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17.8.12

Relaciones imposibles.



RELACIONES IMPOSIBLES: BENEDICTO XVI-TARSICIO BERTONE

Una situación infernal

Se conocían desde los tiempos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde hicieron buenas migas ya que los dos eran partidarios de la Inquisición




Benedicto XVI y Tarsicio Bertone no son como un presidente y un vicepresidente, o como un jefe de Estado y un primer ministro. No son, en fin, como Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, o la reina de Inglaterra y David Cameron, pero casi. Quiere decirse que Bertone manda mucho, manda incluso más que el Papa porque es el que está en la cocina, en la trastienda, es el hombre en la sombra de Ratzinger, vale decir el hombre en la sombra de Dios, lo que desde el punto de vista del poder es la hostia.
Oficialmente, Bertone es secretario de Estado Vaticano y cardenal camarlengo, lo que en la práctica significa llevar la organización interior y exterior de la Iglesia: todo ese papeleo del que precisa Dios, que es un burócrata, para comunicarse con sus criaturas. Pero significa también el control del dinero: los ingresos, los gastos, las inversiones en armas, en fondos de alto riesgo o en fábricas de condones. El cardenal camarlengo dirige el blanqueo de capitales al que es tan aficionado el IOR y sabe por qué de vez en cuando aparece un banquero del Todopoderoso colgado debajo de un puente. En otras palabras, se ocupa también de las relaciones con la mafia, asunto enormemente delicado en una institución cuyo reino no es de este mundo.
En calidad de camarlengo, cuando muere el Papa, hace una cosa muy rara, que es colocarse a la derecha del cadáver y llamarlo por su nombre y apellidos tres veces con una diferencia de tres minutos entre llamada y llamada. El ritual pone los pelos de punta al más pintado porque aunque tú sabes que el Sumo Pontífice está muerto, pues se le ha afilado la nariz, que es lo primero que se le afila a los papas difuntos desde Pío XII, siempre cabe la posibilidad remota de que se levante y pregunte quién le llama, como cuando telefoneas al móvil de un recién fallecido, que se te hiela la sangre en las venas (¿dónde si no?) mientras escuchas los tonos de llamada. Lo normal es que al final salte una voz diciendo que el aparato está fuera de cobertura, porque en el infierno no hay antenas de telefonía móvil, que dan cáncer, pero se te hacen eternos esos segundos, sobre todo si el difunto ha sido enterrado con el teléfono, costumbre que empieza a generalizarse porque se considera que el móvil es ya una extensión del propio cuerpo.
Se hace eterno, decíamos, el tiempo que pasa entre que marcas el número de mamá, que en paz descanse, y la voz de la telefonista informándote de que mamá atraviesa una zona de sombra (¿la laguna Estigia?). Pues imagínense los tres minutos de silencio, tres, que se producen entre la apelación y apelación del camarlengo, con el Papa de cuerpo presente y en su cama, en la cama donde ha dormido cada noche, rodeado por tanto de sus cosas más íntimas (quizá tenga un orinal de plata) que huelen a rancio, como la intimidad de cualquiera, sea Papa o ingeniero informático. Un sinvivir, nunca mejor dicho, porque la actuación se lleva a cabo además en una atmósfera muy lúgubre, con aroma a cera y a incienso revenido, quizá a azufre, pues el diablo no se pierde ni atado este ceremonial, donde ya empieza a mover los hilos para influir en la elección del sucesor.
Si el Papa muerto no contesta, que ya decimos que es lo normal, el camarlengo toma un martillo de plata con el que golpea tres veces la frente del cadáver, para ver si tampoco responde a los estímulos de orden físico. Cada cultura tiene sus métodos. Entre nosotros está muy extendida la costumbre de colocar un espejo frente a la boca del extinto para ver si respira. En la enciclopedia Espasa viene otro procedimiento muy seguro consistente en aplicar la llama de una cerilla encendida al dedo gordo del pie del difunto. Si el dedo se hincha y estalla, significa que está vivo.
Pero no nos desviemos de nuestros intereses. Decíamos que el camarlengo es el encargado de certificar el óbito del Papa, lo que le otorga un protagonismo fúnebre de muerte. Y el Papa es, por su parte, quien elige en vida a la persona encargada de llevar a cabo toda esta liturgia de despedida. Lo lógico es que elija a un amigo del alma, a alguien de mucha confianza, a un cardenal que pronuncie su nombre con respeto, incluso con cariño, no va a nombrar a alguien que le rompa la frente a golpes con el martillo de plata.
No.
Benedicto XVI pensó en Bertone porque se conocían desde los tiempos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde coincidieron e hicieron buenas migas ya que los dos eran partidarios de la Inquisición, que es como se llamaba antiguamente este departamento. De modo que cuando Ratzinger ascendió al papado se lo llevó consigo y le confió estos dos ministerios, el de las finanzas y el de las pompas fúnebres, que es como si en un Gobierno de España te dieran ahora mismo Economía, Hacienda e Industria.
En principio no fue mala idea. De hecho, todo iba bien de cara a la galería hasta que a finales de mayo fue detenido Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa. La sorpresa fue enorme porque no sabíamos que el Papa tuviera mayordomo, Cristo no lo tuvo, aunque según algunos fue Judas, de ahí el rencor de clase que le condujo a lo que le condujo. El caso es que el Papa no solo tenía mayordomo, sino que lo había sacado de una novela policiaca de tercera, en la que en el primer capítulo ya sabes quién es el asesino. El asesino, en una primera lectura, era Paolo Gabriele, a quien Su Santidad llamaba cariñosamente Paoletto. Pues bien, resultó que el fiel Paoletto tenía los armarios llenos de documentos comprometedores para la curia, algunos de los cuales se habían filtrado a la prensa con resultados catastróficos desde el punto de vista de la imagen del papado actual.
Y aquí es donde de súbito salta también al primer término la figura de Tarsicio Bertone, el cardenal que estaba en la cocina, el prelado que vivía en la trastienda de la SL revisando la contabilidad creativa del Vaticano, el hombre que vivía en la sombra, que apenas salía en los periódicos, pero que era la mano que mecía la cuna. Uno podría presumir de haber entendido la trama de la obra, pero la verdad es que no ha entendido nada, excepto que se trata de una novela de intriga en la que el mayordomo, tras una segunda lectura, parece actuar de chivo expiatorio y en la que la supuesta víctima, Benedicto XVI, permanece atada a su presunto victimario, Tarsicio Bertone, por lazos que le impiden cesarlo fulminantemente de su cargo. Quiere decirse que le destrozará la frente a martillazos. Una situación infernal en la mismísima embajada del cielo.


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