22.11.15

Final del viaje a Reunión




Al despertar supe que aún no era tarde.
No sé cómo.
A veces me siento sobre el muro y miro al otro lado. No me atrevo a saltar a ese jardín de ahí abajo. Quizás por los perros que ladran y me amenazan. Busco la carnalidad de un espíritu que se haga lengua

La habitación se pobló de insectos, detrás del paisaje de mi recuerdo cruzaba un erguido pertiguero con arenques saliendo de sus orejas, el augur se doblaba sobre un mapa buscando la línea amarilla que delimita el campo de batalla, el lugar exacto donde sacrificaban las yeguas antes de los combates. Los alcaravanes picoteaban el suelo del cuarto de baño, fuera las abejas zumbaban sobre los arriates.

Me miré al espejo.
Sobre mi cabeza se encendió un iPad, dentro una escena, sobre fondo negro brillaba un calendario en el que se destacaba el día miércoles.
Se borró.

Otra escena. Los tiroleses entraban en el pueblo con su comandante al frente. Muchos venían heridos. Los niños, indiferentes, reían a su paso. El tambor bigotudo requebraba a las muchachas. Una mujer buscaba con gesto serio el rostro de su hombre, ¿volvería?
Se borró.

Y otra escena. La placidez del interior de una iglesia. Entonces llegaron ellos, rompieron las vidrieras, cortaron las cabezas y las manos de las imágenes de los santos, robaron los objetos de culto, hicieron trizas los bancos del coro, se mofaron del sacristán, dieron fuego al campanario.
Se borró.

Más escenas. Un campamento en Guadalcanal. Por los suelos de los barracones corren cangrejos gigantes y ratas silenciosas. El calor es pegajoso, insoportable. De pronto llueve, un chaparrón intenso. Los soldados salen a refrescarse, algunos se desnudan y enjabonan. Cesa la lluvia. Una explosión, la bomba ha caído cerca de la cocina. Gritos. Los soldados toman sus armas sin saber a quién disparar, de quién defenderse. Los japoneses están escondidos detrás del palmeral. Robert yace detrás de una ametralladora, la bala le ha traspasado el muslo, grita.
Se borró.
  
Detrás de los cristales escucho voces. Salgo a la terraza, los jardines están llenos de hombrecillos barbudos con sombrero. Aparecen por todas las bocacalles. Al cabo de media hora solo veo hombrecillos, por todos los lados, en la piscina, colgados de las palmeras, incluso mi habitación está llena de ellos. No distingo qué es lo que gritan. Aguzo el oído. No lo entiendo. Parece una lengua extraña. Conecto el traductor automático del iPad. La pantalla parpadea. “Es demasiado tarde, se acabó el tiempo”. Y entonces cayó la primera piedra. Después otra. Y cientos, miles. Me refugié debajo de la cama....................................... .......................................................Reunion ya no es, apenas esa sombra que distingo desde el primer avión. Anochece. Ver una puesta del sol desde la ventanilla es disfrutar de una fiesta de colores extendiéndose sobre las nubes.

Volver a la urdimbre, a tejer los días, imágenes para mejor comunicarnos, para gustarnos, para intentar la emoción. Palabras fáciles que hagan consistente esta relación por el aire de ver sin ver, de intuir, de acomodarse en una rutina de música y quién sabe.

Atravesamos una zona de turbulencias. Abróchense los cinturones”. El comandante nos informa que ha entrado en erupción un volcán situado bajo el glaciar de Eyjafjalla. Dice que las cenizas están alterando el correcto funcionamiento de los instrumentos de a bordo. Nos pide tranquilidad. Nos pide que si somos religiosos, recemos. Alguien grita en las filas traseras. Alguien grita en las filas delanteras. Todos gritamos. El avión comienza a perder altura. En el asiento de al lado un hombrecillo barbudo y con un ridículo sombrero me dice “¿ves? te lo dije, es demasiado tarde, se acabó tu tiempo”.

Vaya viaje.
Lo peor es que no sé cómo acabará esto y si mañana podré subir el post nuestro de cada día.

Amén.


1 comentarios :

Maribel Gs dijo...

Y así sea.

Se podrán borrar del disco duro las imágenes, pero lo que nunca desaparece son las sensaciones y en isla Reunión ha habido muchísimas, ninguna se quedó en el tintero. He reído, he evocado, he imaginado: he sentido. Me has cogido de la mano y me has invitado a un magnífico viaje donde he podido ser niña (y también dejar de serlo) y si parir este relato te produjo algún sinsabor, has sido capaz de disimularlo para no perturbar la travesía. Sólo queda dar las gracias por este magnifico banquete literario que en ningún momento ha empachado sino que ha dejado un espléndido sabor de boca en el paladar de mis emociones. ¡Bienvenido a casa!

Besets!

PD: Qué monísimo (o sea divino de la laif) os queda a tu hombrecillo-souvenir y a ti el chaleco amarillo de supervivientes (guiño)

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