En el desamor no está el olvido, me lo copia usted mil veces.
Envueltos en capas de salteador, el Tiempo, el Pecado, la muerte señalando el Reloj, el dramático empeño de querer saber, olvidar lisonjas y partir camino adelante, con brío, con fuerza en los muslos, olvidarse del polvo y la sed, un día, otro día, lo anuncio, llegará la oscuridad y nos iremos, fuera obsesiones, fuera voces, quemaremos calendarios en la dársena, humo de olvido, las espinas, los fantasmas ululando en lo oscuro, tras la tapia, el cuerpo ausente en la cabeza, en los tendones, la palabra que hiere, el silencio que no cesa, ya no sé si era o si soy yo, si existió y si estoy vivo, escribo aquí, pero no vale.
Dos años, mes arriba o abajo, demasiado, demasiado poco, tiempo, ha ido pasando sin darnos cuenta, aquí estamos, sin comunicación, ausentes, lejanos, sin saber si nos hemos amado o si todo ha sido un ejercicio de nostalgia, una barca en alta mar después del naufragio, un boca a boca en el que no sabe quién es el ahogado y quién su salvador, un intercambio de emociones, una búsqueda, un ejercicio de regreso al punto de partida, somos los que éramos tanto tiempo atrás, inútil intentar cambiar la esencia, es así.
Decía Jean-Luc Godard: El amor es querer dar algo que no se tiene, a alguien que no lo quiere.
"Nunca nada es tan claro como se ve en el cine. La mayor parte del tiempo la gente no sabe lo que hace –y me incluyo–. No saben lo que quieren o lo que sienten. Solamente en las películas se sabe bien cuáles son los problemas y cómo resolverlos (...) El cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades –si las hay–. Sobre lo que estamos buscando. ¿Por qué querría yo hacer una película sobre algo que ya conozco y entiendo?" John Cassavetes
Publicar en un blog sirve para procurarse el sustento diario?
• (Si es sí) Por favor, comparte la fórmula.
• (Si es no) Pues eso.
Escribir en un blog da dinero?
• (Si es sí) Cuanto? (incluyo, pos si acaso, mi número de cuenta, 20 dígitos)
• (Si es no) Ya lo sabía.
Un blog da satisfacciones?
• (Si es sí) De qué tipo?
• (Si es no) Pues no entiendo qué haces aquí.
Cuánto dura un blog?
• (Si es mucho) No es normal, ¿no?
• (Si es poco) Es lo lógico, ¿no?
De qué color es un blog?
• (Si es blanco) Vale.
• (Si es negro) Vale.
• (Si es) Vale.
A qué sustituye un blog?
• (Si la respuesta es ocio) No tienes nada mejor que hacer?
• (Si la respuesta es amor) Que no te pase nada.
• (Si la respuesta es amistad) Has probado ir a un club, subir al monte, hablar?
• (Si la respuesta es comunicación) No responde, comunica.
• (Si la respuesta es sexo) …(carcajada)
Para qué sirve un blog?
• Ti es de aquí ou ves pola festa?
Se humaniza mi alma al tiempo que mi cuerpo se fragiliza.
Tantas palabras corriendo entre los números de los días fecundan mi espíritu, lo conmueven como un viento azul que llega del mar con el dolor, el goce, la lluvia de horas, la emoción de los recuerdos, mi ayer vegetal, esta voz que crece y se divide en los huertos al lado del río, aquellos aún no inundados.
Baja el martes entre las calles y nosotros ya no somos.
En las calles del aire, aquí donde somos reyes absolutos, tiranos, dueños de las horas inmóviles, se encendió una luz y volaron los vencejos que anidaban bajo los alféizares de nada.
Guardé la voz en los intersticios de lo oscuro, esparcí azafrán por los prados, vacié mis alforjas y volver fue una derrota, un sinsentido, una liberación.
Una mujer en la orilla susurraba no sé qué, sin querer escucharla cerré las puertas del océano y las mareas vivas de febrero hicieron el resto.
Colgué los sueños en la noria de los días y ahí están, cabecean sin atreverse a bajar, inmóviles en su movimiento, intactos, amarillos, míos.
Abajo, donde brotaban manantiales de melocotón y miel.
Latían mis manos insumisas al tantear los espacios indecisos.
Nos desgarramos de amor en el lecho como en un laberinto recién descubierto. Nos perdimos en su centro, no queríamos volver a la luz.
Era primavera y reías.
Viajamos.
Un día, no sé cuál, cuándo, por qué, te acostaste en el borde de ti misma, sujetaste el cuerpo insumiso y tatuaste la tiranía de los preceptos sobre tu piel austera.
Llevabas ceniza en los cabellos.
No supe si aquello era un desprecio, miedo, pureza o una espera del sí en la arteria de ser otros.
San Pietro in Vincoli está en Roma, cerca del Coliseo.
En mi primer viaje romano busqué esa iglesia pero me perdí entre callejuelas. Mi insuficiente manejo del italiano no me ayudó a realizar las preguntas oportunas para encontrarla.
Después de un absurdo rodeo llegué a la puerta del templo, entré y caminé extasiado en la penumbra.
El Moisés de Miguel Ángel me dejó inmóvil, incapaz de asimilar tanta belleza, fuerza y perfección.
En aquellos días mi cabeza estaba rota en pequeños fragmentos, mi cerebro era un puzle alborotado.
Delante de esa magnífica escultura bastantes piezas ocuparon su lugar.
Aquel día caminé mucho, sin mochila, sólo, disfrutando de paisajes y gentes.
En una cuesta abajo pasa a mi lado, rápido, un ciclista de mediana edad con jersey rojo.
Y me habla del trasvase del Ebro, de los políticos, que Miguel Hernández murió por no querer cambiar de ideas.
Sí- le digo- eso les suele pasar a los poetas, que no quieren cambiar de ideas ni de ideales. Algunos hasta se mueren por esa tozudez.
Y seguimos, él pedaleando, yo andando.
Tanta belleza alrededor y el eco -delante y detrás, chasss, chasss-, de mis botas sobre el camino me distraen y –lo confieso- me asusta un poco.
Intento recordar cómo era aquella elegía de Miguel Hernández. ¿Cómo era?, ¿cómo era? Ya, empezaba así: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto, como del rayo Ramón Sijé, con quién tanto quería”. Buena memoria.
Me río.
En un recodo, a lo lejos, veo al ciclista del jersey rojo empujando su bicicleta por una empinada y tortuosa cuesta. Intento alcanzarle y aprieto el paso. Justo al llegar a la cima le llamo.
-Orihuela, escucha este poema de tu paisano-. Y empiezo.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Y veo que su cara se pone tan colorada como su jersey.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Con un gesto de miedo farfulla -me esperan, me esperan-. Y se va pedaleando como si le siguiera el diablo.
Me carcajeo ¿qué habrá pensado? Quizás que el poema le podía saltar a la garganta. O que un poeta no es alguien recomendable. O quizás que se empieza con versos y se termina sodomizado en cualquier camino, aunque sea a Santiago.
La actriz francés María Schneider ha fallecido hoy en París debido a un cáncer según el periódico francés Liberation. Casi nadie recuerda su último papel cinematográfico en Cliente, de 2008. En el fondo, por mucho que intentara liberarse de ese fantasma, siempre fue la amante de Marlon Brando en El último tango en París, esa película maldita que fue su trampolín y su pesadilla durante toda la vida. Tenía 58 años y una carrera que tras el filme de Bernardo Bertolucci fue caracterizada por una serie de altibajos, entre problemas psicológicos y de drogas y vueltas decepcionantes al cine. Pese a todo, son miles los usuarios que están lamentando su muerte en la red social Twitter, donde el nombre de la actriz se ha convertido en tema del momento.
Schneider nació en París en 1952. Con 20 años, en 1972, actuó junto a Marlon Brando en El último tango en París, una de las películas más escandalosas de la época. Su segundo papel importante fue en El reportero, de 1975. Pero desde entonces lo único que consiguió fueron roles secundarios. Mientras, empezó a entrar y salir del hospital, debido a depresión y dependencia de heroína. Abandonó el cine durante una época, para intentarlo con la música, su antigua pasión: entre otras cosas, llegó a sacar a la venta un disco dedicado al cantante italiano Lucio Battisti.
"Su muerte ha llegado demasiado pronto, antes de que pudiera volver a abrazarla, y al menos por una vez pedirle perdón", ha declarado al periódico italiano La Repubblica el director Bernardo Bertolucci, con el que Schneider tuvo una relación muy difícil. En una de sus últimas entrevistas, en 2007, la actriz volvió a hablar de su obsesión y de la famosa escena de la mantequilla con Marlon Brando: "Fue una idea suya. Y Bertolucci me dijo lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Casi me violaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son verdaderas". Sin embargo en otra entrevista agradecía a Bertolucci el hecho de que le hubiera permitido entrar en la historia del cine. Pese a todo, amó y odió ese papel durante toda su existencia, hasta hoy.