16.11.13

Carlota Corday


Tiempos de cambio en Francia, Marat vive sumergido en una bañera con agua sulfurosa para calmar la enfermedad de piel que le roe y atormenta. En su mente se enmadejan los siete idiomas que domina, un saber enciclopédico, sus amplios conocimientos científicos. Ahora está enfrascado en teorías revolucionarias y escribe incesantes mensajes para la Convención.
Desde Caen ha llegado Carlota Corday tan culta, tan digna, tan moderada. Con engaños y su gracioso porte se acerca con un puñal escondido entre las ropas al desprevenido Marat en la bañera. Con gran determinación y fuerza le golpea con el puñal en el pecho traspasándole el pulmón, la aorta y el corazón.
Marat muere y poco después Carlota Corday es guillotinada en la plaza pública.
El Marque de Sade, internado en el hospicio de Charenton, enmarca este suceso y lo representa para la sociedad parisina ayudado por sus compañeros internos: locos, enfermos, e individuos socialmente no permisibles.
En 1964, Peter Weiss recoge esta historia y la adapta al teatro en su "Persecución y asesinato de Jean Paul Marat”.
Después Peter Brook adapta la obra al cine como “Marat-Sade”.

Elisa a mi lado, sentados en la fila veinte de un cine de arte y ensayo, leyendo los subtítulos, mirando la película con ojos muy diferentes. A ella no le gusta, se aburre, me lo reprocha, frunce los labios, se distrae, quiere irse. Yo me sumerjo en esa historia que desconocía, en la interpretación de una joven Glenda Jackson, en el uso de los planos cortos, en la tensión dramática, en la novedosa puesta en escena.
Salimos, ella enfadada, yo tan impresionado por esta película que no tengo tiempo de pensar dónde ir para aliviar mi intención de acariciar sus caderas de olas, besar sus gruesos labios, perderme entre sus largas piernas.

Elisa me invita a su apartamento, su compañera ha salido y no regresará hasta la madrugada. Nos sentamos sobre la cama y hablamos. Elisa quiere escuchar a un guapo cantante de moda, me opongo, horrorizado. Cuando rozo sus pechos breves ella me habla de matrimonio. Elisa quiere merendar, yo beber café. Cuando quiero soltar el cierre de su falda ella me retiene las manos y me pide que le hable de amor. Me chupa, bromista, una oreja mientras le abrazo. De pronto se levanta, se atusa la melena y dice que quiere salir a pasear; le digo que hace frío fuera y acaricio su espalda. Calor y frío, izquierda y derecha. Ella sube y yo bajo, ella va al norte y yo estoy en el sur. No puedo hacer otra cosa qué cortarme el cuello emocional con esa guillotina figurada antes de marcharme a la noche negra de los remordimientos, otra vez.
Fundido en sepia, the end, la gente aplaude, pero para mí es la número veinte y me llevo cinco.


No sé si fue exactamente así pero me duele todavía. Esta lluviosa mañana de noviembre me ha entrado por la garganta un deseo intenso de recordarla. Pero no puedo quedarme en la añoranza, tengo que mantener el tipo de ciudadano en la colmena. Manuel el del bar mientras me pone el café de la mañana, viéndome tan serio, se atreve – Qué ¿otra vez le entro la angustia? mire que ya no está usted para males de amor -. Y yo, sí, claro, y continuar recordándola sin apuro, cada vez menos recordada, cada vez mas difusa. Después salir a los juzgados, donde toque hoy, buscar las emociones por las esquinas y ganarme la vida hasta que otra mirada me redima, me lleve a seguir una ilusión o una quimera, pero siempre una mujer que, como mínimo, conozca a Carlota Corday y su cabeza en las manos del verdugo. O la mía.



2 comentarios :

virgi dijo...

Me cautivó hace años esta Carlota, fría y apasionada, decidida e irreverente. Ahora me cautivan tus palabras.
Que sí!
Besos besos

Pedro Martínez dijo...

virgi,queremos tanto a Glenda...

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