2.12.13

Sine nomine.


Fuera llueve.
La casa está fría.
Toman café.

¿Azúcar?– pregunta ella.
Dos cucharadas, por favor– contesta él.

Charlan de tantas cosas.
Anochece 

Se te hará tarde para volver– avisa ella.
No te preocupes, aún es pronto y llueve demasiado– dice él.

Están nerviosos como niños sorprendidos en falta, intranquilos.
Él mira los libros de la biblioteca, se gira, se acerca a ella.

Me voy. Dame un beso de despedida– pide él.
Sí– concede ella bajando la mirada.

Él besa su mejilla pero sabe que eso es solo el principio.
Busca sus labios.
Ella los frunce sin demasiada resistencia. 

Él acaricia su espalda.
Baja las manos.

Ella suspira –vamos a mi cuarto –dice. 





“Arriba, en el dormitorio tenuemente iluminado, él se sitúa tras ella.”
–Quiero que me desnudes —pide Claire.
Él le baja la cremallera del vestido despacio, le quita primero una manga, luego la otra, hasta que la prenda cae al suelo. Lleva un sujetador de color rosa palo que él le desabrocha con delicadeza. Después, lentamente, como un suplicante, da la vuelta y se arrodilla ante ella, acariciándole el vientre con la nariz. Le da la vuelta para sentarla en la cama y la descalza. Desnuda, ella se pone de pie, de cara a él.
—Tócame —musita.
Él obedece, le acaricia los pechos, la espalda, los brazos, entre las piernas.
—Bésame —pide.
—Ahora desvísteme tú —dice él.
Claire le quita la corbata prestada, la desliza por su cuello, y, cogiéndola con las dos manos, se la pasa por el cuerpo, arriba y abajo. Luego le echa el lazo con ella y la utiliza para atraerlo. De puntillas, lo besa dulcemente en la boca antes de tirar la corbata entre risas. Le desabrocha la camisa y va bajando la mano por el vello del pecho, besándolo y lamiéndolo hasta detenerse en su ombligo. Lo rodea, le quita una manga de la camisa, luego la otra, hasta situarse detrás de él, sus manos ciñen su cintura para aflojarle el cinturón.
—No te muevas —le susurra—. Yo lo hago.
Le baja los pantalones, le besa y le lame la cara posterior de las piernas, y a continuación su mano se cuela en sus calzoncillos y siente su miembro tenso contra la tela. Mueve la mano arriba y abajo, despacio, y después le baja los calzoncillos.
—¡Dios! —exclama él.
Todavía detrás, le quita un zapato, el otro, se deshace del pantalón. Luego lo gira para tenerlo de frente y lo toma en la boca, despacio, despacio, subiendo y bajando, jugando, levantando la vista para mirarlo.
Como si fuera el momento indicado, él retrocede y le da la vuelta, Claire queda de cara a la cama. Se echa hacia adelante y descansa su peso en los antebrazos y las pantorrillas. Él la penetra desde atrás, y cuando está completamente dentro, ella se estremece y grita. Él se mira mientras entra y sale de ella, fascinado con ese movimiento tan primario. Le mira la espalda, sus manos en las caderas de ella, que gime, y se cierra como un puño. Quiere estar en ella en todas partes a la vez, sentir lo que ella siente, experimentar lo que ella experimenta. Está lo más cerca que se puede estar de otra persona, y así y todo no le basta. La pone de lado, la pierna derecha en el aire, la mano derecha de él tras su cabeza, la izquierda en el pecho. Están frente a frente. Ahora son iguales. Sin querer, él se sale y, con una risa cariñosa, ella lo devuelve a su sitio.
—Me encanta tenerte dentro —dice.
Se vuelve boca abajo, y él la penetra profundamente, arqueando la espalda, más y más, y más y más dentro. Ella abre mucho los ojos mientras se agarra a la colcha repitiendo «Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío», hasta que su voz se pierde en un «ah ah ah ah ah ah» a medida que él va más y más de prisa, y ella pugna por respirar, la cara contra la cama hasta que los dos lanzan un grito que más parece de dolor que de placer…(***)



***(Pasaje de Indiscrecion.”  : Dubow, Charles.) 





Después abrazados bajo las sábanas, sonrientes, cansados, cambian ternura y dulces palabras, ajenos a la tormenta de fuera, dejando pasar el tiempo.

No debemos olvidar este momento– dijo él.
Nunca– contestó ella.

No lo olvidaron pero no se repitió.

No puedo, no debo, no sabía que el sexo era tan adictivo– dijo ella.
Sí– dijo él.

Podemos ser amigos– dijo ella.
No– dijo él.

¿Continuará?






5 comentarios :

virgi dijo...

Imagínate, te puse un me gusta sin haberlo leído. Ahora tendría que poner unos cuantos más. Montones.
Real como la vida misma.
Besitos, maravilla.

Pedro Martínez dijo...

Gracias, virgi pero fíjate que he tenido que recurrir a otro escritor porque mi experiencia en ese terreno es nula y mi imaginación también. En fin, soy joven, tengo tiempo de aprender. Un beso.

virgi dijo...

Je je pillín, quién te cree?
Ni tu abuela :)

Pedro Martínez dijo...

virgi, te refieres a lo de joven, ¿no?

Anónimo dijo...

Después del sexo no hay que tomarse nada demasiado en serio. Dile a Claire.

Mon.

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