19.3.15

Serotonina (7)




X

No nos podíamos permitir aceptar el disimulo, contradecir los principios, era necesario saberlo todo, afrontar la amargura de la verdad, desatar el nudo. 

Tomamos la negra caja que guardaba nuestra historia y caminamos hasta el acantilado, el mismo desde donde veíamos amanecer. Al salir cerramos la puerta con cuidado, no fuera a aparecer el fantasma. Nos miramos sin hablar, ella y yo, ya nunca más nosotros. Abajo rugía el mar golpeando el arrecife. El viento nos abofeteaba el rostro. Abrimos la caja y los papeles volaron, la tiramos al vacío, después de varios giros en el aire se rompió contra las rocas.

Estábamos decididos, no había más que decir, no era un final preparado. Zapp, zapp, zapp, ella, tan delicada, tan ágil, salta a mi espalda, con una mano me sujeta la frente, con la otra saca un cuchillo de cocina del bolso y me lo clava en el cuerpo una y otra vez. No es él, no es él, repite mientras la sangre nos salpica, nos libera. Duele, duele mucho pero ese dolor me reafirma en que esa mujer soy yo. De nada sirve. Se va, para siempre, corriendo, asombrósamente veloz para una persona de su edad...

Y

No me acostumbro a vivir solo, con este imaginario e incómodo vacío clavado en mi cabeza, con el sonido de mi nombre que me castañetea en los dientes...para siempre.


Z
Fin.


René Magritte. Les Jours Gigantesques. 1928.

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