15.7.14

Cuento para leer en los viajes a París.(y 2)



Un día cualquiera de mayo apareció la ballena, majestuosa, imponente, saltando entre columnas de agua de colores. En las rocas, junto al embarcadero pequeño, se formó la algarabía, los de azul gritaban, las de verde chillaban, el sabio del catalejo, en la proa de su barco, enfocó al monstruo e informaba.

Ella y él sabían que era una señal.

La ballena se acercaba al muelle, nadie había visto nunca un animal tan grande.
Nadie. Nunca. Un animal. Tan grande.
Ella intuyó el peligro y dijo – huyamos – y corrió carretera arriba.
Él la siguió.
La ballena se elevó sobre el puerto y su gran boca se tragó el pueblo con habitantes, casas, coches, árboles, todo.

Ellos, salvados, arriba, en la atalaya, jadeantes por el esfuerzo, volvieron la cabeza a tiempo de ver a la ballena sumergiéndose en un remolino de aguas azules.
Ella le tendió las manos y dijo –ven-.
Él miro sus ojos, luego la estela de la ballena, después se miró dentro, alrededor, al cielo y cuando quiso mirarla, ella había desaparecido, no estaba, apenas un eco de ese ven.

Ven.

Ella era la única mujer sobre la tierra y se había vuelto invisible.
Él sentía su recuerdo mordiéndole como el remordimiento por un crimen.
La ballena se alejaba, hacia el norte, lejos, lejos.
Él pensó en volver a la ciudad a mendigar cariño por las calles. Antes de partir, avergonzado, quiso mirar por última vez ese horizonte. Allí, sobre una roca, en la cueva de Og, distinguió a la mujer que amaba. Lo supo: ella era una sirena y reclinada en las mareas aún esperaba. Se acercó hasta el borde del acantilado, vio el mar en calma, se desnudó despacio, dejó la ropa doblada junto a un árbol, abrió los brazos en cruz para saltar y entonces, precisamente entonces, vino la niebla, el mundo se volvió blanco y se durmió.

¿Fin?




Cuando la nitidez del aire le despertó escrutó los alrededores de la entrada a la cueva. Nada se movía. Supo que ella había vuelto a su mundo submarino. Se vistió de nuevo, despacio, ya camino del autobús se apercibió que respiraba tranquilo. Además una sirena nunca podría vivir en la ciudad, se mintió.

Fin

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