17.2.13

Cuando Helen Fisher me lo explicó.

Helen Fisher: "El colocón del enamorado lo producen las sustancias que fabrica su cerebro"
  


Esta es una historia entre la química, la monogamia, el adulterio y la necesidad de ser otro, al menos en mi cerebro.
Empieza en Manhattan pero solo porque vivo aquí, la verdad podría haber empezado en Bilbao que es de donde soy, pero no, empieza donde estoy, ahora.
Jenny es marchante de arte. Quiso que la acompañara a visitar a una artista en la zona de Chelsea, cerca de Meatpacking. Me convenció diciendo que después iríamos a cenar a Ciprinai´s. Fui.
Llegamos al lujoso ático donde vivía Arundhati Jackson, una pintora medio hindú medio americana que nos recibió con amabilidad, nos ofreció té y pasamos a revisar su trabajo. De entrada me pareció una mujer poco atractiva, menuda, de mediana edad, demasiado delgada, de voz rasposa. Mientras ellas hablaban me dediqué a mirar por la ventana.
Fue allí, mientras veía brillar el sol del atardecer en los rascacielos cercanos. escuchando desde otra habitación aquella voz cuando, sin siquiera sospecharlo, en el núcleo caudado de mi cerebro varias regiones activas se iluminaron de amarillo intenso y naranja. A la vez el área tegmental ventral comenzó a producir dopamina con fluidez. Es decir, comencé una alerta que incluía una incipiente excitación sexual, una creciente sensación de placer y una motivación para intentar conseguirlo.
 Esto no lo supe hasta un tiempo después, cuando Helen Fisher me lo explicó.
Nos despedimos y Arundhati me obsequió con un catálogo de su última exposición, le di dos besos en la mejilla agradeciendo su hospitalidad. Salimos. Me excusé con Jenny diciendo que no me encontraba del todo bien. Tomé un taxi hasta mi apartamento en Broome Street. Sin pensarlo busqué la dirección de correo en el catálogo y escribí en mi iPad necesito verte. Treinta segundos después tenía una contestación, ven. Fui. 
En el ascensor no era consciente de mi alto nivel de dopamina, del aumento incontenible de testosterona. Nada más entrar, nos miramos, nos quitamos la ropa y nos amamos con deleite e intensidad, arrobados, apasionados. Arundhati era una buena amante, solicita, sumisa, activa, ansiosa, paciente, ardorosa, amorosa, completa. Mi cerebro se colmaba de norepinefrina que me daba aquella euforia, aquella sonrisa tonta mientras con el descenso de  serotonina comenzaba mi obsesión por estar con ella.
Helen Fisher me explicó que esto era así.
Pero no quiero contar toda mi historia.
Diré que duró cuatro años.
Nos amamos 157 veces, los miércoles
También algún domingo, cuando Joe, su marido, estaba de viaje.
Resumiré diciendo que destilo testosterona, amargura, soledad, amor no correspondido y que estoy, hoy también, frente a su apartamento, esperando que salga.
Hoy también me ignorará. 












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