22.3.17

Parker y la concupiscencia (primera parte).

Concupiscencia.

En la teología cristiana, se llama concupiscencia (del latín concupiscentĭa, de cupere, desear, reforzado con el prefijo con) a la propensión natural de los seres humanos a obrar el mal, como consecuencia del pecado original.

La especial insistencia de la enseñanza moral cristiana en centrarse en las cuestiones de conducta sexual, ha producido un cierto riesgo en el significado, dotándolo de ese contenido, que se observa en expresiones como «miradas concupiscentes». Sin embargo, el concepto es más general, y atañe a todas las dimensiones de la conducta. Según el Diccionario de la lengua española (de la Real Academia Española) la concupiscencia es, ‘en la moral católica, deseo de los bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos’. (De Wikipedia)




Parker no sabe qué es la concupiscencia, le ha salido en un crucigrama y lee su definición (en la moral católica, deseo de los bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos). Se sorprende. Él no desea bienes terrenos y no sabe cómo medir su apetito de placeres. Mucho menos sabría limitar lo desordenado o lo deshonesto en esa cuestión. Es más, aún siendo como es un ciudadano respetuoso con ideas y creencias ajenas, como el alma y el cuerpo le piden satisfacción a todas horas, le parece un concepto inquietante.

Sigue con el crucigrama, el tres vertical, el cuatro horizontal, pero esa palabra, tan larga, le sigue bailando ante los ojos, concupiscencia. Parker es más de al pan, pan y al vino, vino y esa propensión natural de los seres humanos a obrar mal le suena a cuento chino, a negocio, a gato por liebre, a desafío. No recuerda en sus comportamientos esa propensión, al contrario, su propensión es hacia el bien de los semejantes, empieza por su propio bien y sigue por ellos, los semejantes. Con los que no son semejantes tiene más problema pero lo soluciona eludiéndolos en la medida de lo posible.

Mientras me cuenta todo esto, por teléfono, se muerde la lengua, para no decir todo lo que piensa –musita. No le entiendo demasiado bien. Entre su idioma y lo de la lengua debo traducir sonidos, palabras entrecortadas, ideas truncadas  y, claro, así no hay forma de escribir. Cuelgo (el teléfono).

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