27.2.12

¿Edad?



El puro presente no es sino el fugitivo progreso del pasado royendo el futuro. A decir verdad, toda percepción ya es memoria. (Henri Bergson)

Solo la emoción vencía al miedo, una tan mujer, otro tan joven.

Me impacientaba por las calles cercanas mientras ella llegaba con la compra. Cuando sonaba el móvil –una sola llamada- sabía que podía subir. Nunca me crucé con ningún vecino, nadie me preguntó.

Temblaban los cristales, cantaban pájaros en el patio, se escuchaban pisadas en el rellano.-¿Nos quitamos la ropa?- y era el abrazo hambriento. Tendido sobre el rocío de su cuerpo el mundo era otro, fértil y húmedo, acogedor, inabarcable. Susurraba en mi oído palabras que no entendía, la cabeza se llenaba de deseo y calor, de tentaciones, de una marea de ternura que me dejaba sin fuerzas, aprisionado en su piel que era mía, convertido en esclavo de mis labios, de mis dedos, del ardor desmedido de amarla sin límites. Besaba mis párpados con una dulzura tal que aún con los ojos cerrados podía ver más allá del cuarto en penumbra dónde nos juntábamos, en silencio, en un milagro en el que todo era posible, bello, nuevo. La puerta era un límite entre la vida y aquello otro que eran los días inexpertos, mi novia, los libros, un trabajo provisional, mis amigos cegados por el humo, ginebra los viernes, quizás María.

Nunca tuve en cuenta la diferencia de edad, sólo podía pensar en su cuerpo, cada minuto, enajenado. No entendía nada en lo que no estuviera ella, ni el saludo amistoso de su marido, ni su relación con mis padres, ni que su hijo pequeño fuera mi alumno ocasional.

Fue ese hijo el que nos descubrió, una mañana de mayo, final de la historia, intenso drama familiar incluido.
Han pasado cinco años. Hoy la he vuelto a ver, nos hemos cruzado en el Arenal, caminaba con lentitud, no se ha fijado en mi. Me he acobardado, he pasado de largo, me ha parecido una mujer mayor, casi una anciana. Tampoco yo soy tan joven, me caso en septiembre.

Pero algo se ha movido en mi alma. Me he girado y desde Bidebarrieta la he buscado por las estrechas calles, entre los cantones, en la plaza de Santiago, por todo el Casco Viejo. Nada.

He vuelto a casa con un sabor amargo.

No puedo mirarme en el espejo.


2 comentarios :

Maria dijo...

Es lo que tiene el paso del tiempo, coloca cada cosa en su sitio y a cada uno en su lugar.

Pocos frutos puede cultivar un campo que se siembra con mentiras.

Un sabor amargo; tristemente eso es lo que queda.

Un abrazo.

gaia07 dijo...

Hacemos burocracia hasta con las emociones, con ese “para siempre por siempre” inventado que acorrala, y lo imponemos en un mundo que no se detiene cada vez que aparece en su evolución una mutación, las deja evolucionar, las desarrolla, las aprovecha o las descarta sin amarguras. Como esos frutos en la naturaleza que crecen espóntaneos en cualquier parte y no necesitan de cultivo alguno para existir, florecer, llenar el mundo de aromas y colores, y morir.

Los recuerdos maravillosos y revivir tantas emociones junto a lo placentero de ver pasar el tiempo, es cuanto queda cuando una vida ha sido plena, si la opción es no poder volver a tenerlos es preferible la inexistencia.

Un beso

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