30.6.15

Cuento con anzuelos (y 3).


(Eduardo Arroyo)


Llueve. Por cada extremo de la avenida los dos grupos de manifestantes se acercan. En las bocacalles, la policía, agazapada, no sabe a quién debe defender, a quién debe golpear. Por un lado tremolan las banderas amarillas, por el otro las verdes, enfrentadas. Todos gritan, la algarabía impresiona. Justo al llegar al Ayuntamiento los dos grupos se encuentran, se alcanzan, apenas unos metros les separan. Se hace el silencio. Detrás de sus pancartas, detrás de sus ideas, rostros de mujeres y de hombres, se miran con rabia.

De pronto, a cada lado de la acera, como en un ensayo, aparecen dos personajes ensimismados. Caminan absortos mirando al suelo, ajenos a la multitud y al rencor. Los dos buscan a aquella que les hirió. De forma inconsciente, a la vez, los dos intentan cruzar la carretera por el único punto posible: la franja que separa las dos formaciones de odio, de miedo, de intolerancia. En la mitad de la calle los dos hombres se tropiezan. Como a una señal, se oye un grito y comienza una batalla, las piedras vuelan por todos los lados. Confusión, golpes, insultos, cuerpos que caen, patadas, disparos, huidas, carreras, mas gritos, fanatismo en dos colores. En ese momento carga la policía, y la confusión es total, todos se golpean entre sí, sin distinguir uniformes ni banderas. Cuando suenan los primeros disparos, los dos bandos se separan. Cada uno se lleva para su lado sus heridos, su rencor, su fracaso.

En el centro de la calle han quedado dos hombres, golpeados, magullados, sentados espalda contra espalda. Curiosamente, ambos tienen una herida similar en la nariz. Comienza a nevar, entre el humo, una mujer con un pájaro negro posado en su hombro se acerca a ellos. Les mira, ríe, se inclina sobre ellos y con saña clava un anzuelo de plata en sus cuellos indefensos. Después se va, indiferente a la mirada atónita de los dos hombres perdidos en su dolor, en sus quejidos. Sus preguntas quedan suspendidas, se pierden detrás de la mujer que se aleja, confundida entre las banderas en retirada, entre la sinrazón y el caos.


Ajenos, alegres, un grupo de niños y niñas cantan  alrededor de un árbol iluminado bajo la lluvia. A la rueda, rueda…



(Eduardo Arroyo)


2 comentarios :

LA ZARZAMORA dijo...

Somos la guerra que negamos. Carnaza fácil a la que lanzarle el anzuelo.
Mientras la muerte, ávida de jaulas, lleva nombre de mujer, y en su hombro toda la miseria humana.
Luego ya no hay barricadas en las calles, sonríe la inocencia en un futuro, que repetirá la misma historia, " a la rueda, rueda"... como una noria, girando sin fin.

Esta trilogía me atrapó desde el primer cuento. Pensé en un pasaje de "La Peste" de Camus:
Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.

Y un beso, grande, majestuoso, amoroso, maravilloso, porque escribes como un p--- dios.

Pedro Martínez dijo...

La Zarzamora
La guerra. Europa devastada hace nada, parece que nadie lo recuerda. He recorrido Berlín, Praga, Budapest, Viena buscando huellas de la desolación sin darme cuenta que vivo a 35 kilómetros de Gernika, he leído y estudiado para no olvidar, he buscado fuera lo que brillaba en el patio de mi casa.
La muerte no descansa, lo contamos porque de momento se no se ha posado en nuestro hombro (de momento, sí, claro).
Por suerte para mí he tenido buena salud (toco madera). Hace muchos años tuve una apendicitis perforada (creo que se dice así) aunque el primer diagnóstico fue gripe (mecagúen en aquel médico). Después de la operación, en la clínica, estaba leyendo “La peste”. Cuando el cirujano pasó visita para interesarse por cómo estaba lo vio y me dijo: “no me extraña lo que le ha pasado leyendo esas cosas” (un artista el tío).
Las plagas. Ayer vi una película (parte), muy mala por cierto, se desarrollaba en la Edad Media. Se había desarrollado una tremenda plaga y la culpa la tenían las brujas. Y las mataban. Brujas eran las diferentes, las que sabían. Zarzamora, tú hubieses terminado en la hoguera, sabes demasiado. Yo no sé tanto pero sé cuándo me hablan con amor y me vas a permitir que me abrace a ti y que nos quemen a los dos, que les den, aquí me quedo, en ese beso majestuoso, entre las llamas.
No seas mala, uno tiene una edad y se emociona demasiado.
Muchas, muchas gracias.
Me rindo.

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