16.3.15

Serotonina.(4)

 ...Pliegue de la materia
en donde reposaba
incandescente el solo
residuo vivo del amor.

(Valente)




B

Ya en mi cuarto me desmaquillé, me puse cómoda y me miré en aquella parte de hombre que tanto había añorado. En un movimiento rápido me enfundé esa mitad masculina a pesar de que estaba un tanto ajada pero lo achaqué al tiempo dedicado a buscarme cuando estaba dividida y me sentí en ella mucho mejor que en mi propia piel . Me decidí a recuperar pronto lo perdido. Empecé por querer a esa mujer que persistía en mí. Intensamente. Nos amamos con la pasión con la que uno solo puede amarse a sí mismo. Me quité la ropa con lentitud, frente a frente, mirándome con sus ojos. Después me acaricié inventándolo, cada caricia era nueva, recién imaginada, me toqué en lugares de nuestro cuerpo que ni conocía, sentí calores en los muslos, frío en la nuca y un temblor en el vientre que me hizo fruncir los labios mientras nos llamaba. Compartimos sudor, saliva, humedades en una cama iluminada. Al comienzo del idilio no lograba adivinar la parte de soliloquio del diálogo, nos hablábamos constantemente y me enternecían las bellas palabras que nos regalábamos con naturalidad. Una gran dulzura me invadía con cada recuerdo compartido, con aquellos miedos varoniles, con mi pudor vencido, con las confidencias derrotando a la prudencia, con el progresivo acoplamiento del nosotros después de haber sido él y yo.


Ahora que ya nos habíamos encontrado comenzaba la tarea de ensamblar los fragmentos del vacío, de hacer sólidos los frágiles instantes compartidos, era el momento de planificar el presente. Debíamos trabajar en algo que nos permitiese estar juntos sin apuros, soplar las briznas de la duda, aceptar con naturalidad ese baile de cangrejos en el pecho cuando algún conocido nos saludaba, perfilar una guía de convivencia con nosotros. Y esa era la parte más difícil ya que nunca me había soportado a mí misma. Shhi, shhi, shhi.

Cada día por separado, juntos, describimos el amor, nos confesamos en blancos papeles de viento, nos escribimos sobre la atemorizada memoria, el alboroto de nuestros cuerpos, cuerpo, el descubrimiento desnudo. Y así fuimos apilando esos escritos en una caja de ébano que compramos en un zoco en nuestro primer viaje al norte de África. Algunas noches nos leíamos hasta el amanecer, hasta que la emoción nos robaba las palabras. Llorábamos.

Vivimos dentro de una esfera, en un continuo incendio, nos volvimos transparentes, luminosos, orgullosos de nuestro único corazón que cada día cantaba el milagro, respirábamos esa música. Girábamos como planetas. Coordinamos el jadeo. Inventamos una playa de arenas de oro, un paisaje, una alameda. Arquitectos de nosotros, construimos un cielo. Nos gustamos, mirándonos nos gustamos. Separamos las aguas hasta encontrar en el fondo la mirada limpia que nos veía. Nos crecieron alas. Volamos. Volamos hasta el límite del infierno. Nos sentamos a la sombra del árbol del paraíso. Nuestro cuerpo despedía el aroma del amor. Y juro que fue así.

(Sigue)

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