Básicamente, con el paso de los años las personas no cambiamos, al menos no demasiado (me refiero por dentro, por fuera…).
Hay algo en la forma de ser, en el carácter, en la manera de enfocar la vida que suele permanecer inalterable (en cambio por fuera se altera, ya ves).
Es decir que, con todo lo que eso supone, nos cuesta desaprender lo aprendido (nos lleva la inercia filosófica).
Nuestros mayores, con la mejor voluntad, a muchos nos educaron para ser cívicos, trabajadores, obedientes, cumplidores, fieles, amables, en pensar a los demás, en ser generosos, respetuosos, leales, buena gente, esas cosas.
Lo que no nos explicaron es que no a todos les educaron igual.
Por eso los que no o los que tienen mala memoria, contrastan tanto.
Lo malo es que son los que se llevan el gato al agua.
Todo esto me crea un problema -en realidad, varios-, mi gato no sabe nadar.
Por eso, poco a poco, voy desaprendiendo lo que me enseñaron como verdad, me cambio de piel y enseño a nadar a mi gato.
No es fácil, estornuda, es propenso a los fríos y tirita cuando está mojado.
Sé que es cuestión de tiempo, insisto, de momento el estilo mariposa lo domina bastante bien.
Y la espalda (nadando digo).
Pero pasa el tiempo y todavía se cree todo, mentiras incluidas, lee periódicos, ve la televisión y traga, es crédulo.
Creo que voy a matar a mi gato.
Eso o tirarme al agua.
A falta de otra cosa que hacer.
No sé sí…
Amantes, no toquéis si queréis vida,
porque entre un labio y otro colorado,
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
(Góngora)
Por cierto, me voy de vacaciones. 1º aquí (foto de arriba)
… las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano, compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes.
-José Vasconcelos-
En blanco y negro, tanteando, con miedo, hoy en especial, con la punta de los dedos rozando la arena, sin atreverme, cauto, contando las cicatrices, recorriéndolas con saliva, con los recuerdos abiertos a la duda, con tantas lágrimas vertidas que no queda sitio para los incendios del alma.
Así.
Otro paso, sin encontrarle sentido ya a esta aventura que deriva hacia lo absurdo, puente roto, que nunca lo fue, no. Sé que nunca lo cruzará, que ni siquiera su río pasa por debajo, el abismo es tal que no hay riberas, ni cauce, ni agua clara, ni peces que nadan a contracorriente.
Herido de tristeza, abatido, monocorde, quejumbroso, aburrido, soy culpable de esta imagen que no corresponde con la realidad, aunque.
La realidad... ¿Qué?
Aferrado a lo cotidiano. Defíneme lo cotidiano.
La realidad. Defíneme la realidad.
Lo cotidiano... Ya, disimula.
Tragedias del alma, inventadas en un 99%, no sé de dónde las saco, caprichos de desocupado para sustituir emociones que no llegan, sobresaltos que no puedo lidiar, pases de pecho ante un tendido imaginario, ladrillos de mentiras, paredes falsas, separación de planos ahora que el cielo se abre al color azul, los días golpeándonos los dedos con un martillo implacable, dolor en los riñones. Ya.
No se puede escribir desde la risa, no se puede torear sin toro, no se puede calmar el bostezo con aventuras en Amazonas imaginarios, no hay lugar para gestos a la galería, no quiero que me aplaudan los caprichos, no me parece correcto acumular falsos gritos sobre la mesa y esparcirlos, además, por falsas expectativas. Que no quiero, no, ni engañar, ni engañarme.
Aviso para navegantes: el que escribe en esta página no está sujeto a planes de reconversión del alma, al contrario, ríe, busca, camina, pinta las horas de esperanza, se sube al mástil y otea pero, mientras tanto, nada en la pleamar sin temor a los tiburones.
Y las sirenas acarician sus pies desnudos.
¿Qué demonios habré querido decir hoy? Muchos días no me entiendo. Lo añado a la lista. Pido tu benevolencia, juzga mi trabajo por el conjunto. Gracias.
(Composición de ALMA)
Las palabras que no he dicho respiran el aire que me falta.
Sin espacio, la búsqueda. ¿Recuerdo lo que he sido?
En qué tardes de humo he venido a mi encuentro, en qué meses de hierro con viento entre los puentes, en qué fría temporada de trenes y sepelios. De qué manera negra se me ilumina el aire y me deja una estela de mujer en el lunes. Quiero ser manjar suyo, lo que su avidez toca, quiero arder en las bocas como una flor furiosa y que todo el espanto caliente que me habita salga cantando alegre, gimiendo entre almacenes. Era una vida sola con filos de suceso, esa desconocida que inaugura la tarde, y luego se entra a ciegas en tu pecho inundado y allí fuma o ríe o se pone unas gafas, sobre el dulce desorden de unas pecas alegres, para estudiar despacio, con gesto minucioso, la asignatura rota de una vieja tristeza. Niñas bibliotecarias de la incunable pena, que apuran los sabores, dulces devoradoras, para que en su piel viva un hombre imaginario. (Umbral)
Varios.
Por supuesto no todos los días tengo ganas de escribir. Ni tiempo. Por eso en alguna ocasión tiro de “archivo”, de cosas que escribí. Como colaboro aquí y allá a veces me descubro en lugares lejanos. Ese también era yo. No hace tanto. Es impresionante, en poco tiempo, cuantos saltos en páginas, nombres perdidos para siempre, anónimos comunicantes, proyectos frustrados, blogs llenos de polvo y olvido, conversaciones pendientes, nada.
Ovarios.
Hace unos meses dejé un comentario en una página. Decía que no me gustaba una escritora que la firmante del post había alabado. Sin más. Me contestó airada. Volví a contestar con mis argumentos y mi apuro. Añadió los suyos. Nos reconciliamos y –la verdad- me sentí aliviado, ya que me preocupó haberla molestado por mi “delito de opinión”.
Hace dos o tres semanas dejé en un blog un comentario que quiso ser ingenioso y parece que no lo fue. El firmante del post contestó y protestó. Mi contestación trató de volver a llevar el agua al molino (¿se dice así?). Él volvió a contestar con corrección. Un rollo chungo realmente ya que me gusta mucho como escribe este señor. Ay.
Hace unos días, desde su ventana, una amable lectora me indicó que el post del día estaba repetido, que ya lo había colgado tiempo atrás. Incluso me decía cuando. Me sentó mal, qué quieres que te diga, pero no llegó la sangre al río.
El año pasado expresé mi desacuerdo con lo expuesto en una página. El autor borró mi comentario. No puedo reproducir su contestación privada (había insultos que no conocía).
Hace tres años era asiduo de una página (casi) literaria (no importa su nombre). Como tenía una sección de opinión, procuraba dar la mía sobre los textos allí expuestos. Hice pocos amigos. Todavía algunos me escriben de forma airada (qué rencorosos).
Conclusión: la única forma de no tener problemas es decir siempre amén, si, qué bonito, muy bueno lo tuyo, que bueno eres, Paco. O callarse.
Salvario.
Salvario (Trachinus araneus): Este traquínido, como todos los miembros de la familia, vive en lechos arenosos y es un voraz predador. Permanece casi todo el día semienterrado o posado sobre el fondo, sin moverse, acechando cualquier presa que se ponga a tiro. Pertenece a una familia ampliamente difundida en todas nuestras costas y que consta de varias especies muy semejantes entre sí. De hecho, como ocurre con los mugílidos, la gente de cada zona les asigna un único nombre a todos los representantes de la familia, tal es su parecido y sus análogas pautas de conducta. Dada su voracidad, son presas comunes de los aparejos de fondo y muchos son los pescadores novatos que los agarran para desanzuelarlos y sufren su dolorosísima picadura. Estos son los peces más venenosos que tenemos en nuestras costas y sus radios espinosos, tanto de las aletas dorsales como pectorales, están llenos de un veneno de singular virulencia. Esta familia de peces pica a muchos bañistas todos los veranos. A veces permanecen en fondos someros, semienterrados en la arena, y pisarlos es sinónimo de grave picadura. Debemos tratarla con amoniaco cuanto antes, que es el mejor remedio.
La playa de mi correo está llena de cartas amables. Lo agradezco de todo corazón. Pocas veces aparece un salvario. Echo en falta que alguno de estos peces se esconda bajo la arena de mi correo y me pique en cuanto algo de lo que escribo en el blog no sea de su gusto. Como soy un pescador novato seguro que me pica y me pico. Creo que me estoy volviendo masoquista. O tontodelculo.
Cuántos días baldíos haciéndome pasar por lo que soy. Máscara sin memoria, líbrame de parecerme a aquel que me suplanta. Uno solo será mi semejante
José Manuel Caballero Bonald
Aquella noche, en la cama.
Me duele la cabeza, he bebido demasiado. Me han dado pena esas pobres mujeres hacinadas en los furgones. ¡Qué mundo! ¿De qué conocía a aquel tío de la gabardina que me sonreía? Y yo, ¿qué pintaba allí?, con lo bien que estoy con Carmen. ¿Aquél tío....? Vaya barrio tan marginal, no lo recordaba tan deteriorado.
Y entonces se enciende una luz y recuerdo. Entre las brumas de mi niñez y del ron veo al comisario de la gabardina, mucho más joven, deslizándose etéreo sobre los patines por una pista de baldosas grises. Sonrío y me duermo.
¿Ustedes creen a sí mismos si no se construyen de algún modo? Y de mi parte, ¿yo puedo conocerlos si no los construyo a mi manera? ¿Y ustedes a mí, si no me construyen a su manera? Podemos conocer solamente aquel a quien logramos dar forma. Pero, ¿Qué tipo de conocimiento puede ser? ¿Es quizás esta forma la cosa misma, la esencia de uno? Pero, yo no me reconozco en la imagen que ustedes me dan, ni ustedes en la imagen que yo les doy...» (Uno, ninguno y cien mil. Luigi Pirandello)
Todos los amigos reímos, satisfechos después de una buena cena.
Joder, que noche más buena. Cuenta, cuéntales aquella noche en la Palanca- me dice Jokin (1)-. Vale, fue la leche -empiezo, sin hacerme de rogar-. Javier que llega de Madrid y me dice que quiere ir de putas. Imaginaros "El Gato Negro", un prostíbulo de segunda- continúo-. Javier y yo, trajeados, más jóvenes, inconscientes, con dinero, con una copa en la mano, con ganas de juerga, ignorando a las mujeres que se nos insinuaban con procacidad. Los maromos de alrededor parecían extras de una película de miedo. Pero nosotros allí, tan gallos, complacidos en una indiferencia calculada, mirando desafiantes a aquellos personajes que daban terror. La verdad es que, en el fondo, estábamos acojonados.
Entonces la Palanca no estaba como ahora, ¿no?–pregunta Luis-
Hombre, no -le contesto- pero aquello eran los bajos fondos, por decirlo de una forma suave. Y calla, coño, no interrumpas. Sigo. Bueno, pues Javier que me dice" no me voy con una tía de estas ni borracho. Además me meo, ahora vengo". Y se va al servicio.
Mis amigos, divertidos, no pierden sílaba, aunque muchos ya conocen la historia.
Y allí que me quedo sólo frente a las mujeres pintadas que intentan ejercer conmigo su profesión "Qué pasa, chaval, te ha dejado tu amiguito" decía una. "Anda, ven a pasar un buen rato" me decía otra. Yo, sonriendo, aguantando el tipo con dificultad.
De pronto escucho gritos: "redada, redada". Se abre la puerta del bar y varios policías irrumpen con sus intimidatorios uniformes. Rudamente detienen a las mujeres y cachean y despiden del local a los hombres.
En tres minutos, largos como siglos, el local se queda vacío y los policías, que ni siquiera me han mirado, se van.
Con el cubalibre en la mano me tiemblan las piernas. La puerta se abre otra vez, entra un individuo con gabardina.
El encargado del local le enseña unos papeles, "sí, señor comisario"-dice-.
El comisario los examina, los devuelve y él, sí, me mira, sonríe y se va.
Entonces volvió Javier del retrete, alucinado: "Joder, tío, ¿qué ha pasado aquí?"
"Ni puta idea, pero vamos para fuera echando leches"-concluí-
Y nos marchamos, rápido, a nuestro medio natural, al barrio.
La carcajada es general. Mis amigos aplauden.
¡Hostias, que noche!- grita John (2)- ¡Charlie, chato, saca unos cubatas!
Allí seguimos bebiendo, satisfechos con nosotros mismos, con nuestros recuerdos medio inventados, con esas historias que hacían nuestra historia.
Alguien dijo- ¿vamos a la Palanca? Y más risas
(Sigue)
1 Antes Joaquín. 2 Antes Juanillo
«Sin quererlo, sin saberlo, en el agitado embate del ánimo, cada uno de ellos, para defenderse de las acusaciones del otro, expresa como pasión y tormentos suyos, aquellos que, por años, fueron los profundos problemas de mi espíritu: el engaño de la comprensión recíproca fundado irremediablemente sobre la vacía abstracción de las palabras; la múltiple personalidad de cada uno según todas las posibilidades de ser que se hallan en cada uno de nosotros; y en fin, el trágico conflicto inminente entre la vida que continuamente cambia y se mueve, y la forma que la fija, inmutable». (Prefacio a “Seis personajes en busca de autor”. Luigi Pirandello.)
La calle donde vivíamos estaba a dos manzanas de la ría, sucia, maloliente, surcada por cargueros, gabarras, gánguiles y remolcadores. Muchas noches me despertaban las sirenas de los barcos que atracaban en el muelle, al otro lado del paseo del Campo de Volantín.
En una plaza, a la mitad de la calle, estaba la estación del funicular al monte Artxanda (1).
Dos desvencijados vagones de madera pintados de rojo, ascendían y descendían por la empinada pendiente, alternativa y trabajosamente, hasta la pequeña altura de hierba interminable, pinos y aire limpio.
En los días de verano, con el buen tiempo, mi madre preparaba la merienda y subíamos a jugar a Artxanda. Este acontecimiento contrastaba con nuestra habitual vida urbana. Allí, entre los helechos, nos perdíamos en ingenuos descubrimientos de niñez, buscando grillos, persiguiendo gorriones, viendo a las parejas perderse en el bosque.
Al final de la tarde, mientras esperábamos al funicular, solíamos sentarnos sobre una pista de patinaje de baldosas grises. Allí un anónimo joven destacaba con sus piruetas y artísticos saltos entre las caídas y los choques de los torpes patinadores de alrededor. Junto a mi hermana, acodados los dos en la barandilla del paseo, admirábamos su agilidad y destreza sobre las estrechas ruedas. Nos parecía que volaba, un deportista prodigioso.
(Sigue)
1. Antes Archanda.
Basta alejarse un poco y la vida sigue su curso sin ti, porque cada uno de nosotros no es nadie (El que fue Matías Pascal Luigi Pirandello)
Mi querida amiga, las palabras sirven para comunicarse, pero en ocasiones, de tanto repetirlas, de escucharlas una y otra vez, de leerlas sin entrar en ellas, pierden su sentido, su significado.
También cuando el que las emite no tiene la credibilidad suficiente, dice lo que se espera que diga, o ya sabes cómo es y esas cosas, no le damos demasiada importancia.
No sé si entro en alguno de esos apartados. Tampoco me importa. No porque no me importe, no, sino porque poco puedo hacer para cambiarlo.
Sí puedo hablar/escribir/decir.
Y te digo una vez más que soy un hombre muy afortunado.
Lo soy por muchas circunstancias, por muchas bendiciones, por tantas y tantas cosas. Como no quiero aburrirte te diré solo una, la que te compete.
Soy un hombre muy afortunado porque cuando te veo se me ilumina el alma.
Esto no es una frase rebuscada, no intenta serlo, es una constatación de lo que me ocurre.
A lo largo de mi vida he tenido y tengo la fortuna de tener muchas personas que me han querido, el privilegio de tener la estima de mi familia, mis amigos, mis amigas. He tenido relaciones con algunas damas. Idilios, amores, amoríos, relaciones furtivas, largas, cortas, tormentosas, plácidas, he amado y me han amado. Sin ánimo de presumir de ello, al contrario, con pesar, pienso que me han querido más de lo que yo he querido. Me doy cuenta que me he perdido mucho.
A ti siempre te he querido, desde niño. Era un amor incontrolable, te quería y ya, no podía hacer otra cosa. En algunos momentos he sufrido mucho por ello. Sobre todo cuando no me hacías caso, no me entendías, no me dabas ni siquiera la oportunidad de expresártelo.
Pero el tiempo pasa y ordena los sentimientos. Llego un momento en el que, por fortuna, aprendí a quererte por lo que eres ahora, la mujer, la persona actual. Y eso lo cambió todo en mi relación/emoción contigo.
Ahora no espero nada de ti. Como consecuencia te veo y se me abre el pecho.
¿Ves como soy muy afortunado? Somos amigos desde hace ni sé cuantos años (si lo sé pero no quiero saberlo) y ahora me ocurre que te veo y soy muy, muy feliz. He aprendido a quererte seas como seas, ya no depende de ti. Tampoco depende de mí. Te quiero y ya. Sé que eso es un privilegio.
Posiblemente esto ya te lo he contado, con las mismas o con otras palabras. Pues lo repito, hoy que es sábado, hace calor y estoy contento.
Henry Purcell
De Wikipedia
Esta considerado el mejor compositor inglés de todos los tiempos.[1] Purcell incorporó elementos estilísticos franceses e italianos, generando un estilo propio inglés de música barroca.
Biografía
Purcell nació en el condado de St. Anne, Westminster. Su padre, también de nombre Henry Purcell, fue caballero de la Capilla Real, y cantó en la coronación del Rey Carlos II de Inglaterra. Fue el mayor de tres hermanos, de los cuales el menor (Daniel Purcell, fallecido en 1717) fue igualmente un prolífico compositor.
Luego de la muerte de su padre, en 1664, Henry Purcell quedó bajo la tutoría de su tío Thomas Púrcell (muerto en 1682), quien mostró por él afecto y cariño. Thomas era asimismo caballero de la Capilla del Rey y gestionó la admisión de Henry como miembro del coro. Henry estudió primero con Henry Cooke, maestro de los niños, y luego con Pelham Humfrey, sucesor de Cooke. Se dice que Purcell comenzó a componer a los 9 años de edad, pero la primera obra que puede ser identificada con certeza como de su autoría es la Oda para el cumpleaños del rey escrita en 1670 (Las fechas de sus composiciones son a menudo inciertas, a pesar de la considerable investigación).
Después de la muerte de Humfrey, Purcell continuó sus estudios con el Dr. John Blow, mientras asistía a la Escuela de Westminster. En 1676 fue nombrado ayudante organista de la Abadía de Westminster y compuso obras como Aureng-Zebe, Epsom Wells y La libertina.
En 1677 compuso la música para la tragedia de Aphra Behn Abdelazar y en 1678 una obertura y mascarada para la nueva versión de Shadwell sobre Timon de Atenas (de Shakespeare). El coro de La libertina «In These Delightfull Pleasant Groves» se interpreta frecuentemente.
En 1675 escribió varias canciones para Aires, canciones y diálogos elegidos (de John Playford) y también un himno de nombre actualmente desconocido para la Capilla Real. A través de una carta escrita por Thomas Purcell, sabemos que el himno fue escrito para la excepcional voz del reverendo John Gostling, entonces en Canterbury, pero posteriormente Caballero de la Capilla del Rey. Purcell escribió muchos himnos en diferentes momentos para esta extraordinaria voz, un bajo profundo, que se sabe tenía una tesitura de al menos dos octavas completas, desde re2 hasta re4.
Se conocen datos de unos pocos de estos himnos; quizás el más notable ejemplo es They that go down to the sea in ships, compuesto en agradecimiento por un providencial salvamento de un naufragio sufrido por el rey. Gostling, que acompañaba en la oportunidad al rey, reunió varios versos de los Salmos en forma de himno, y le pidió a Purcell que compusiera la música. La obra resulta todavía hoy de una interpretación muy difícil, incluyendo un pasaje que atraviesa toda la tesitura de la voz de Gotling.
En 1680, Blow, organista de la Abadía de Westminster desde 1669, resignó su cargo en favor de Henry Purcell, quien a esa fecha tenía 22 años.
Purcell entonces se dedicó enteramente a la composición de música sacra, y por seis años restringió su conexión con el teatro. Sin embargo, durante la primera parte de aquel año, probablemente antes de asumir el cargo, produjo dos importantes trabajos para las tablas: la música para Teodosio (de Nathaniel Lee), y para Esposa virtuosa (de Thomas D'Urfey).
También se atribuye a este periodo la composición de la ópera Dido y Eneas, que constituye un importante hito en la historia de la música dramática inglesa con la famosa aria el Lamento de Dido, así como la desarrolladísima semiópera The Fairy Queen (La reina de las hadas).
Dido y Eneas fue escrita según un libreto de Nathum Tate, quien lo desarrolló a petición de Josiah Priest, profesor de baile que también dirigía una escuela de señoritas, primero en Leicester y luego en Chelsea, donde la ópera fue estrenada. Dido y Eneas es considerada la primera ópera genuinamente inglesa.
El catálogo de Henry Purcell comprende un total de 860 obras, siendo las más destacadas:
Indian Queen, última gran obra, elaborada el mismo año de su muerte.
43 obras de música incidental para teatro.
24 odas, de las cuales 4 son para Santa Cecilia y 6 para María II.
La música para el funeral de la reina María II, que consta de 17 piezas, si bien los más comunes son entre 4 y 6 (es famosa la Marcha Fúnebre, utilizada en la película La naranja mecánica). Esta misma música se utilizó para el funeral del propio Purcell, casi once meses después.
6 semióperas.
62 piezas (entre estudios, suites, etc.) para teclado (principalmente clavecín y espineta).
114 piezas religiosas (incluyendo himnos y servicios).
Muerte
Púrcell murió el 21 de noviembre de 1695. Poco después, su esposa recopiló varias de sus obras, las cuales se publicaron en dos famosos volúmenes: Orpheus Britannicus I (1698) y II (1702). Fue enterrado en la Abadía de Westminster, debajo del órgano que tanto tiempo tocó. Su epitafio dice: «Aquí yace el honorable Henry Purcell, quien dejó esta vida y ha ido a ese único lugar bendito donde su armonía puede ser superada».
Hubo ojos más cortantes que una afilada guadaña en un reloj de cuco y en una gota de rocío.
Y apenas enseñaron a distinguir en su tamaño la multitud solitaria de las estrellas.
Osip Mandelstam
Exprimo mi vocabulario y apenas me quedan palabras, ya las he usado casi todas. Me restan algunas: fíbula, espolique, canecillo, espelunciado, prohombre. Recojo rarezas en textos que leo aquí y allá, frases pintadas en las paredes, retazos de conversaciones al azar del pasar de otros, transeúntes de calles atestadas, conversadores bajo el farol de la calle vieja, pescadores de angulas en las escalerillas de la ría lenta y melancólica.
Dame una palabra y te daré un poema. Dame un poema y te daré el temblor de una mano detrás de los visillos. Dame una mano y seguiré por el brazo hasta tu corazón. Omnisciente, pasmarota, zamarrear, zoncera, alfecería, eglantina, abroquelado, divisas y heredades en selvas, dehesas, prados, pastos, lagunas con sus salidas y entradas, palabras, frases que leí cerca de Reinosa, en Cantabria, hace cincuenta días.
Encontré en un sótano revistas de principios del siglo XX. Una sociedad diferente, otra forma de vivir. Rebusqué entre sus hojas, no había nada interesante, ni siquiera para intentar desarrollar un cuento, una historia, una frase que simule un puente, una escalera, un incendio. No. Solo apotegma, incredulidad, ponzoña, estrago, venia, destreza, riesgo. Puestos así solo me queda cerrar el post, esperar a mañana y gritar para que despierte mi imaginación.
“En diciembre de 1840, se autorizaba la creación (merced a una especialísima dispensa del Obispo de Andalucía) del Cuerpo de Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios, de Málaga.
Las pajilleras de caridad (como se las empezó a denominar en toda la península) eran mujeres que, sin importar su aspecto físico o edad, prestaban consuelo con maniobras de masturbación a los numerosos soldados heridos en las batallas de la reciente guerra carlista española.
La autora de tan peculiar idea, había sido la Hermana Sor Ethel Sifuentes, una religiosa de cuarenta y cinco años que cumplía funciones de enfermera en el ya mencionado Hospicio. Sor Ethel había notado el mal talante, la ansiedad y la atmósfera saturada de testosterona en el pabellón de heridos del hospital. Decidió entonces poner manos a la obra y comenzó junto a algunas hermanas a "pajillear" a los robustos y viriles soldados sin hacer distingos de grado. Desde entonces, tanto a soldados como a oficiales, les tocaba su "pajilla" diaria. Los resultados fueron inmediatos.
El clima emocional cambió radicalmente en el pabellón y los temperamentales hombres de armas volvieron a departir cortésmente entre sí, aún cuando en muchos casos, hubiesen militado en bandos opuestos.
Al núcleo fundacional de hermanitas pajilleras, se sumaron voluntarias seculares, atraídas por el deseo de prestar tan abnegado servicio. A estas voluntarias, se les impuso (a fin de resguardar el pudor y las buenas costumbres) el uso estricto de un uniforme: una holgada hopalanda que ocultaba las formas femeniles y un velo de lino que embozaba el rostro.
El éxito rotundo, se tradujo en la proliferación de diversos cuerpos de pajilleras por todo el territorio nacional, agrupadas bajo distintas asociaciones y modalidades. Surgieron de esta suerte, el Cuerpo de Palilleras de La Reina, Las Pajilleras del Socorro de Huelva, Las Esclavas de la Pajilla del Corazón de María y ya entrado el siglo XX, las Pajilleras de la Pasionaria que tanto auxilio habrían de brindarle a las tropas de la República.”
J me envía esta noticia.
Me parece curiosa y la dejo aquí.
Su funcionamiento se basa en una paradoja: por un lado, el fake debería ser lo menos reconocible posible, por otro, debería desencadenar un proceso comunicativo donde quede claro que se trata de una información falsa. Tiene que quedar claro que desde la guerrilla de la comunicación un fake que no se descubre es un fake fallido, pudiendo duplicar el refuerzo del discurso de poder que se pretendía imitar. Tanto el fake como otras técnicas subversivas pretenden crear una distancia respecto a las formas o enunciados que nos vienen desde las estructuras de poder socialmente aceptadas. Las afirmaciones subversivas constituyen una posibilidad para intervenir en debates actuales y desacreditar posiciones hegemónicas.
“A veces digo en broma que el éxito es el gran riesgo de los escritores actuales, en el siglo XIX era el problema.•”. (Ricardo Piglia)
La cuestión es bien sencilla, uno/a está aquí (en el blog) por decisión propia. Lo modifica, llena o vacía al ritmo que él mismo se impone. Uno está aquí por la misma voluntad del que entra o del que sale. Nadie obliga a nada, ni a una cosa ni a otra. O eso cree. Uno, una.
A partir de estas premisas no hay quejas que valgan. Queda expuesto lo que escribes y cuelgas, lo leen los que quieren. Es más, lo leen cuándo quieren y lo interpretan cómo quieren (faltaría más).
Si no te gustan algunos comentarios siempre tienes la opción de prescindir de ellos. Si admites la posibilidad de comentar es tu responsabilidad aceptarlo. O borrar lo que no te agrade.
Si te molesta que comenten más las fotos y la música que los escritos, es tu problema, con no ponerlo, arreglado. ¿Que quedaría más triste? Sí. Por consiguiente es mejor seguir dando color y sonido a la página.
Si el día catorce te dejas los hígados con ese poema azul y no te lee nadie y en cambio arreglas un post en diez minutos y te entran hasta por la ventana, ¿qué?, ¿quién tiene la culpa?, ¿hay una confabulación judeo-masónica?, ¿es un complot?, ¿casualidad? No, la ley del mercado, esto es voluntario, gratuito, hoy por ti mañana por mí, solo falta que quieran venir ahora a poner normas.
Es lo mismo que cuando dejas un texto que te cuesta horas (a veces días) escribir. Pueden pasar inadvertidos, no eres capaz de comunicar con ellos. ¿Y qué? solo falta que encima que te leen, te entiendan (cuando la mayoría de las veces no te entiendes ni tú). Bastante que no te insultan (o sí, pero en silencio).
La cuestión es que nos miramos mucho al ombligo - yo, mi, me conmigo-, que estamos mal acostumbrados, que dedicamos demasiada energía, tiempo e ilusión a un medio tan limitado, que nos ocurre lo que les ocurre a casi todos, que damos demasiadas vueltas a las cosas.
Y más historias.
Quizás escribo todo esto porque estoy arrepentido del post de ayer. Ingenuo, presuntuoso, no venía a cuento, pobre logro, vanidad, no quiero que sea ese mi estilo.
Y sin embargo sé que si llego a 300.000 lo volveré a repetir.
¡Necesito vacaciones!
Esto es lo que quería contar hoy, ya ves tú.
Eso.
I won't dance, don't ask me I won't dance, don't ask me I won't dance, Madame, with you My heart won't let my feet do things that they should do
Visitante uno, visitante dos, visitante tres y... ¡visitante doscientos mil! Escritores y lectores de blogs compartiendo un sueño: vivir.
Deseo daros mi más encendido agradecimiento por ayudarme a mantener esta obstinada idea, por vuestra paciencia y comprensión, por vuestra generosa entrega de esfuerzo y tiempo, por seguir alimentando, sin desmayo, con dedicación y constancia, este milagro cotidiano.
Gracias, sí, a los que escriben, a los que leo, a los que leen, a los que dicen, a los silenciosos, a los que se apoyan en esta afición literaria para ser mejores, más felices, a los que regalan sentimientos y confidencias, habilidades, imaginación, ingenio, amistad, amor, a los poetas, a los que no lo son, a los arquitectos de la palabra, a los que riman, a los mudos, a los artistas, a los obreros del verbo, a los nuevos, a los de entonces, a las que me llevan la cuenta de lo que he publicado, a los que se anuncian, a los humildes, a los gallos, a tantos nombres resonando, a las increíbles personas que he conocido a través de esta página, a los que conoceré, a las buenas gentes de tantos lados, a tantas promesas pendientes, tantos cuentos por escribir, nuevos relatos, tantas ideas hirviendo, a los que están lejos, a esos de los que ya nunca sabemos, los que se han ido, tantos nombres perdidos en el silencio, a los compañeros admirados, a los anónimos admiradores, a nosotros, amigos enredados en este mágico proyecto común de los blogs.
Me siento tan contento de seguir participando en este proyecto Glup 2. 0 que me van a permitir este abrazo con todo mi cariño.
No será desde luego hundiendo el tenedor en el corazón de las golondrinas como nos alimentaremos de libertad.
(Julia Otxoa)
No creas que (te) olvido, que me he cansado. No creas los vaticinios, no creas nada de lo que murmuran, de lo que dicen en susurros bajo los arcos de la catedral.
No les creas, son envidiosos. Desde hace tiempo me persiguen. Vivaz, corro, me escondo en la sombra del ábside, no me atraparán.
Búscame en las regatas, en las carreras de galgos, sentado en mi quitrín, estoy a punto de rozar con los dedos el círculo del universo, Rap, Yob, Oz, Fa.
No me creas, soy olvidadizo. Huyo y no sé de quién. Aún así sigo disfrazado, temeroso de la hoguera, del viento que avive el odio, de los señuelos del colmilludo, de las zalemas de la dama pintada, de los gritos de la multitud detrás de la puerta.
Soy este que te mira.
“El ritual de iniciación en su orden implicaba un período previo de ayuno y se realizaba en función del tema astrológico del aspirante. Este, vestido de negro era despojado de sus joyas; recitaba el oficio del Espíritu Santo, mientras los sacerdotes trazaban con sangre de un ave, signos sobre su cuerpo. Debía trazar un círculo con yeso en el suelo y escribir las palabras sagradas:Rap, Yob, Oz, Fa, evocando a las cuatro regiones del universo. Luego penetraba en el círculo, invocaba al Ser, se postraba con las manos en ángulo recto en espera de apariciones. En el vestíbulo de la logia se colocaban colgaduras negras con serpientes bordadas; se administraban bebedizos a los novicios que los colocaba en una situación psíquica de máxima receptividad. Tres hombres les ponían una venda ensangrentada en la frente” (Cagliostro)
Supongo que en un país de la América pobre se puede creer o dejar de creer en Dios y en el hombre igual que en cualquier otra parte del mundo, pero quizás aquí las circunstancias, siempre extremas, hagan que estas pérdidas o estos hallazgos de la fe resulten más sobrecogedores que en otros lugares. Yo me hice cura por mi tío Zacarías, el tío rico con quien tuve la suerte de contar. Quizás rico no era, pero más dinero que todo el resto de mi familia sí que tenía. Fue él quien me dijo una vez, siendo yo niño:
-Diego, ¿crees en Dios? -No lo sé, señor.
Era el único a quien llamaba "señor", quizás porque en aquel entonces sólo a él conocía que tuviese pistola y que me daba de comer de cuando en cuando.
-Diego -siguió preguntándome mi tío- ¿tienes hambre? -Mucha, señor. -¿Y si para comer tienes que creer en Dios? -¡Yo creo en Dios, tío! -casi grite, esperando que de esta forma aliviase el hueco de mi vientre.
Así comenzó mi aprendizaje de la fe cristiana. Poco después de esa conversación, mi tío hizo que me ingresaran en un seminario, donde comí lo suficiente y vestí bien y estuve protegido de tantos males que acechan a la gente pobre de mi país. Aprendí a vivir con comodidades que nunca hubiese tenido de otra forma, aunque no logré creer en Dios, a no ser de boca para afuera.
(Los Resucitados.//. José Manuel Fernández Argüelles)
Hace tres años, ya, encalé con poético espesor la pared informe. Me dispuse a defenderla de las serpientes después de la lluvia, del chillido de los vencejos antes de septiembre, de los planos y niveles de la nostalgia aún no vencida (cautivo y desarmado, etcétera).
Enfrascado en estas tareas y en otras no menos importantes, descuidé el riego de los relojes, el riesgo del murmullo detrás de la línea donde rompen las olas y, sobre todo, el cultivo de mis jardines y facetas menos conocidas (por mí mismo).
Han pasado los meses, sin orden ni concierto, tan pronto era mayo como noviembre. El vengador está ahí, emboscado, trata de esconderse en lo oscuro pero puedo ver sus movimientos entre las ramas de la higuera. Aún así he clausurado la muerte, es la hora de la vida plena (enterré a S como Tarantino a UmaThurman).
Juré que no lo contaría jamás, pero mi elección no es silencio, coloco velas cada medio metro del borde del misterio, espero la noche para encenderlas, para recordar al adolescente que fui (vano empeño, soy un hombre, libre pero lejos de aquel).
Y los días caminan al borde de un río luminoso, en el polvo quedan las huellas de la fortuna (llevo la relación de los milagros como cuentas de un collar de perlas, estoy seguro que nunca volveré allí).
Prisionera de un pánico invencible, y aunque sé de la inutilidad de todo sueño, desde esa cárcel torturante que es la vida, pido la autonomía total del hombre y el derecho a no justificar para nada su existencia.
Clara Janés
Cuando un teléfono suena de madrugada es que algo va mal. Y así, salir a las calles del sábado con noctámbulos alborotadores, algunos orinando en las esquinas, otros abrazándose en los portales intentando no pasar la noche en soledad.
Mientras, la ambulancia corre hacia la clínica.
Tres ancianas, hermanas, dormitan en la sala de espera de urgencias, sus cabezas bambolean en equilibrio imposible, en cualquier momento pueden caer redondas bajo el televisor que intenta, a gritos, vendernos pantallas de plasma y peladores de cocina.
Médicos, enfermeros, “vamos a subirle a planta”, una camilla y luego silencio. La noche se ha hecho más noche y el sueño se ha ido.
Ahora es domingo, el sol entra por el ventanal de la habitación, el oxígeno borbotea y el enfermo respira tranquilo.
Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz que separa cuanto he olvidado y la última luz.
Para mi gusto, Antonio Gamoneda (1931) es el gran referente de la poesía actual en España.
Hace un tiempo tuve la suerte de asistir a una conferencia en la que, al final,leyó algunos de sus poemas.
Es un magnífico rapsoda y su voz grave acentúa la profunda e intensa poesía que invade todo su trabajo.
Aquel día, terminar, con sencillez y amabilidad, contestó a las preguntas que le formularon desde el sorprendentemente escaso público que asistió.
La memoria es mortal. Algunas tardes, Billie Holiday pone su rosa enferma en mis oídos.
Algunas tardes me sorprendo lejos de mí, llorando
Por contraste con otros “espectáculos” se me ocurren bastantes reflexiones sobre el poco interés que despierta un recital poético, pero temo que están viciadas por la admiración que me produce la obra de Antonio Gamoneda. Además cada uno tiene sus gustos, todos muy respetables.
Arden las pérdidas. Ya ardían En la cabeza de mi madre. Antes ardió la verdad y ardió también mi pensamiento. Ahora mi pasión es la indiferencia. Escucho en la madera dientes invisibles. (*)
Pues eso.
(Los tres poemas de su libro “Arden las pérdidas")
0 -.- Nada. Páramo. Concepto. Líneas blancas. sobre el Polo Sur. Ilusión colgada del gancho de un carnicero. Sangre Diluida sobre el helado paisaje quebrado. Geometría pura. Paraíso cerrado. Desaliento. No alma. Silencio No. ¡.! ¿O era sí? Tanto tiempo en el cruce sin saber que era el camino. -.- (Allí mismo nos comió el fiero oso de lo imposible)
Cada acción de la Fura se dirige contra la pasividad el espectador (Primer Manifiesto)
Hace mucho calor. Ella está desnuda sobre la cama y se abanica. Él no la mira, come cerezas y se limpia los dedos en los muslos. La habitación está en penumbra, de la calle llega un murmullo tenso de sol y ciudadanos refugiándose bajo las marquesinas, entre los árboles del parque, mojándose la sien en las fuentes.
Ella espera una palabra que acaricie su ansiedad, un suspiro que la conmueva, una señal que indique que entre ellos aún vibra un dorado hilo de deseo. Él sigue comiendo cerezas, ensimismado, deja el hueso de la fruta en un platillo sobre la pequeña mesa al lado de la cama. No hay música, no hay gozo, no hay más que un calor sofocante que les hace sudar copiosamente, que les deja los ojos cerrados al acaso de encontrarse.
La habitación tiene las ventanas cerradas y la mujer no sabe por dónde ha podido colarse la abeja que ahora zumba de pared a pared. Se posa en los dedos de su pie derecho y no se mueve, temerosa de una picadura. En la comisura de los labios del hombre brillan gotas de zumo, parece no haber notado el errante vuelo.
El pequeño insecto deja el rastro de sus patas por la pierna inmóvil de la mujer que siente que siente y se sorprende del cosquilleo, de la reacción de su cuerpo acalorado. Esa mezcla de temor y caricia impregna su piel de una sensación que no conocía. El hombre se ha levantado y busca el alivio del agua en el cuarto de baño.
La mujer cierra los ojos, fantasea, tiembla, imagina. La abeja vuela hasta el techo, a la lámpara, vuelve, se posa en su seno desnudo, hace círculos sobre el pezón oscuro. El hombre regresa, grita –cuidado- y golpea con un periódico enrollado al insecto que ahora está aplastado sobre su pecho dolorido. Después sigue comiendo cerezas, en silencio. Ella se ducha, se viste y se tira de cabeza a la tarde de julio aún con riesgo de una insolación, aburrida de calores, abejas y, sobre todo, de amantes que no aman.
Ir y quedarse, y con quedar partirse, partir sin alma y ir con alma ajena, oír la dulce voz de una sirena y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse haciendo torres sobre tierna arena; caer de un cielo, y ser demonio en pena, y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades, pedir pues resta sobre fe paciencia, y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades, es lo que llaman en el mundo ausencia, fuego en el alma, y en la vida infierno.
Lope de Vega
El cojo Peroche canta por soleares en una mañana de julio, con un sol radiante entrando por la claraboya que no tengo. Escribo para ti, I, que estás al otro lado del mundo, bajo un tejado de pizarra y gorriones junto al mar que muerde con sal las ventanas de tu casa, las estrellas que miras sin mirar, las olas de lo que fue dejando algas embusteras en el arenal de entonces.
Descontrolado, así me has dejado. Con solo dos palabras. El otro.
Preservaba la ternura como un jardinero que cuida los arbustos malheridos de la memoria. Podaba con mis dientes los pliegues del pasado. Con obsesivo celo protegía los brotes del cariño, de la atracción creciendo como madreselva que se adhería a mi alma con más y más fuerza. Comíamos cerezas, tomábamos café, cortábamos jamón con afilados cuchillos, nos mirábamos a los ojos y se encendían las alarmas sin asustarnos,
Y ahora esas dos palabras vacían los aljibes, agostan los parterres, queman la hierba, rompen los esquejes, dejan la tierra oscurecida, infértil, con un viento trágico que se lleva los sueños, se incendia el monte junto al penal de no verte.
Evoco, medito, rumio, me refugio en la imposible lucidez, me escondo en el contrabando de palabras. Viajando al abrigo de las miradas inoportunas me oculto, disimulo, selecciono la voz que aparente, que disfrace, no, tiempo de tragedia, tiempo nublado en verano del norte, voces fragmentadas, entrecortadas, no hay cobertura, obsesiva imagen de tu cuerpo reflejando la luz leve que se filtra por la persiana que protege, hondura en la aparición de caricias que atesoramos como una oración selectiva, protectora, intensidad en los besos que antes no nos dábamos…
Pero de súbito…el otro.
En la radio el Brillantina se marca unos tangos, músicas que antes no, canciones saliendo de un arcón bajo la cama sin dosel. Te escribo, I, sobre las rocas del acantilado, desafiando los tambores y las certezas; te escribo en la orilla, saltando las rayas del agua, el misterio, el miedo, la sombra ciega que me ofrece tres deseos, la visita piadosa del todavía, trágico como un actor desdentado, ridículo como un cómico a caballo entre lo imposible y la pirueta, con un gorro de cascabeles, con una nariz postiza, roja, silbando, con los pulmones abiertos a la resaca de ese otro.
Pongo las cartas sobre la mesa, esta es una partida en la que nadie gana, tres envido y llevo pares, órdago al juego y ahora me sales con que no hay otro, que ni siquiera yo soy uno y nos reímos bajo la parra, fotografiamos a los cisnes entre los juncos, desafiamos las miradas de los desocupados en el muelle, de los marineros en tierra, de los que levantan plazas de toros, de los capitanes de barco en la proa de la inactividad, de los vecinos asomados al balcón, de los guardias civiles en sus torretas, de los surfistas avistando olas, de las gaviotas que se ríen, inoportunas, y graznan y nos señalan con sus picos amarillos y ahora recojo el mantel y dentro estamos tú y yo y esta historia renacida y cierta.
ya no deshojo margaritas me gustan en la planta en la tierra enraizadas
aquí continúo cantando algo entre dientes saboreando naranjas recién arrancadas jugando a escribirme pintando el presente viviendo
jugándomela toda cuanto se puede
aún conservo la risa aquella risa sabes
y alguna lágrima nace de vez en cuando
... y tú qué tal?
(M)
Uno solo conoce su calle y la de al lado, viaja acá y allá pero tiene bastante por aprender, a tantas personas por conocer. Va por la vida sin creer en dioses ni demonios, absorto en el ahora, sin demasiadas nostalgias y sí con el afán de comerse los días como sandías, disfrutando de soles, lluvias y todo aquello que venga de quién sabe qué designio, azar o química. Pero un día se encadenan tres factores, conoce a My ahí se caen los astros, se inauguran nuevas constelaciones y todo ya es diferente, uno se reconcilia con la humanidad y comienza a creer en ángeles. Mi amiga Mes un milagro.
No exagero, mi amiga M es un ángel, bueno, no, los ángeles no pueden ser tan bellos, no pueden contener tanta dulzura, tanta capacidad natural de atracción que uno no se puede sino permanecer ante su templo, adorándola, esperando con las ofrendas, los cirios, las oraciones en la punta de la lengua y la ceniza sobre la cabeza.
Se lo digo, créanme, mi amiga M es una mujer muy mujer, real. Uno escucha su voz y queda atrapado, absorto, preguntándose como se puede ser tan dulce, tan clara, tan melodiosa. Uno la mira a los ojos y se convierte en prisionero de su recuerdo, en un esclavo de su encanto, en un hombre con los pies en la tierra y la mente flotando en añorarla.
Mi amiga M es mi amiga, es mi amiga, es mi amiga. Y eso es un privilegio inmenso.
Pasan los meses y la amistad crece, no importan las inciertas posibilidades del futuro, a pesar de las distancias -Uruguay está muy lejos de aquí pero sé que algún día nos reencontraremos-, de tantas personas pasando alrededor como ríos, de nubes negras porque esto –vivir- no es un cuento de hadas. Quizás por eso.
Sin literatura, así, con palabras desnudas y ciertas, un día tuve la dicha de conocer a M y desde entonces mi mundo es más rico, más bello, tiene más esperanza, es más digno de ser vivido. ¿Ven?, soy una persona afortunada.
Y además la niña es así de guapa. (Sé que estará ahora con las mejillas coloradas ya que es natural, fresca y tímida).
Me he quedado corto, la verdad, no tengo capacidad para expresar mejor lo maravillosa que es ella y la inmensa suerte de haberla conocido.
La vida se detiene si el patio donde juegas deja de ser inmenso y ya no te impresiona mirar a los adultos cuando hablan.
(Ana Merino)
No la he visto, hoy no ha venido, ¿le habrá ocurrido algo?
Soy un hombre vegetal, un árbol sin raíces, un tronco florecido temerosos de los leñadores furtivos, de los cazadores de savia, de los recolectores de clorofila, un arbusto mecido por el viento de levante, hierba que besa sus pies desnudos, ¿dónde estará?
No ha subido al metro ¿se encontrará mal? Estoy obsesionado.
Soy un hombre que vive bajo el agua de la duda, sumergido en mares negros, traspasado por corrientes habitadas por peces melancólicos, por anémonas deprimidas, por tiburones sin armonía, por tortugas que están de los nervios, por ella nadándome, desnuda.
Lo intentaré mañana. Apenas duermo ya. Necesito verla de nuevo.
Soy un hombre animal, una animal hombre inclinado, un perro perdido en olores de ayer que se diluyen, sin raza, un mamífero sin nombre, sin hembra, un caballo arrumbado, sin carro, tratando de quitarse los parásitos rebozándose en el barro de la marisma degradada, un gato gris castrado, un cerdo que espera el cuchillo, aquel espécimen del zoo de Córdoba, un límite entre lo humano y el instinto.
Y ahora llega el largo fin de semana. No espera en el metro, no lápices ajenos para pintar mi ansia, no juegos poéticos acuchillando el domingo sin verla. Alguien me lo dijo ayer: estás peor. Quizás, pero estoy, acostado en las espinas del deseo, con la sangre al borde de los ojos, tendido en el delgado filo del que nunca fue amante. Ni amado.
Soy un hombre viejo que agradece que las piernas aún le lleven, que el corazón funcione, que no se ahogue, que los huesos no se le rompan, que sepa comprar el pan, pasear por las rutinas, que se desespera por esta pasión cuando ya no queda tiempo. Qué lástima aprender que el amor aún es tan duro cuando la memoria, los ausentes, lo que tuviste, el ayer, se pierde en el mísero ahora y no queda más que esta larga sombra de soledad...
“Quedamos para ir perdiendo todos tus tranvías, los míos estaban ya perdidos por naturaleza propia.
(Cavafis)
Algunos pasajes de Cortázar me dejaron el gusto por los cuentos que transcurren bajo tierra, en el metro. Encuentros fortuitos en las escaleras mecánicas, miradas oblicuas en el andén, roces furtivos en el traqueteo de los vagones atestados, historias tejidas en la cabeza y que nunca ocurren. Excepto a veces.
La veo cada mañana, es menuda, delgada, tiene el pelo rubio, viaja ajena al resto de usuarios. Nunca la he visto hablar con nadie, siempre concentrada en un libro, leyendo, escribiendo notas en una pequeña libreta de tapas negras. Viene sentada, por lo que deduzco que subirá en las primeras estaciones. Hay en ella un gesto austero en su forma de vestir sin concesiones a modas, en la ausencia de detalles coquetos en su atuendo, tiene un aire de monja, quizás lo sea.
Alrededor, el invierno llena las calles de mujeres que caminan garbosas, abrigadas, rompiendo las aceras. Apenas las miro, mi cabeza está prendida en esa dama que me atrae con su misterioso aire de investigadora del alma.
Quisiera hablarla, conocerla, invitarla a un café, saber quién es. No lo entiendo, es lo que llamaría una señora de edad, pero me gusta, me atrae.
El jueves hice el camino inverso, madrugué y fui hasta el comienzo del recorrido del metro. Desde allí, en cada estación, busqué su figura delgada. No tuve éxito, no la vi.
El lunes volví a intentarlo, en el metro siguiente. Subió en la segunda parada. Se sentó. Me senté frente a ella, pude sentarme en China, solo se daba cuenta de su libro. A pesar de no apartar la mirada de su rostro, en ningún momento dio signos de enterarse de mi insolente insistencia. Tomé nota de la estación dónde bajaba.
Durante toda la semana he repetido esta operación. Tanto madrugar me está matando de sueño, pero merece la pena. Es una mujer mayor, nuestra diferencia de edad es superior a lo que sería razonable, pero no puedo reprimir la atracción que siento por ella. La verdad que no me entiendo, quizás estoy enfermo, quizás deba consultar esta obsesión con un psiquiatra.
Hoy es viernes y no espero más, he decidido hablarla.
La vida en ti fue un pez de 20 centímetros. Tu remoto latido, hoy petrificado, vive ahora en mi cuerpo tan inverosímil como el tuyo.
(José Watanabe)
Solía serlo.
Lo he dicho demasiadas veces: esta es una página literaria.
Estaba equivocado, no lo es.
Es una bitácora que me permite dejar parte de lo que escribo mezclado con imágenes y música, pero sobre todo disfrutar de la comunicación con tantas personas.
Este blog es una afición, que me da satisfacciones, un vicio que me hace pensar, sentir, imaginar, trabajar, leer, aprender, dar, me enseña, me enriquece, libera, que me ayuda.
Busco la densidad en el lenguaje, en lo coloquial, acumulo metáforas, escarbo en lo cotidiano, lo pinto con surrealistas situaciones, dedico ilusión a esta actividad –te veo- rebuscando en historias que ocurrieron, que no, que imagino, que están en recuerdos de niñez, de después, en lecturas grabadas en el cuarto oscuro, en deseos no satisfechos, en mañana.
Dedico a esta actividad el tiempo justo, que no suplante lo importante, que no interfiera en lo principal: vivir con los otros.
Soy lento, ahora, estos días, estoy aprendiendo que a pesar del anonimato, de los nicks, del juego, detrás de todo lo accesorio de los blogs, están personas de verdad, con sentimientos, problemas, realidades, vivencias, soledad, compañía, necesidades, deseos.
Si tan solo pudiera ver el rostro de ella otra vez. Pero no, tan solo tengo una fotografía.(Pag. 40)
¿Qué es lo que me deja más perplejo? El hecho de que he batallado con las mismas preguntas y obsesiones y con las mismas repuestas torpes e inútiles durante tanto tiempo, durante los últimos diez años, sin experimentar ninguna ampliación de conocimientos, ni ninguna disminución de mi necesidad de saber; como un rata en la rueda de su jaula. ¿Cómo puedo escapar? Estoy saliendo. Una crisis es una brecha y una posibilidad de fuga. Y eso ya es algo. (Pag. 48)
Es fascinante ver cómo en las relaciones más sólidas, incluso después de años de convivencia, determinados aspectos ocultos de las personas afloran de pronto, como en una excavación arqueológica. Hay mucho que explorar y comprender. Con el resto de la gente, en cambio, uno sólo puede darse la vuelta, aburrido. Quiero decir algo. Las cosas son así y punto. (Pag. 89)
(Intimidad. / . Hanif Kureishi.)
Sentado, en la mesa un puzle, de colores, música, un bostezo. Doy una patada y las piezas saltan por el aire, se pierden por la habitación, algunas salen por la ventana, se acabó el paciente juego de construir ese paisaje.
Tumbado, en una cama, en el suelo, en las nubes, un grito, un suspiro, un esbozo de eternidad. Zapateo, salto, bailo, me retuerzo en danzas cíngaras, la boca abierta al asombro, la cabeza rozando el límite azul del cielo.
Bajo tierra, oscuridad, pasan los veloces trenes subterráneos de la locura, miedo, me encojo, grito, lloro, cierro los ojos, después llega el silencio, gotas mudas que caen del techo, murciélagos que me miran, después nada.
Sentado, en la mesa un puzle, blanco, música italiana, un esbozo de sonrisa. Coloco las piezas una a una, con calma, algunas encajan, guardo en una caja amarilla las que no, es difícil.
Se acabó, no, no se acabó, el puzle es interminable, alguien ha escondido piezas del centro del tablero, el resto se han coloreado, solas, es un paisaje que cambia, la mesa tiene música, silbo, tarareo, canto, doy volatines, río, sueño, busco, nado por un río sonriente que me lleva a un mar lejano, aún. Doy una patada al tablero y las piezas giran en el aire, caen y se encajan, algunas salen por la ventana pero no me importa, saco las de la caja amarilla. Todo está en orden desordenado.
Alto.
Escribo esto en un día feliz, no sé que quiero decir, si lo sé, me tomo un chocolate caliente, de los de antes, humeante y delicioso, con tostadas untadas con mantequilla, bebo un vaso de agua fría y dejo en el borde la marca de mis labios manchados, estoy contento. ¿Te pongo una tacita de chocolate?
Held the sperm in hand to count, watery white, Para saber si se nota el estrago de los años, Squirted after investing much hand-held effort Para recobrar el placer de años idos. Only a few drops in the morning light, Que antes no veía al entregarlo escondido, That action recalled the lost energy of youth. Ahora es agotado en el silencio solitario As boring as a museum attendant. En las lecturas siempre noté medidas ajenas; They always seemed larger than my life.
(Andrew Graham-Yooll –1944-)
Mi amigo J es un hombre lleno de virtudes, padre y esposo modélico, ciudadano ejemplar, un intelectual, un científico, viajero, políglota, apasionado de la ópera, gran deportista, ciclista, montañero, lector de los clásicos rusos, de Buzatti, de Canetti. (Bien es cierto que tiene alguna sombra en su historial: le gusta el programa de Gran Hermano. Todos pecamos.)
Pero no es de estas cosas de las que quiero hablar.
Mi amigo J es un buen conversador, como filósofos de lo cotidiano charlamos mientras caminamos por el jardín de los días, algunos sábados antes del partido, los encuentros en las esquinas, la ascensión al Gorbea, cuando nos dejan un hueco los apasionantes diálogos teresianos. Tampoco es esto lo que quiero destacar.
Mi amigo J se sorprende de la (mi) ilusión. Sostiene la teoría de la muerte de lo nuevo. Camina por el carril de lo conocido, con los ojos cerrados a todo lo que no lleve una fórmula, una definición contrastada, sin sitio para lo abstracto, la poesía, la sorpresa. Ahí somos diferentes.
Pero sobre todo, y esto es lo que quería contar, mi amigo J es invisible.
Esto sí es destacable. Camina por la calle y nadie le ve. Pasa como un espíritu por los semáforos, por las avenidas, plazas, rincones de la villa. Es transparente, etéreo, cristalino. Él mismo lo asume: “soy transparente”. Lo lleva con absoluto conformismo. Esto, en sí, no es bueno ni malo, es lo que es.
Él no lo sabe, pero yo sí le veo, con nitidez, desde los contornos hasta el interior, entero.
Resumiendo.
A). Que en mi caso sería capaz de pintarme de amarillo para que me vieran.
B). Que sin ilusión la (mi) vida sería gris, insoportable, absurda.
C). Que un día que esté descuidado voy a poner a J un traje fluorescente y le voy a inyectar una dosis de glup (2.0).
D). Que el único que no sabe que no es transparente y que está lleno de ilusión es él mismo.
E). Que mañana mismo se lo cuento.
F.) Que es muy bonito que J sea un buen amigo mío (me siento muy afortunado por serlo).
Tal vez el otro lado existe y es también la mirada y todo esto es lo otro y aquello esto y somos una forma que cambia con la luz hasta ser sólo luz, sólo sombra.
(Blanca Varela.)
Queridos lectoras/es, compañeras/os de blog, amigas/os: sirva la presente para comunicarles que recientes sucesos (o su falta) en mi entorno, junto a una sequía evidente de imaginación y creatividad en mis temas recurrentes (los habituales –a saber, amor y desamor, el tiempo, la muerte-), están consiguiendo que el nivel que me he marcado para los post (no me gusta nada esta palabra) no pase de la raya prefijada por mí mismo. Soy consciente de ello. Lo sufro en mi estima. Mi sentido auto-crítico hace que haya empezado a despreciarme (agg, asquito me doy). Estoy apático, sin ganas siquiera de contestar los comentarios. Salgo a correr por las riberas y tengo la mente en blanco (con algunas rayas rojas y verdes). Camino por dentro de mí mismo y pasan kilómetros sin que me vea, sin que me encuentre.
Se suma a esto a un cierto cansancio producto de muchos días de escaparate emocional sin demasiados ecos que soporten este equilibrismo compulsivo de ideas, este exhibicionismo de sensaciones, este impudor en mostrar la vergüenza sentimental, el desnudo del alma, palabras de escayola cubriendo los signos de interrogación. Verdad en la mentira y viceversa. Es decir que estoy apático, aburrido, sin ideas, bastante seco, trampeando para continuar esta actividad, rebuscando recuerdos en mi memoria, la imaginación que pueda plasmar en textos que me permitan encontrar la manera de no faltar a la cita diaria. Estoy en ese momento justo del cambio. Como tú, como todos, necesito vacaciones.
Ya, no digas más, la solución es sencilla: escribe cuando quieras / puedas / te apetezca y ya. Qué gracia, como se ve que tú no eres yo.
¿Y esto? ¿Hablas solo? No creas, hubo un tiempo en el que me hablaba en el espejo. Estoy acostumbrado.
¿Te contestabas? Claro, esa era la gracia. Mira, tengo el corazón preparado, entrenado para competir, para no desmayar, para seguir aunque lleve la cabeza debajo del brazo. Y me cuesta cambiar, además soy testarudo, obstinado, un cabezón, un capullo.
Siguiendo con el tema de escribir, mala pinta tiene esto. Si por cierto.
Algo habrá que hacer. Ya te digo.
Y hasta ahora ¿cómo me he arreglado? Ni idea. La verdad es que cuando compruebo cuantas personas entran al blog cada día me animo.
Pero dijiste que primero escribías por y para ti. Ya.
¿En qué quedamos? Eso, escribo por mí, para los que me leen. ¿No hay ahí algo ególatra? Chaval, eres un poco mentiroso. Bueno, bueno, si vamos a empezar a insultar me voy.
Pues vete. No, te vas tú, hala, adiós, conciencia (y le doy una patada en el culo).
La verdad, no pretendo que esto tenga gracia. Me siento raro, raro, raro. Me miro al espejo y ese no soy yo, seguro. Yo soy mucho más joven, más alto y con los ojos más verdes. Ese de ahí es mi abuelo.
Al final me estoy haciendo aquí un personaje que poco tiene que ver conmigo. No sé si es un mérito o un timo (en principio a mí mismo).
El caso es que -ya ves- estoy en el centro de un laberinto y no sé si salir por una ventana, excavar un hoyo o seguir dando vueltas a la noria.
Entre nosotros, según escribo me entra el temor de si esto no lo he dicho ya antes.
Hola, adiós, siempre, hasta pronto, no sé, confuso, atónito, desconcertado, con miedo, perdido en sueños, despierto, con este dolor en el pecho, con campanas golpeándome las rodillas, indefenso, inerme, pequeño, nervioso, desorientado, infeliz.
He gastado las palabras, las que conozco no me sirven, tendría que comunicarme con el silencio, con una mirada, tendría que volver a leer todos los libros, revisar los poemas, buscar un lenguaje nuevo, inventarte porque no quiero que sirva lo que hasta ayer servía, no quiero decirte lo que he dicho a tantos, tantas veces, no quiero más ayer, ni frases usadas, ni suspiros gastados, inventarme, no vale de nada lo que ya no tiene remedio, no quiero más nostalgias, otro mundo, otro paisaje, en el mismo pero nuevo, que cambien el escenario, se terminó la función, incluso esto es excesivo, porque todo es mucho más sencillo y sólo hay una historia y la nuestra la habían escrito antes de encontrarnos, antes de perdernos.
Sucede que el tiempo ha pasado y la vida nos ha ido dando y quitando y aquí estamos, sin habernos conocido, sin habernos besado nunca, deseándonos mutuamente hasta el dolor a través de los años, desde otros brazos, desde otros labios, rabiosos, frustrados, incompletos, lejanos, hambrientos de una quimera, con la obsesión de que aquello no pudo ser, que nunca, que entonces... ¡ay! Cuánto dolor inútil, cuánto tiempo malgastado, cuánto silencio, cuánto desconsuelo.
Tú eres una mujer que necesita ser amada, que necesita vivir, que no debe -¿puede?- estar sola. Porque tú, tú, eres única, es un lujo poder hablarte, mirarte, estar contigo, conocerte en tus rincones, haber podido disfrutar, aún tan tarde, de ti, de tu voz, tu rostro, tu sonrisa. Eres bella, muy bella, tu fuerza está en ti, emperatriz constante de mis sueños. Me magnetizas.
Yo soy un pobre hombre buscando, siempre buscando. Triste porque soy tan feliz que no puedo renunciar a nada. Desesperado porque el estar ciego me ha enseñado a ver en la oscuridad y sé que no, que volvería, que no puedo irme, conozco la isla en cada esquina. Muchas veces he subido a la cima del mundo, antes, cuando supe que sabía, cuando vi, entonces. Luego el mundo se volvió geométrico y lleno de archivos ocultos y ya no puedo escalar, me ahogo en la altura.
Tantas palabras por no decirlo de forma directa, descubrí el amor contigo, te he querido y llevado en mi corazón desde entonces, todos los días de mi vida, hasta hoy. En cualquier otro tiempo hubiera dejado todo, a todas, a cualquiera, me hubiera ido a pelear por ti sin dudarlo un instante, sin pensarlo siquiera.
Hoy me abrazan mis tres hijos, me besan, me llenan con su mirada desarmada; Carmen me mira y sé que si le rompo el corazón yo no tendría nunca descanso, nunca podría perdonármelo, sería un prófugo constante.
Se me ha roto la voz, este nudo en la garganta no me deja decir más. Sólo recuérdame como soy, ahora.
Un loco tocado de la maldición del cielo canta humillado en una esquina sus canciones hablan de ángeles y cosas que cuestan la vida al ojo humano la vida se pudre a sus pies como una rosa y ya cerca de la tumba, pasa junto a él una princesa.
(Leopoldo María Panero)
Dedicado a los dependientes de ultramarinos.
Otra vez. Como un mordisco fiero. Un desgarro. El lunes llegaba con clarines de alegría. El silencio los ha convertido en barritar de elefantes desbocados por las estancias indias de Liz Taylor *, griterío de esclavos corriendo detrás de Espartaco **, películas de catequesis, imágenes que se confunden con otras realidades, por ejemplo la ausencia.
Asoma la patita por debajo de la puerta -“hola, no soy el lobo”- y confiado, como un imbécil, abro la puerta y no entra nadie, viento lobo, ausencia del lobo, frustración de los tres cerditos y la mía propia, esta vez tampoco me come, tampoco muerde con sus dientes esta carne tersa que palpita y espera, estos músculos del alma que se debilitan ante cada intento.
Incertidumbre o duda, decía Larralde, debe ser eso, o no, debe ser que la Estela de la flota deja surcos de los que no se puede salir, caminos de la mar de la mente, vallados senderos que no dejan ver a los lados. Agito banderas, tremolan, esparzo flores por el agua limpia, inútil tarea, -cállate, so bobo- me estoy gastando una fortuna en orquídeas, me estoy arruinando, me estoy convirtiendo en una sombra de mi propia sombra, es decir, nada, es decir un fugaz intento que se escapa por el albañal del tiempo. Reata de ciegos ciegas caminando hacia la ancianidad, voy el primero y mi pie derecho tantea un (el) abismo.
Vale, he dejado de pegarme, -algo es algo, chaval- . Añoro el color de la sangre por mi frente cuando me lanzaba de cabeza contra su pared, una y otra vez, hasta que las piernas no me respondían, hasta que con los gritos se despertaban las comadres del barrio y me curaban –pobrecito-, me vendaban el corazón y como nuevo, nunca he sido nuevo, siempre he sido de segunda mano, desvencijado amor de principio de siglo, castillo en ruinas, pajar en llamas y ya huele a chamusquina. ***
Ahora nos sentamos, nos damos las manos, formamos ese círculo mágico tan caro y susurramos “ohmmmmmmmmm” ****. Hala, vamos a la cama que para un lunes son demasiadas emociones. Sólo a dormir, que tengo las carnes esparcidas por demasiados espacios siderales. Hasta mañana. Beso.
* (También me gustaba “Gavilanes del estrecho”. Era de piratas, tenía una escena que me parecía muy erótica. La verdad que entonces todas las escenas en las que aparecían señoras me parecían eróticas. Era un sin vivir, no como ahora).
** (En cambio nunca me han gustado las películas de romanos. Aunque todo debe ser empezar).
*** (Ahora que los internautas buscan palabras bellas, no sabía cómo encajarla: chamusquina. Qué bonito).
**** (Oye, oye, ¡pon las labios bien!) (Tú, ¡no te rías!) (Tú, ¡habla! leches)
Damos la vida sólo a lo que odiamos.(Rosario Castellanos)
Estoy escribiendo este cuentito moral basado en mi propia vida –claro- y no sé como terminarlo.Me parece leve el sucedido, la anécdota, como para que también se tire ella por la ventana.Quizás deba dejar que ese descubrimiento personal se amplíe con otras experiencias.O buscarle un amante que le anime.Puedo, tal vez, hacer que se le aparezca un ángel y le regale una vida.O un demonio que le tiente con la eterna juventud a cambio de su alma.Pero estas cosas están muy vistas.Busco, quizás, un final original para un principio vulgar.Total, esto es un cuento.Ya, le tiro a la bebida, le convierto en una borracha, una mujer hundida, el principio del fin.¿Triste? la vida es triste.Bueno, va, ya busco otro final, alguno más alegre.Pero que conste que el cuento es mío y lo termino como quiero.Lo difícil es modificar lo otro, lo real, lo de cada día. (Suspiros)
Sus días transcurren plácidos, sin sobresaltos, cómodos, se quiere, se regala una vida amable, de soltera sin altibajos.
Se ha comprado un juguete, un espejo mágico. Un I pod. Como vive sola, se dedica a preguntarle: “espejito mágico ¿quién es la más guapa de todas las mujeres?”. Y el espejo/I pod contesta invariablemente “Tú, mi señora”. Y así van las cosas.
Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca. Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere un olvido, una ausencia, a veces menos. Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia de respirar con un pulmón ajeno!
(Rosario Castellanos)
Sus días transcurrían plácidos, sin sobresaltos, cómodos, se quería, se regalaba una vida amable, de soltera sin altibajos.
Hasta que compró una cámara de vídeo.
Como vivía sola, al principio se dedicó a grabar a las vecinas que colgaban la ropa en los tendederos, a la portera que daba vueltas por el patio, a su pez, a su perro, a las palomas.
Un día decidió grabarse a sí misma.
Nunca se había visto desde fuera y tuvo curiosidad. Colocó la cámara en un trípode y enfrente instaló el escenario apropiado. Se vistió con un traje vaporoso, aquel rojo que le sentaba tan bien. Fue un ritual en el que no dejó nada al azar, la iluminación, la música, el color de las cortinas.
Y se grabó.
Paseó por la habitación, habló a la cámara, cantó, gesticuló, recito alguno de sus poemas.
Y esperó.
Sentada frente al televisor, con un vaso de vino en la mano, oprime el on.
Y empezó.
No, no podía ser esa. No, esa cámara estaba estropeada, ella era más joven, esa señora que se movía de forma ridícula, con esas poses afectadas, con los hombros hundidos, con la mirada cansada, con ojeras, con arrugas, con esa falta de garbo, no podía ser ella.
Y se desesperó.
Su vida era tan cómoda, ¿en esa se había convertido?, ¿en esa absurda mujer? Esa misma noche tiró la cámara de vídeo por la ventana. Desde arriba vio como se estrellaba contra el suelo. Luego se quedó tumbada en el sofá, insomne, viendo aburridos programas de tele tienda, telefilms antiguos, programas de relleno de madrugada, como otras noches.
Entra la tarde entera en la quietud. El cuerpo yace en la profundidad oscura de sí mismo. Y anida o nace un águila en la boca secreta de tu sexo.
(Valente)
Verano, aquí. Ahí invierno. Qué diferentes son ese ahí y este aquí. Qué parecidos somos usted y yo.
Algunos lugares están atravesados ahora por el viento, la nieve, el frío, terremotos, volcanes en erupción, inundaciones, hambre, un dictador, dos, ejércitos insaciables, golpe de estado en Honduras, miedo, guerras interminables, sida, sequía, invasiones, cárceles llenas. No hace falta que siga.
Aquí luce el sol, es un día cualquiera, tecleo en un ordenador que me conecta a otro mundo. Algunas personas están atravesadas por depresiones, soledad, miedo, desamor, malos tratos, miedo, angustia, aburrimiento, abusos, problemas de dinero, falta de trabajo, de horizontes, de futuro, de alegría, por la crisis que nos devora a casi todos. Aquí en nuestro invierno ha llovido tanto, tanto, que los árboles se quejan, los campos se inundan de verdes. Escucho un cuclillo en las ramas del olivo.
Cualquiera –yo- puede ya hacer públicos sus patios traseros. Se ve el decorado. Y los micrófonos. No sé qué hago escribiendo estas simplezas. Este espacio merece un cambio.
"...a saber por qué pero tan bonito ver que el flequillo de Lina se alza un poco y tiembla como el soplido devuelto por la mano y por el pan fuera a levantar el telón de un diminuto teatro, casi como desde ese momento Marcelo pudiera ver salir a escena los pensamientos de Lina, las imágenes y los recuerdos de Lina que sorbe su sopa sabrosa soplando siempre sonriendo".
(Julio Cortázar - Lugar Llamado Kindberg)
El amor acechaba como una fiera oculta entre las altas hierbas de aquellas primeras citas, con intercambio de recuerdos y galanterías. Desayunaban en el viejo café y la mañana se detenía con misericordia ante sus miradas que apenas podían contener el fuego que comenzaba a arrasar los matorrales de su espera.
Se amaban aún antes del encuentro, cómplices de un delito no cometido, compañeros en un viaje que no había comenzado, barco en el puerto, manos no estrechadas, piel ajena a la otra piel.
Un día se besaron y nació el universo, cada cosa tuvo su nombre, un sol nuevo iluminó el paisaje donde hervían emociones no presentidas, deseos recién descubiertos, el sentimiento creciendo como una selva que se tragó todo rastro de cordura y ahí quedaron, perdidos y enamorados en el centro de un bosque interminable, sin salida, devorándose mutuamente hasta ser uno.
Algún viajero les ha visto, ensimismados, silenciosos, insensibles a todo aquello que no sea su sombra unida oscilando en la pared del mañana.
Un momento, un momento, me comunican que este cuento, lo que cuenta, está caducado, que los personajes están en el extranjero, que el extranjero es un lugar perdido entre el entonces y la realidad.
Atención, más noticias, se ha sabido en las últimas horas que la realidad está al principio, que el amor acecha como un fiera insaciable.
Horacio era exaltado, llamado, concitado a la función del sacrificador lustral, y puesto que casi nunca se alcanzaban porque en pleno diálogo eran tan distintos y andaban por tan opuestas cosas (y eso ella lo sabía, lo comprendía muy bien), entonces la única posibilidad de encuentro estaba en que Horacio la matara en el amor donde ella podía conseguir encontrarse con él, en el cielo de los cuartos de hotel se enfrentaban iguales y desnudos y allí podía consumarse la resurrección del fénix después que él la hubiera estrangulado deliciosamente, dejándole caer un hilo de baba en la boca abierta, mirándola extático como si empezara a reconocerla, a hacerla de verdad suya, a traerla de su lado. (Rayuela –capítulo 5)
Ella era la Belleza, vestía lujosas ropas, vivía en un fastuoso palacio de cien aposentos con muebles de plata, caminaba sobre una nube dorada.
La miraba y mis ojos se inundaban de lágrimas de gozo, inclinaba la cabeza a su paso, tanto la amaba que sentía llegar la muerte cuando no me tocaba, la eternidad cuando me acariciaba.
Mi vida era ella, la respiración, todos mis sentidos, colmaba los días, borraba mis recuerdos, henchía mi corazón de magnífico futuro, la adorné de todas las gracias, toda la riqueza, todos los dones.
Así transcurrían los meses, como dentro de un cuento de hadas, en el centro del bosque mágico donde nos habíamos perdido, donde nos disfrutábamos.
Un día llovió, no demasiado, apenas una llovizna. Miré nuestro reflejo y ella no brillaba, sus ropas estaban mojadas, su palacio no era tal, la nube dorada se había desvanecido.
Arreció la lluvia y podía tocarla sin temblar, respiraba, miraba para atrás, adelante, mis orejas se llenaron de recuerdos, mi corazón latía sin sobresaltos.
Llegó la tormenta, un rayo cruzó el cielo y la vi, sin música, sin riquezas, una mujer, desnuda, no era bella, intentaba cubrir sus pechos, el sexo, con las manos.
Me liberé de ataduras y salí sin volver la cabeza. Me alejé y el bosque quedó lejos, muy lejos, la magia se iba diluyendo en cada huella.
Cuando estuve lejos respiré, mis pulmones se llenaron de dicha, estaba sólo y había sobrevivido al hechizo.
Entonces, libre, comprendí que la amaba, ay, la amaba.
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