20.3.13

Humildad.


Zhong-Biao


Los muchachos de las bicicletas la cortejaban en los callejones.

La veía pasar frente a mis balcones cuando volvía de las plegarias en la oscuridad.

En mi interior gritaba su nombre, el que me había inventado, el viento y la sombra se llevaban mis pensamientos.

El deseo lo llenaba todo.

Seguro que ella me veía escondido entre las cortinas, un adolescente asustado, el de la casa del tejado rojo, un perfil difuso, nadie.

Nunca me atreví a hablar con ella, me fui, un cobarde, huí.  

Me fui
de Bilbao
a ver
la virgen
sobre
la zarza,
después
peregrinos
alrededor
del agujero
de la bomba,
explosión,
muerte,
impiedad,
bailarines
girando
en bailes
de muerte.
Praga.
Me fui,
huí,
busqué
otras
mujeres,
vicios,
humo,
polvo,
sangre,
un maldito.
Budapest,
cenizas,
espejismos
la rutina
del ocio
vagando
por Europa
como
un mendigo
mirando
escaparates,
sótanos,
Roma,
corazones,
aprendí,
curiosidad,
nunca,
nunca,
en ningún lado
ninguna
como ella.
Berlín.
Regresé,
barbudo,
cansado,
escéptico,
otro,
con caftán,
excéntrico,
desconectado,
un joven
viejo,
la zarza
aún ardía
ante
mis ojos.


Los muchachos eran hombres y ella no estaba. Ni mis padres. Mis sueños habían muerto en París, en Viena, en Madrid. Tanto viaje para encontrarla, para encontrarme. Nada. Todo perdido. Vuelta a empezar. Quizás sea tarde. Escribo esto para saberlo, para intentar medir mi estupidez. Nunca he sabido andar en bicicleta,


 (Samuel Sánchez)

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