponérselos, con voz baja le dijo: -Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.- (Cervantes)


Esa mujer lee con el rostro cubierto por un velo de seda -no me leas, no me leas-, trata en vano de ocultar su mirada a estas pobres páginas, esconde en su faltriquera las frases que le gustan –esta sí, esta no- y yo, ingenuo, pobre hombre alborotado, agito el sonajero de oraciones sin sentido, consentidas, ufano por los comentarios, tocando el caramillo de no decir nada excepto mi impotencia de urogallo, cantando con voz que no es, que parece pero no, que imita, que remeda, que imposta, que miente, que me quito las ropas y me tiro al abismo de confesar que me falta el aire. Aire. Quizás inclinar la cabeza, un ruido gutural, neuma que exprese lo que con palabras no puedo. Estos son textos marítimos, que naufragan, que no pueden decir, que están lastrados, que parten de un puerto equivocado y se pierden en mitad de un mar sin alisios, sin un pez abisal, sin sirenas, solo horizonte atroz, aburrido, agua y agua y los ahogados sobresaliendo entre olas de juguete y los delfines, siega de algas, tritones impotentes, merluzas concubinas y un rostro garcía en cada sardina que huye en la corriente, espejismo submarino de un sol que se oculta boca abajo, el océano se ha vuelto del revés ¿lo ves?
¿Y usted cómo escribe...? (etc)
Bien, me alegro que me haga esta pregunta. Escribo por inspiración, sin aspiraciones, sin pudor, mezclando lo que es con lo que no será, compartiendo un estilo, la quimera, los recuerdos de lo que no ocurrió con los anhelos por lo que resta por llegar, así, bien mezclados, con afeites y aderezos, rescatando palabras y suspiros, resucitando nombres perdidos en anaqueles de ausencias, con un gran fallo: no sé cerrar las historias.
Vale, no hace falta que lo diga, déjelo ya, váyase a la cama. Buenas noches.




martes, 1 de mayo de 2007

No escribas a un escritor.

.- "..Sin mediar palabra se tira al agua y empieza a nadar hasta el horizonte. Yo, alucinada."
Y todo el mundo se muere de risa. (o así).


No escribas a un escritor. Ten cuidado. Le envías tu felicitación porque te gustó su poema, o su cuento, y ya estas perdido. El escritor, sin piedad, te bombardeará con sus poemas de juventud, con ese relato que ganó un accésit en un concurso local, con sus obras completas en amables ficheros word. Sin que te des cuenta, tu buzón se llenará con disertaciones sobre el amor, la vida, la muerte, aquel novio que se fue, aquella mujer que no le amó, aquel perro al que atropelló un coche, las lágrimas de sus niños, el aumento de consumo de estupefacientes, la revolución de funcionarios, los altos montes de su tierra, la palidez de su rostro, la resurrección de la carne, la vida eterna, amen.

Los escritores son gente poco recomendable; acostumbrados al paisaje del ombligo; ensimismados en sus pequeños mundos circulares; endogámicos en su correspondencia; celosos defensores de sus cuitas; fervientes divulgadores de intimidades disfrazadas; sabios en egolatría; diplomados en yo; bailarines de músicas monocordes; saltimbanquis en un sólo circo, el suyo; tiernos defensores de errores propios; artesanos del espejo; feroces lobos alimentándose de cuantas emociones caperucitarojas pasen por su bosque; misteriosos alquimistas de frases con vueltas, revueltas y vueltas a revolver; corredores de fondo en el camino que rodea su casa; escaladores sin oxígeno de su ego himaláyico; picapedreros en la cantera de sus propias vidas; cantantes de una gesta que coincide, oh casualidad, con su nacimiento; dulces pasteleros de tartas sin cumpleaños; generosos dilapidadores del tiempo ajeno; montañeros que se asoman al abismo y gritan una y otra vez su nombre sólo para escuchar el eco; cambistas de adulaciones con la boca torcida; coleccionistas de reseñas sobre sus artículos perdidos en diarios encontrados en provincias desconocidas de países imaginarios; dulces escritores de lengua bífida serpenteando por poemas equívocos, por textos oscuros; amigos de su mejor amigo, ellos mismos; sorprendidos lectores de escritos ajenos que confunden con los propios porque ellos también y me han copiado y la duda; ciegos tanteando con el bastón en sus tinieblas literarias; garabateadores de folios indefensos; colegas.

No escribas jamás a un escritor porque puede gustarte lo que te escriba; puedes caer rendido por su arte, o su sinceridad, o su sencillez, o su barroquismo, o su franqueza, o sus palabras llenas de amistad; puedes degustar su imaginación, su ternura, su sabiduría, su ingenuidad, su bondad sin dobleces, su maldad sin límites; puedes enriquecerte con el contraste; puedes desear ver su rostro, o besar sus labios, o acariciar sus manos; puedes sorprenderte de las emociones que se levantan en tu pecho; puedes reír, llorar, enfadarte, alegrarte, crecer, conocer, abrir puertas a otros mundos, ansiar que vuelva a escribirte, desearlo con perplejidad, abrir el buzón con nervios, tachar los días en el calendario hasta la próxima carta; puedes tolerar que te mienta otra vez, que te engañe, que exagere, que vuelva sin haberse ido, pedirle que te escriba de forma exclusiva; puedes rellenar cuestionarios para disculpar sus salidas de tono, sus salidas de calzada; puedes llenarte de una sincera amistad que resista el vaivén de este medio inestable, de estas emociones flotando en un mar de soledad, de individualismo hambriento, de manos tendidas a una forma intangible de caricias virtuales; puedes escribir a un hombre y este sea una mujer, o a una mujer y esta sea una ángel, o un demonio; puedes quedar colgado en la barandilla de un puente bajo el que discurra el río enfurecido de la vida; puedes meter la cabeza bajo la almohada pero el escritor, pertinaz, avasallador, tenaz, implacable, constante como la tristeza, te enviará sus últimas creaciones, sus primeros versos, sus pensamientos floreciendo como veloces liebres, sus canciones sonando una y otra vez en tus oídos indefensos, arrebatados o aburridos, atentos.

No digas que no te lo advertí: no escribas nunca a un escritor.



lunes, 30 de abril de 2007

El almuerzo.

No sin trabajo un cronopio llegó a establecer un termómetro de vidas. Algo entre termómetro y topómetro, entre fichero y curriculum vitae.

Por ejemplo, el cronopio en su casa recibía a un fama, una esperanza y un profesor de lenguas. Aplicando sus descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida, y el profesor de lenguas inter-vida. En cuanto al cronopio mismo, se consideraba ligeramente super-vida, pero m s por poesía que por verdad. A la hora del almuerzo este cronopio gozaba en oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar refiriéndose a las mismas cosas y no era así. La inter-vida manejaba abstracciones tales como espíritu y conciencia que la para-vida escuchaba como quien oye llover, tarea delicada. Por supuesto la infra-vida pedía a cada instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos movimientos, método Stanley-Fitzsmmons. A los postres las vidas se saludaban y se iban a sus ocupaciones, y en la mesa quedaban solamente pedacitos sueltos de la muerte. (Julio Cortázar)


Le desbarata, le arma, le desarma. Si ya estaba en un estado insoportable, desde el miércoles ha traspasado el límite, ha llegado al otro lado de las cosas y ya no entiende nada. Además sabe que no se puede entender. Siempre tiene la certeza de que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada para remediarlo. La vida es como la recordamos y la sonrisa de esa mujer vuelve, alegrándole. Piensa en ella sabiendo que no debe hacerlo. Se obstina en esa sonrisa y hace lo que no debe. Y aún así, su cara, pensarla, imaginarla. Ella está feliz, o lo parece, o mejor, o haber estado en ese bar es tan mágico que puede equivocarse y pintar de nostalgia lo que no es sino presente. Aunque sabe que no, que la niña pertenece al pasado, que queda la mujer que le mira, a la que no puede tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor le atrae, le evoca recuerdos de los que no tiene constancia, pero que están. Su mirada, su halo, algo detrás de ellos dos, invisible, pero ahí, amenazador. Y el cristal, también ahí, separándolos irremediablemente.

Dime que temes darme la mano, dime que temes que nos besemos al encontrarnos, dime que no, que nunca, que estoy mejor lejos, que cada cosa tiene su tiempo y nosotros nunca lo hemos tenido. Dime lo que quieras, es igual, no podré sujetar esta ternura que me deja embobado cuando estoy contigo, estas inmensas ganas de abrazarte y sentir tu piel, de dejarme llevar por tanto sentimiento prisionero, soltarlo, llorártelo sin pudor sobre los hombros, decirte que no se puede querer tanto como te he querido, que no se puede sufrir tanto como he sufrido por ti. Y saber que ya no importa, que ni siquiera somos los mismos, que nunca hemos sido nada excepto una broma en la cenas, cuando se escarba en los pasados imposibles. Sin embargo, arriesgando tanto, me acerco a ti sin remedio, de forma inconsciente, sin pudor, sin pensarlo casi, con una repetida sinceridad al contarte, al abrirte mi corazón, al quedar expuesto a tu comprensión, a tu compasión, a quién sabe qué sentimiento, seguro que contrario al que quiero buscar.

Pero no sabe qué quiere buscar, no sabe qué fuerza le impide olvidarla, no sabe porqué se empeña en verla, en escribirla, en equivocarse así, en no pensar en ella cuando lo hace -en lo que es bueno para ella-, ni siquiera sabe porqué le tolera. Y se para, piensa que ya tiene edad para saber lo que debe y lo que no debe hacer. Ya, inútil intento. Piensa en ella y las normas no existen, los límites siempre están más lejos. Aquellas dos cartas que recibió las ha leído tantas veces que su letra está borrosa, lo que dicen le redime, lo que no dicen le llena de sueños y saber cuándo las escribió le devuelve a la realidad. Y la realidad es aplastante, demoledora, está el aquí y el ahora y vivir no es escribir y todo eso no son más que palabras que no llevan a ninguna parte excepto a disturbarle, a perturbar su tranquilidad reciente, a que le mire como al bicho raro que siempre he sido para ella.

Cuando lo percibo me paro, me leo, muevo la cabeza, me compadezco de mi mismo y decido si le mandaré estas elucubraciones. Pero sé que sí porque quiero que ella sepa hasta donde puede llegar el amor, eso que llaman amor, que ni siquiera sé si es esto o si solo es una locura que dura demasiado tiempo, media vida. Cada día estoy peor de lo mío.



domingo, 29 de abril de 2007

De un viaje y un regreso.


Esa casa
colma mi memoria
de ángulos, de quicios,
una luz al fondo,
su cuerpo desnudo,
desorden prendido
en la ventana del jardín,
brisa gris que mueve los sauces,
alboroto de estorninos,
sedienta mirada en los intersticios,
carretera de regreso
sin atajos,
distancia,
zozobra,
yo, aquí,
aún en el sueño.






Mi foto
Bilbao, Euskadi
pedromg@gmail.com

Creative Commons License Page copy protected against web site content infringement by Copyscape ecoestadistica.com site statistics

Vistas de página en total

Lo que hay.(Desde 08.02.07)

Se quedaron

Así vamos

Aquí desde 08.02.2007

(Antes en Blogia desde 07.2004)

(Y mucho antes en "La tertulia en Mizar")

7.824 entradas