jueves, 19 de marzo de 2015

Serotonina (7)




X

No nos podíamos permitir aceptar el disimulo, contradecir los principios, era necesario saberlo todo, afrontar la amargura de la verdad, desatar el nudo. 

Tomamos la negra caja que guardaba nuestra historia y caminamos hasta el acantilado, el mismo desde donde veíamos amanecer. Al salir cerramos la puerta con cuidado, no fuera a aparecer el fantasma. Nos miramos sin hablar, ella y yo, ya nunca más nosotros. Abajo rugía el mar golpeando el arrecife. El viento nos abofeteaba el rostro. Abrimos la caja y los papeles volaron, la tiramos al vacío, después de varios giros en el aire se rompió contra las rocas.

Estábamos decididos, no había más que decir, no era un final preparado. Zapp, zapp, zapp, ella, tan delicada, tan ágil, salta a mi espalda, con una mano me sujeta la frente, con la otra saca un cuchillo de cocina del bolso y me lo clava en el cuerpo una y otra vez. No es él, no es él, repite mientras la sangre nos salpica, nos libera. Duele, duele mucho pero ese dolor me reafirma en que esa mujer soy yo. De nada sirve. Se va, para siempre, corriendo, asombrósamente veloz para una persona de su edad...

Y

No me acostumbro a vivir solo, con este imaginario e incómodo vacío clavado en mi cabeza, con el sonido de mi nombre que me castañetea en los dientes...para siempre.


Z
Fin.


René Magritte. Les Jours Gigantesques. 1928.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Serotonina.(6)




S


Ay, espejo de la soledad, no me grites.

Ay, espejo vacío, háblame.

Ay, espejo que no mientes, miénteme.


(Sigue)

martes, 17 de marzo de 2015

Serotonina.(5)

 ...La doblez de lo que ya tiene... (Concha García)



H
Han pasado varios años y me siento confuso. Se desvanece la sensación del nosotros. Lo diré con sencillez: tengo dudas que ella y yo seamos yo. En todo este tiempo hemos trazado una línea de sombra a sombra, hemos nadado con ballenas y la música del oleaje cantaba nuestros nombres por separado. Apenas somos nada, antes que esto termine lentamente prefiero matar la continuidad, matarme. En realidad no sé cómo hacerlo, esta es una extraña sensación, ignoro cómo he llegado hasta aquí. No merece la pena volver al equívoco, lo que no es, no es. Ya no sé quién es esta mujer que me habita, que me comparte. Pero extrañándola tampoco a mí me reconozco ¿cómo me rebelo? Y después ¿cómo soportaré la idea de la ausencia? Será un suicidio pero debo alejarme.

¿Quién es este hombre que vive en mí? ¿Qué hace aquí dentro? ¿Quién es este desmemoriado que me mira sin verme, que se toca cuando nos toca? No quiero seguir siendo nosotros, ya no lo somos. Me cortaré el pelo. Vestiré de negro. Utilizaré una sierra, un bisturí, los dientes, debo separarme de su cuerpo, romper el lazo convertido en cadenas. Ahora sé por qué no tapié las ventanas, ahora sé por qué guardé el billete de regreso. Era él y lo sabía, solo él no lo sabía. Debo alejarme.


(Sigue)

lunes, 16 de marzo de 2015

Serotonina.(4)

 ...Pliegue de la materia
en donde reposaba
incandescente el solo
residuo vivo del amor.

(Valente)




B

Ya en mi cuarto me desmaquillé, me puse cómoda y me miré en aquella parte de hombre que tanto había añorado. En un movimiento rápido me enfundé esa mitad masculina a pesar de que estaba un tanto ajada pero lo achaqué al tiempo dedicado a buscarme cuando estaba dividida y me sentí en ella mucho mejor que en mi propia piel . Me decidí a recuperar pronto lo perdido. Empecé por querer a esa mujer que persistía en mí. Intensamente. Nos amamos con la pasión con la que uno solo puede amarse a sí mismo. Me quité la ropa con lentitud, frente a frente, mirándome con sus ojos. Después me acaricié inventándolo, cada caricia era nueva, recién imaginada, me toqué en lugares de nuestro cuerpo que ni conocía, sentí calores en los muslos, frío en la nuca y un temblor en el vientre que me hizo fruncir los labios mientras nos llamaba. Compartimos sudor, saliva, humedades en una cama iluminada. Al comienzo del idilio no lograba adivinar la parte de soliloquio del diálogo, nos hablábamos constantemente y me enternecían las bellas palabras que nos regalábamos con naturalidad. Una gran dulzura me invadía con cada recuerdo compartido, con aquellos miedos varoniles, con mi pudor vencido, con las confidencias derrotando a la prudencia, con el progresivo acoplamiento del nosotros después de haber sido él y yo.


Ahora que ya nos habíamos encontrado comenzaba la tarea de ensamblar los fragmentos del vacío, de hacer sólidos los frágiles instantes compartidos, era el momento de planificar el presente. Debíamos trabajar en algo que nos permitiese estar juntos sin apuros, soplar las briznas de la duda, aceptar con naturalidad ese baile de cangrejos en el pecho cuando algún conocido nos saludaba, perfilar una guía de convivencia con nosotros. Y esa era la parte más difícil ya que nunca me había soportado a mí misma. Shhi, shhi, shhi.

Cada día por separado, juntos, describimos el amor, nos confesamos en blancos papeles de viento, nos escribimos sobre la atemorizada memoria, el alboroto de nuestros cuerpos, cuerpo, el descubrimiento desnudo. Y así fuimos apilando esos escritos en una caja de ébano que compramos en un zoco en nuestro primer viaje al norte de África. Algunas noches nos leíamos hasta el amanecer, hasta que la emoción nos robaba las palabras. Llorábamos.

Vivimos dentro de una esfera, en un continuo incendio, nos volvimos transparentes, luminosos, orgullosos de nuestro único corazón que cada día cantaba el milagro, respirábamos esa música. Girábamos como planetas. Coordinamos el jadeo. Inventamos una playa de arenas de oro, un paisaje, una alameda. Arquitectos de nosotros, construimos un cielo. Nos gustamos, mirándonos nos gustamos. Separamos las aguas hasta encontrar en el fondo la mirada limpia que nos veía. Nos crecieron alas. Volamos. Volamos hasta el límite del infierno. Nos sentamos a la sombra del árbol del paraíso. Nuestro cuerpo despedía el aroma del amor. Y juro que fue así.

(Sigue)

domingo, 15 de marzo de 2015

Serotonina.(3)

 “Me peina el viento los cabellos
con una mano maternal”.

(Neruda)



Con el plano en la mano tracé una línea roja sobre aquellos lugares en los que sospechaba podía estar, también dibujé círculos azules en los parques, rayas amarillas en las vías de salida de la ciudad. Era como jugar con humo, quizás ya se había ido y estaba en medio de ninguna parte, pero no me iba a rendir.

Invoqué al azar, durante días y días, semanas, recorrí arriba y abajo mi ciudad de lluvia, iglesias de ceniza, bancos recién pintados, caminantes serios, religiosos con sotana, vendedores de hortalizas voceando su mercancía, anónimos serenos con el turno cambiado, mujeres de la calle aficionadas mirando detrás de los visillos, mis convecinos, gentes de buen vivir, oficinistas, agentes de cambio y bolsa, honrados matarifes, ocupaciones variadas en la urbe. Y nada, no estaba, pero eso no me desanimó, continué mi perquirir sin remedio ya que de día en día el espejo me devolvía una imagen más desconocida.


Era miércoles, lucía el sol, parecía que una mano gigante hubiera acariciado el cielo despejándolo de nubes. Y por fin la encontré, allí estaba, bella y hermosa, contrastando conmigo que aquel día no me había puesto colonia, que llevaba el cuello sin planchar. Nada de esto nos importó, nos vimos y nuestras manos eran nuestras manos, no hizo falta hablar, nuestros ojos eran nuestros ojos, veíamos lo mismo, el mundo se paró alrededor. Recuerdo qué, como en las películas, un rayo de luz nos iluminó, el violinista de la esquina tocaba algo de Sarasate, las floristas nos tiraban pétalos de claveles y jazmines, los ladrones no nos robaron y la pescadera nos obsequió con una merluza de escamas plateadas. Nos besamos, no hacía falta porque era yo, pero la besé, un dulce beso que me reconcilió con tanta espera. Supe que no me había equivocado, ella era yo y también supe que ella ocupaba mi lugar con toda naturalidad. Me propuso irnos a un lugar tranquilo. Acepté.

(Sigue)

sábado, 14 de marzo de 2015

Serotonina.(2)

 ...pequeño diamante
que en su brillo se oculta

ahí, donde yo.
(Concha García)



Decidí trazar un plan, utilizar un método, una rutina que me permitiera abarcar áreas extensas de investigación. 

Antes, solucionaría lo del trabajo, no podía combinar tantas actividades. El director se mostró sorprendido. Fui sincero, me había descubierto en una mujer y necesitaba todo mi tiempo para las diligencias propias de un caso tan especial. Me preguntó si la conocía. Le llamé estúpido, le dije que ella era yo mismo, que la vida corre por caminos paralelos y que si a él no le ocurría algo parecido. Como tenía cara de no entender nada, le miré con desprecio, le dije que me despedía y me fui dando un portazo. Mis compañeros no me iban a echar en falta ya que en los últimos tiempos apenas hablaba con nadie. Aquella profesión de barquero tampoco permitía excesivas familiaridades con los usuarios, había que estar muy atento a las mareas, realizar los atraques con suavidad para que no se mareasen los viajeros, eludir los troncos que arrastraba la ría en la época de tormentas, vigilar a los aprendices de suicida que en los últimos meses habían tomado la costumbre de sumergirse allí donde las corrientes eran más fuertes, en fin, un trabajo rutinario. En aquel momento no pensé en la cuestión del dinero, ya lo arreglaría, lo primero era lo primero.



No podía comenzar la búsqueda vestido de cualquier manera. Para ampliar mi menguado vestuario me compré unos cómodos mocasines negros y un pantalón azul Bilbao. Cuando le pregunté cómo me sentaba, la encargada de la tienda sonrió y se limitó a decirme: doscientos dos euros, señor. Y eso era una evidencia, otra. Si aquella atractiva señora, tan, me llamaba señor es que era, que lo parecía, un hombre, maduro además.

(Sigue)

viernes, 13 de marzo de 2015

Serotonina.(1)

Demasiado largo, ya, dolor, para ser un sueño. (J. R. J.)



A

No cabía ninguna duda, aquella mujer era yo.

La seguí durante varias calles antes de confundirme entre la multitud de los viernes por la tarde, una nube de piernas, quizás había entrado en unos grandes almacenes del centro, quizás estaba sentada en la barra de aquel bar de luces tenues. Cambió el viento y la perdí de vista.
La apariencia de mi reflejo en los escaparates de las tiendas confirmaba que era un hombre pero era evidente que la mujer también era yo. Lástima haberla perdido, angustia de la fría ausencia de no encontrarme.

A partir de aquel día la vida se convirtió en mi propia búsqueda.
Frente al espejo, la incipiente barba, la mirada triste, los años que llevaba conmigo mismo confirmaban mi condición de hombre. Me quité el pantalón del pijama y la camiseta de tirantes, hice posturas marcando músculos y los genitales arrugados disiparon con rotundidad mis últimas dudas. Por fuera no había en mi ni rastro femenino, pero por dentro, desde que la vi, supe que también era ella, eaó, eaó.

Salí a las calles, recorrí las avenidas de norte a sur, me escondí bajo los castaños, me sumergí en los estanques cubiertos de nenúfares, escudriñé en las remozadas riberas de la ría antaño llenas de grúas, casamatas, talleres oscuros, vías de trenes a ninguna parte, hoy huérfanas de barcos, transitadas por paseantes, perros zalameros, jubilados y gentiles corredoras de maratón. Ella no estaba, o no pude verla.

Volvía a casa con la angustia de sentirme incompleto, con un rumor de escarabajos en la cabeza, con bajos niveles de selenio en las uñas de los pies. Ansioso me precipitaba al espejo para confirmar mi existencia.

(Sigue)

jueves, 12 de marzo de 2015

Cuento de otra selva.

"...a saber por qué pero tan bonito ver que el flequillo de Lina se alza un poco y tiembla como el soplido devuelto por la mano y por el pan fuera a levantar el telón de un diminuto teatro, casi como desde ese momento Marcelo pudiera ver salir a escena los pensamientos de Lina, las imágenes y los recuerdos de Lina que sorbe su sopa sabrosa soplando siempre sonriendo".
(Julio Cortázar - Lugar Llamado Kindberg)



El amor acechaba como una fiera oculta entre las altas hierbas de aquellas primeras citas, con intercambio de recuerdos y galanterías. Desayunaban en el viejo café y la mañana se detenía con misericordia ante sus miradas que apenas podían contener el fuego que comenzaba a arrasar los matorrales de su espera.


Se amaban aún antes del encuentro, cómplices de un delito no cometido, compañeros en un viaje que no había comenzado, barco en el puerto, manos no estrechadas, piel ajena a la otra piel.

Un día se besaron y nació el universo, cada cosa tuvo su nombre, un sol nuevo iluminó el paisaje donde hervían emociones no presentidas, deseos recién descubiertos, el sentimiento creciendo como una selva que se tragó todo rastro de cordura y ahí quedaron, perdidos y enamorados en el centro de un bosque interminable, sin salida, devorándose mutuamente hasta ser uno.

Algún viajero les ha visto, ensimismados, silenciosos, insensibles a todo aquello que no sea su sombra unida oscilando en la pared del mañana.



Un momento, un momento, me comunican que este cuento, lo que cuenta, está caducado, que los personajes están en el extranjero, que el extranjero es un lugar perdido entre el entonces y la realidad.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Cassette






Qué te iba a decir, ah, eso, que te lo grabo en una cassette y lo escuchas cuando quieras, que sé bastantes cosas, sumo, resto y multiplico de memoria, bastante rápido, divido un poco peor, escribo sin demasiadas faltas, me atoro en los porqué, estoy bien  de cultura general que mis hijos me dicen que me presente a “saber y ganar” que siempre acierto las preguntas, será de leer, que leo bastante, de siempre, ahora cosas raras, William Gaddis y así, lo que pasa es que no se me queda, cada día se me queda menos, leo y disfruto pero al de poco tiempo no recuerdo de qué iba el libro, será la edad porque de edad voy bien servido y de recuerdos, que se me acumulan aunque más de mi infancia que de anteayer, que tengo muchas actividades o bastantes o las suficientes que creo que estoy mezclando demasiados conceptos pero si no lo escribo rápido se me van o me copian o pierde autenticidad, frescura, que se me olvidaba contar lo del deporte, que siempre he hecho deporte, digo, me hace gracia eso de yo corría y era campeón de aquí, yo nadaba y era campeón de allí, yo hacía, sí pero ¿ahora?, que lo de ahora es más bien ejercicio, camino por las orillas de los ríos, rápido eso sí, que me molesta cuando alguien me pasa y le miro con mala cara mientras escucho música con los auriculares, que de música también entiendo, un suponer eso de entender, no entiendo casi nada de casi todo pero disfruto, eso sí, de sentimiento y de sensibilidad ando sobrado, que me emociono por lo normal pero mucho, que lloro en las películas de llorar y mis hijos se ríen, papá está llorando, ¿qué quieres?, antes no lloraba nunca, no sé si por insensible, por algún problema en los lacrimales o por egoísta, que mi yo era antes que nada, vaya por dios, que ahora me he vuelto más empático ¿se dice así?, que me preocupo por los otros, y hablador, qué pesado, hablo con todo el mundo, pobres, les meto unas secadas de impresión, me basta un buenos días y les cuento mi vida, la pena de Murcia y las previsiones para las elecciones de mayo, que el personal es agradecido, les gusta que les hagan caso, que les escuchen, que cuando voy a visitar a mi tía a la residencia hablo con las señoras y con los señores ancianos, que me cuentan y les digo que en dos días estoy ahí con ellos, de compi, y se ríen, me ven todavía derecho, pero no creas que muchas mañanas, en la cama, cuando me despierto me duele la rodilla izquierda, ¡qué será?, artrosis me dijo uno que sabe de esas cosas, artrosis, artrosis, eso es de muy mayores, será un calambre o algo así, que no está uno todavía para  esperar un buen morir  y ya, enroscado en el meollo de la cuestión que es vivir ¿no?, que me estoy arrepintiendo de escribir esto que no leerá nadie excepto yo, borrando comas y frases para que no se haga largo y aun así no he hablado nada de amor, puedo hacerlo, estoy enamorado pero esa es otra historia o la única historia, verás, que andaba yo por calles reales, por plazas reales y me encontré con una mujer real, una mujer imposible de tan perfecta,  miro, me mira, nos miramos y zass, un flechazo, en mitad del corazón, que o ella es ciega o algo tiene que no es normal, que uno tiene sus carencias bien visibles y otras a nada que rasques un poco pues te das cuentas que no hay ni chicha ni limoná pero, ay madre, que hicimos el amor y lo inventamos, que fue como volver a nacer, una epifanía, un pasar la puerta de un más allá que está acá y no hagan que cuentes más porque, jo, no todo es tan bonito, que ella es extranjera o lo soy yo, no sé, no sabe, no contesta, que vivimos sin vivir pero lejos, exactamente 1.217 kilómetros, o sea en la otra punta, norte y sur, que usted mira el mapa y se marea, como cuando veo su cuerpo de diosa viviente y me evaporo, que nunca he acariciado así, tan tierno, tan dulce, tan apasionado que ya te digo, estoy como un adolescente alborotado, como un flan chino mandarín, que escucho su nombre y tiemblo, que escucho su voz cuando canta y me desmayo, no les he dicho que es cantante, ella canta y se me abren las carnes, ella abre sus carnes y me sumerjo en ella hasta que somos uno y ya no quiero morirme y no debería contar esto porque la monja se mosquea, cómo son las monjas ¿eh?, y sigo cultivando en esta ciénaga de caos y de azar, de paradoja y perversidad, de borrar del todo la idea misma de causa y efecto (Gaddis, claro) que me he dejado bastantes secretos de contar como lo del espejo, que ahora me estoy mirando y no soy, bueno sí soy yo pero no soy, que no me explico lo sé, que escribo para decir esto pero no lo que digo sino lo que tú lees que generalmente no es lo mismo porque a ti te importa poco y a mí también pero, coño, para subir cosas de otros prefiero escribirlo yo, bah, no sé qué te estaba contando, se me va ¿ves?, se me va.   



martes, 10 de marzo de 2015

Orden y concierto (2)

 Pequeño y triste petirrojo.
Oscar Wilde llevaba
una gardenia en el pico.
Color gris, color malva en las piedras y el rostro, 
más azul pedernal en los ojos, más hiedra
en las uñas patricias, ebonita en las ingles de los faunos. 
No salgáis al jardín: llueve, y las patas
de los leones arañan la tela metálica del zoo. 
Isabel murió, y estaba pálida, 
una noche como ésta. 
Hay orden de llorar sobre el bramido estéril de los acantilados. 
Un violín dormirá? Unas camelias?
Y aquel pijama rosa en pie bajo la lluvia. 

Pere Gimferrer. 




Un mal día la empresa quebró por saturación de líneas, me quedé en el paro. Con tanto tiempo por delante me aburría, echaba en falta la pantalla de cristal verde, mis gafas reflejadas en ella.

En mis paseos por el parque me presentaron a una señorita, Maria Eugenia Julia, paseante como yo, con la que inicié una hermosa amistad. Una tarde le invité a subir a mi piso y allí, nos conocimos carnalmente. Aquí empezó el problema, su respuesta sonora estaba llena de ays, uff, ooooh, ahhh, asíiii, sigue, sigue e incluso me recitaba poemas de Neruda durante el coito. Cuando se marchaba, me miraba al espejo, desnudo, y no advertía ningún cambio apreciable en mi anatomía por lo que no entendía el porqué de aquel derroche de expresividad. A pesar de repetir nuestros encuentros dos veces más, corté mi relación con aquella exagerada.

Poco después logré un empleo como portero informático y volví a las relaciones fijas con profesionales qué, chico, te sale más caro, pero evitas sorpresas.

Hoy es el día en el qué, dado que mis ingresos económicos han aumentado, mis relaciones sexuales son quincenales, es decir de 73 ah, ah, ah anuales. Así estoy feliz.



Pues eso.



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