23.11.11

Oigee i y la lluvia oportuna.



Los Cien Mil Hijos de San Luis

Antecedentes
En 1814, luego de su liberación por parte de Napoleón Bonaparte, Fernando VII restauró en España el sistema absolutista, persiguiendo a los liberales, que pretendían que siguiera vigente la Constitución de 1812, que basaba la soberanía en la Nación y dividía los poderes del estado, reconociendo al pueblo, verdadero asiento del poder, la vigencia de sus derechos naturales. Esta situación cambió el 10 de abril de 1820, cuando Fernando VII luego de una serie de sublevaciones, que comenzaron con el pronunciamiento de Riego, debió jurar la Constitución de 1812.
Durante los tres años que siguieron, se suprimieron los señoríos, los mayorazgos y la Inquisición, aunque el rey solo esperaba la oportunidad de volver a imponer a su poder absoluto, conspirando secretamente, mientras tanto.
Los Cien Mil Hijos de San Luis
Es la denominación que recibió el ejército francés, liderado por el duque de Angulema, descendiente de quien sería Carlos X de Francia, como parte de la misión de la Santa Alianza de restaurar las monarquías absolutas en Europa, ante el pedido del zar de Rusia, que sintió que lo sucedido en España era una agresión contra sus ideologías. En el congreso de Verona, reunido en octubre de 1822, los miembros de la Santa Alianza aprobaron la invasión francesa a España.
El nombre del ejército respondía a que este grupo armado de alrededor de cien mil personas, irrumpiría en territorio español, invocando la protección de San Luis, con el fin de restaurar el Antiguo Régimen, según lo expresara, Luis XVIII, primo de Fernando VII, en su discurso pronunciado el 28 de enero de 1823, al abrirse las Cámaras.
España era importante para Francia por sus vínculos, no sólo políticos, sino también comerciales, y por la necesidad de recuperar los territorios coloniales, que habían logrado, o estaban en vías concretas de emanciparse. El aprovisionamiento de las tropas estuvo a cargo del comerciante Gabriel Ouvrard, que reunió estos soldados (60 % franceses y 40 % españoles) organizados en cuatro cuerpos y uno de reserva. El 7 de abril de 1823, entraron en España, como ya dijimos, con el fin de imponer la Monarquía Absoluta, desplazada por el liberalismo, quienes habían tomado el poder desde 1820, gobernando durante el período conocido como “Trienio liberal”.
Las fuerzas liberales se conformaban por las fuerzas del centro, lideradas por el general La Bisbal, que pronto fue vencido, las de Castilla y Asturias, al mando de Morillo, que ni siquiera presentó pelea, y por un ejército de Operación, a cuyo frente estaba el general Ballesteros, que se rindió en Campillo de Arenas el 4 de agosto. El sector del ejército liberal comandado Francisco Espoz y Mina, con alrededor de 20.000 hombres fue el más eficaz. Intentaron repeler a los franceses en Cataluña, pero no contaron con apoyo popular, y los franceses, sin grandes dificultades, tomaron Madrid.
Los liberales, el gobierno y las Cortes, tomaron como rehén a Fernando VII, quien se negaba a acompañarlos alegando razones de salud, y huyeron primero a Sevilla y luego a Cádiz, ciudad que sufrió el asedio de los absolutistas, terminando en un trato que consistió en la entrega de la ciudad y la liberación del monarca a cambio de que éste perdonara y olvidara lo sucedido, y respetara las normas liberales vigentes hasta entonces.
Fernando VII una vez libre no respetó su promesa y abolió todas las leyes que se había comprometido a respetar. Cerraron periódicos y universidades, y el 7 de noviembre de 1823 la Plaza de la Cebada de Madrid, fue escenario de la ejecución de Riego, líder revolucionario. Como consecuencia, el sistema absolutista volvió a imponerse en España hasta la muerte de Fernando VII en 1833, en lo que se conoció como “Década Ominosa”.








En el tiempo en el que aún no había teléfonos móviles, Oigee i se sentía atraído por la chica rubia.

Ella vivía al otro lado de la ciudad, lejos. Una tarde fue a visitarla. Pasearon por un parque, había palomas en el aire, hacía frío. Hablaron de ayer, apenas de ahora, nada de mañana. Pasearon junto a un estanque, había patos, comenzó a llover, suave, sirimiri. Él dijo, mira qué cielo, viene tormenta. Ella dijo, adiós. Pero el coche no arrancaba, empezó a llover más fuerte y ella dijo, ven a casa, tomaremos café.

Lo tomaron y conversaron sobre ahora y sobre luego. Una charla hermosa con cascabeles y gatos de angora deslizándose por la voz melodiosa de la chica rubia. Él le preguntó porqué hablaba tan bajo. Ella respondió que en las paredes había orejas de habitantes de otro tiempo. Él no lo tomó en serio y quiso besarle en el cuello. Ella se sentó en un extremo del sofá y levantó un muro de no, no y no.

El agua golpeaba y golpeaba en los cristales del salón y la casa de Oigee i estaba más lejos de su recuerdo a cada minuto. La chica rubia se volvía más y más atractiva a cada segundo y en el aire estallaban burbujas de deseo y el silencio se interrumpía por el vuelo de golondrinas lujuriosas. No había aparatos de medición para saber quién de los dos estaba más alterado, más atraído por el otro, la situación y el tiempo.

El escarbó con una uña en el muro del no y un ladrillo cedió. Voy a darte un beso, aviso. Ella bajó los ojos y se humedeció los labios. Se besaron como en una película de Ava Gardner y Clark Gable. El primer beso fue breve. El número quince duró el tiempo suficiente para que ella cortara todas las orejas del pasillo y le invitara a su cama.

Oigee i se sentía atraído por la chica rubia e hicieron el amor hasta dolerles el alma, tan dichosos y nuevos que aquel cuarto fue un paraíso y lloraron de felicidad y fuera aún llovía y cuando brillando en la oscuridad fue a buscar su coche no arrancó, claro, y ahora en el asiento de al lado del conductor del camión grúa sonríe tontamente y busca una excusa creíble para justificar su vuelta a casa tan de madrugada.




8 comentarios :

Magnolio dijo...

Me pregunto si la mujer rubia desnuda que hoy encabeza tu página es un homenaje al disidente chino Ai weiwei, si Los cien mil hijos de san Luis una metáfora de los tiempos actuales.

Sobre el relato de la lluvia ni pregunto ni supongo, sólo lo leo y me gusta hasta en las comas.

Maria dijo...

"Sobre el relato de la lluvia ni pregunto ni supongo, sólo lo leo y me gusta hasta en las comas."

Comparto y rubrico, si me permite, y hasta las comas, el comentario de Magnolio.

Un abrazo grande Pedro.

Anónimo dijo...

¡BELLO!

Pedro dijo...

Magnolio, la mujer rubia desnuda que hoy encabeza nuestra página tiene un culo precioso. Es por eso. Ese culo es un homenaje a Ai weiwei y a cualquier ser vivo.
Los cien mil hijos de san Luis y el tratado de Verona (léase lo de ayer) no es solo una metáfora, es lo que ocurre hoy, tal cual.
El relato de la lluvia sí es un homenaje. Me vas a permitir que no me extienda en esto. Dice lo que dice.
Agradezco profundamente tu comentario.
Y si me lo permites te beso en la mano que lo ha escrito.

Pedro dijo...

Maria, seguro que Magnolio está contenta de ver su comentário compartido.
Sin embargo este beso es exclusivo, solo para ti.
Y mi agradecimiento.

Pedro dijo...

Anónimo, tú no eres el de ayer ¿no?

Shandy dijo...

Bendita y cómplice lluvia "que como el amor, humedece a los amantes".

Que nostalgia de leerte, Pedro. Vienen a mi memoria lluvias de inviernos pasados que acompañaban la lectura de tus historias.

Un beso y un abrazo grande.

Y esperemos que el absolutismo de estos ominosos tiempos no nos axfisie.

Pedro dijo...

Shandy, ay, ese amor que humedece a los amantes.
Aquí anda ese Oigee i que no se humedece ni cuando se ducha. Es un personaje ocasional, demasiado triste. Enseguida lo cambiaré por otro más dinámico, uno que se humedezca noche y día (Cole Porter).
Un beso y un abrazo como mínimo tan dulces como los tuyos. Guapa.

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