9.11.18

La lenta agonía de los libreros ahogados al subir la marea de escritores.




Era un negocio que funcionaba como funcionaba, pero llegó el comandante y mando a parar. Era un mundo de escritores dioses que sabían, sentían y escribían, incluso alguna vez cobraban por ello, pero llegó el mundo internet y resultó que todo el mundo escribe, mucho y sin rubor quiere que le lean, que le sientan, que le entiendan, incluso algunos lo hacen bien y no cobran y sin darse cuenta, o sí, han puesto patas arriba el vicio de la escritura/lectura/comunicación.  
Desorientación editorial, suicidio, ineptitud, ceguera, que no puede ser, no se puede (intentar) cobrar lo mismo por un libro clásico, en papel, con pastas duras que por el mismo título en iBook, con cuatro títulos bailando, además, sin riesgo ninguno de los despistados editores lemmings, prepotentes en sus códigos Da Vinci, pan para hoy y hambre para mañana, mi biblioteca en un pendrive, en un iPad, váyase usted al guano, señor de los libros caros.  

Q´esto evoluciona, escribir es un arte, o era, ingenuidad de los últimos lectores románticos, q´entras a una librería y, horror,  hay montones y montones de libros apilados, lo que se vende, el best seller de turno, la literatura como negocio, no, así no.

Lo visual, lo instantáneo, lo breve, arrolla al texto, sin piedad, la imagen se come a la palabra, lo inmediato, lo fácil, tic y sube el trabajo de horas, de días, de años, impunidad, injusticia tecnológica, una década para escribir tu vida, dejándote el alma  y en un tic tac se va por el desagüe USB, copiar y pegar, piratas del espacio intergaláctico, la palabra se muere, a ver quién roba más, ladrones en la quinta dimensión.

La cuestión es, siempre, vender.


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