17.1.14

Conjunciones y alteraciones. Desgana

Mientras jugamos aquí con las palabras del autoengaño no hay lugar para tormentas de incomprensión y conflictos, no cabe la desesperanza, ni la insatisfacción -aunque lo cante Jagger-, no hay espacio para otra cosa que no sea mecerse en las respuestas mullidas, en la espera absurda del regreso de ella(s), en los secretos que me desveló como una cebolla incesante.

Supe de su corazón traspasado por amores rotos, por esperanzas y temores, por terremotos interiores, historias inacabables que no descomponen su gesto serio, su vida dentro de su vida. En un tiempo me paseé por su vajilla, por su perfumada ropa blanca, por los suelos de su casa brillantes de cera y tiempo, por los de su alma donde se juntan las estaciones de metro, los trenes hacia ningún lado –quizás París- y ¿qué digo? locos por hablar entonces de frutas de mercurio escondidas en el cerebro, dragones acomplejados y caricias a la luz de la luna, de lo qué sí y lo que no, de lo que importa. ¿Qué es lo que importa? ¿Dónde empieza lo importante? Es difícil definir a qué altura podemos ascender hasta que falte el oxígeno, el aliento, hasta que lleguemos a ese horizonte imposible, imaginario pero. Aún no tengo explicación del calor que se me agolpaba en la nuca cuando ella decía, o yo decía, pero estábamos cuerdos, eso sí sé.

Que no llegue el silencio aunque las hogueras han comenzado a brillar. Sólo nos queda la playa aunque el resto también es arena que va cubriéndonos como a una ciudad olvidada en el desierto olvidado de un mundo olvidado. Si esto es una metáfora vamos a ninguna parte, o hacia atrás, o esto es nada y hemos perdido la memoria. Como mínimo.



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