11.1.16

Hoteles.


Paul Paede - Nu devant la fenêtre


El hotel de la Gran Vía. Su figura recortada en la ventana, fumando. Sus caderas. El humo saliendo por la ventana entreabierta. El atardecer. El ruido de la calle. Nosotros.

El hotel al lado de la M-30. Una habitación en un octavo piso. Escuchamos tambores. Nos asomamos entre cortinas, gozosos, desnudos, curiosos. Después se hizo de noche y lloramos.

El hotel cerca de su casa. Cuadros enormes en las paredes. Nos abrimos en canal, dejamos la cama perdida de sentimiento y confidencias, nos amamos tan lento que la hora llegó, súbita, debimos volver a lo que era.

El hotel con cortinas rojas en las habitaciones. Llegué y estaba la puerta abierta. Me esperaba sentada en un sillón con un vestido de seda azul con lunares blancos, pálida, ansiosa, se retorcía las manos. Nos besamos, era viernes.

El hotel en aquel barrio oscuro. Era barato. La habitación tenía un gran espejo frente a la cama. Nos amamos mirándonos. Volvimos al día siguiente.

La pensión en Vallecas donde nos abrazamos, allí donde la habitación desaparece, la ciudad desaparece, la vida desaparece, la corporeidad de lo espacial, el hueco, el vacío como elemento,  una reflexión, solo existe este ahora tan intenso justo cuando advierto que construir lo que ella me pide  es una cuestión de estructura, de cambio, armonizar la ausencia, equilibrar la distancia y esto es fácil de pensar cuando siento su piel junto a la mía, mi aliento en su espalda, mis manos como un flamenco dando palmas, el polen de mariposas amarillas cuando se inclina y gime, el aire, el viaje de mi lengua entre sus muslos, en una esquina de la cama se escucha el mar, huele a romero y tantas velas semejan un incendio, recorro con dos dedos su columna vertebral y no sé si sueño o estoy o da lo mismo, todo es igual, solo ella y yo y los jazmines en la mesilla, se ha derramado el búcaro y el agua, sus bragas en un brazo de la lámpara, una batalla sin victoria, una lucha sin exterminio, nosotros en una gruta, en un altar con ofrendas de naranjas agridulces y avellanas, con la tormenta de tener que volver, sin manantiales, sin exorcismos, sin pedir auxilio, en el monte y en el camino, sin rumbo ni norte, tumbados en la ribera del instante, cantándonos, hablándonos como niños…

Se hace de noche tan pronto, estamos en penumbra.

–Dime que solo me amas a mí, dime que soy tu mujer, dime que eres mío.

–Solo te amo a ti, eres mi mujer, soy tuyo.

Se cubre los pechos con la sábana en un gesto entre recatado y provocador.

 –Te ha faltado dinero para terminar con  alguna de las mujeres que te han amado.

Me sorprendo, nunca lo había pensado.

Fumo y doy vueltas a esa frase. Me levanto a buscar un cenicero, los gatos arañan la puerta.

Vuelvo a la cama.


Acaricio sus piernas, sus nalgas duras, su cuerpo que tiembla y brilla, yo también tiemblo y quiero hacerla mía de todas las formas, morder su cuello, ahogarla, su voz que me pide, que me incita, que me ordena, que me enciende aún más, busco mi cinturón entre la ropa y ato sus manos, fuerte, quito la funda a una almohada y tapo sus ojos, entro en ella diciéndole malas palabras, le digo que es mía, que mataré a cualquier hombre que quiera poseerla, ella dice no sé qué, no entiendo otra cosa que esta lucha por ser uno y de pronto el reloj, todo son urgencias, volver a casa como en un cuento infantil, el metro, despedirnos cada uno en un andén como dos desconocidos, esperar la siguiente llamada, la próxima oportunidad, me duele el alma, la realidad sentada en la cocina de mi casa, esto es lo que es.  

1 comentarios :

Encarna C dijo...

Maravillosa fuerza de escrito. Gracias por su lectura Pedro.

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