16.12.13

Carta del amante nocturno.


En este limbo sin viajeros, busco huellas de aquel que he sido, invisibles pasos en los senderos con nieve.
El guardián sigue sentado bajo el reloj.
Invento triquiñuelas para espantar a los segadores.
En un plato, sobre la mesa, las manzanas.
La puerta abierta o cerrada, la puerta.
El jilguero con sus alas mojadas de aceite.
Y esta melancolía anegando la tarde, sin remedio.
El sembrador de estrellas no viene.
Husmeo el aire para encontrar el viento del norte, aturdido aún por el inoportuno observador de aquel febrero.
Después, la tarde se calma, se vuelve noche, se llena de noche, y yo también quiero llenarme de tus noches, esconderme en un pliegue de las sábanas que te envuelven y sentirte dormida, soñando.

Mi amada, ¿con qué sueñan las mujeres como tú? Quiero dormirme y soñarte despierta a mi lado, mirándome, besándome los párpados, espantando las pesadillas, aún es pronto para despertar y tengo tanto por soñar, pero las manzanas. También quiero seguir en vela, desvelado, no quiero dormir porque estoy asombrado de que me quieras y sigo así, con los ojos abiertos al silencio de la madrugada, antes de que canten los gallos y el jilguero vuele lejos, con la espina en su pico leve manchado de sangre.

Quiero contradecirme, quiero símbolos que digan aquello a lo que no me atrevo, lo que pugna por definirse, lo que lucha aquí dentro sin saber dónde termina el camino, sin saber siquiera si hay camino y solo podemos andar, ciegos, desorientados, tanteando los bordes de los ríos, los límites de la decepción, tocando con los dedos el cauce de los recuerdos, besando en la distancia el rastro pálido de aquel verano lleno de risas, aferrándonos, ya vencidos, a la luz irreparable de mañana. Porque, más tarde, la noche se volverá día y cuando llegue esa mañana quiero llenarme de tus días, esconderme entre tu piel y sentirte viva, viviendo.

Amada mía, ¿cómo viven las mujeres como tú? Y al saberlo, soltar el nudo que detiene mi barca, envolver los paisajes y las constelaciones, el mármol, las tempestades y la certeza de que hay aquí un intento, otro, de acercarme, sigiloso, a tu corazón y quedarme allí, para siempre.



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