6.3.14

Antes de la poesía.


Vienen
otras y las mismas
con cada una es diferente y lo mismo
con cada una la ausencia de amor es diferente
con cada una la ausencia de amor es la misma

(Samuel Beckett)



Me interno en el bosque a consolarme llorando y pasa la tarde meciéndose como las flores de los cerezos hasta que un céfiro inoportuno las desprende de las ramas, aventándolas a ese cielo brumoso donde duermen los dioses del azar que nos protegen con sus manos abiertas.

 Hace un tiempo uno de ellos me rozó con su dedo convirtiéndome en este que soy. Vivo desde entonces con una aureola de noctilucas, pero ahora ¿desde dónde te busco? en la vocación de amarte o en su reflejo de lo posible, en el magnífico impulso que me lleva a estas dispersas palabras que apenas dicen, que se escapan por los resquicios del miedo a tu terrible ausencia, de mi atónita mirada que se pierde en la umbría de no verte, desparramándose por tu mundo interior, tan diferente, tan lleno de razones y certezas, de fórmulas bien aprendidas, esto es así, esto es por aquello, acuchillado por tu mirada, por tus brazos rodeando aquella pena mía incontenible, mujer, tan mujer que en ti quiero perderme y encontrarnos fuera de la selva de fieras y colmillos, de puertas cerradas y susurros, quiero gritar que te amo a la mañana, despertar a los perezosos habitantes de la siesta, incomodar a los que no duermen en las largas noches de persianas cerradas.

Cuándo será la próxima vez que nos veamos rodeados de sol y manos frías, de transparentes labios de rocío, de pleamares, de jardines cautivos, de hojas amarillas.
(Por ejemplo, empezar así el jueves, como que no quiere la cosa)



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